Santiago Calatrava Venecia contiene la respiración

Los primeros dos fragmentos de la «pasarela de luz», como llama el arquitecto Santiago Calatrava a su estilizado puente de acero sobre el Gran Canal de Venecia, emprendieron anoche su travesía por la

POR JUAN VICENTE BOO
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Los primeros dos fragmentos de la «pasarela de luz», como llama el arquitecto Santiago Calatrava a su estilizado puente de acero sobre el Gran Canal de Venecia, emprendieron anoche su travesía por la laguna en una complejísima operación que preveía el paso de la gigantesca gabarra bajo el puente de Rialto poco antes del amanecer de hoy, para empezar a colocarlos en su sitio aprovechando la relativa calma del sábado y el domingo.

La «pasarela de luz» es un nombre que casi flota en el aire, pero su largo «salto» sobre el Gran Canal es de 115 metros, lo cual se traduce en una estructura de acero con un peso total de 420 toneladas. Trasladar esa mole, aunque sea en tres piezas, es una pesadilla logística sin precedentes.

Cuando un pontón de 50 metros de longitud por 16 de ancho se acerca al puente de Rialto empujado por dos remolcadores y cargado con dos largas estructuras metálicas de 85 toneladas cada una, hay motivos sobrados para preocuparse. Según los cálculos de los ingenieros, el pontón «Susanna» dispondrá de un margen de sólo diez centímetros de agua bajo su quilla, es decir, que pasará rozando el fondo del canal. El riesgo es alto, pero los ingenieros prefieren que el artefacto toque fondo antes que la estructura de Calatrava, erizada de picos de las nervaduras, golpee el puente más amado por los venecianos y los turistas de todo el mundo.

El alcalde de Venecia, Massimo Cacciari, aseguró que la operación de pasar bajo el puente de Rialto se hará «a mano», es decir, que se instalarán cabrestantes, anclajes y amarres a tierra de modo que el movimiento del pontón «Susanna» dependa sólo de lo que permita un sistema de cables de acero que «tiran» suavemente desde un lado del artefacto flotante al tiempo que «sueltan» cable de modo controlado desde el otro.

La ciudad mira al futuro

Según la consejera de Obras Públicas, Mara Rumiz, que tenía previsto pasar toda la noche supervisando la operación, «este es el mayor proyecto de Venecia desde la Segunda Guerra Mundial, y significa que nuestra ciudad no vive sólo de su glorioso pasado sino que mira hacia el futuro».

La historia del «Cuarto Puente» sobre el Gran Canal no ha sido fácil. La ciudad encargó la tarea a Santiago Calatrava en 1996 y, desde entonces, las polémicas, los aumentos de costes y los añadidos de nuevos requisitos han eternizado el proyecto hasta la fecha de hoy. Los tres fragmentos que componen el arco llevaban años en Marghera esperando el traslado que empezó, por fin, ayer.

Aunque de vez en cuando da rienda suelta a su enfado, Calatrava prefiere tomárselo con filosofía y subrayar que «hace la friolera de 125 años que no se construía un puente sobre el Gran Canal». La historia de la Serenísima es lenta como el navegar de las góndolas. Hasta el año 1850 había tan sólo un puente sobre el Gran Canal, el de Rialto, construido en 1591.

Los puentes de Venecia

En la década siguiente, los nuevos amos austriacos construyeron dos puentes en hierro, que prepararon el camino para lo que después serían, en 1854, el puente de la Academia, y en 1882 el puente de los Descalzos, a muy poca distancia del que ahora se empieza a instalar para unir la estación de tren de Venecia con la estación de autobuses y el aparcamiento de los automóviles. El nuevo puente peatonal, que costará más de 11 millones de euros, se levanta en el extremo occidental de la isla, justo en el punto al que llegan el puente ferroviario y el de carretera, que son como dos hilos paralelos finísimos sobre las aguas más internas de la laguna.

El alcalde, Massimo Cacciari, que es además filosofo, está muy orgulloso porque el «Cuarto Puente» no es el único paso brillante en los comienzos del siglo XXI. Por el lado del Piazzale Roma, donde está la estación de autobuses, el puente enlazará con el futuro «people mover», un tren elevado ligero que unirá la estación marítima con la de autobuses y trenes.

Será un sistema automático ultramoderno, sin conductores ni revisores, que cubrirá una distancia de unos 900 metros, extremadamente incómodos si uno tiene que llevar a mano las propias maletas como sucede en todas las calles de Venecia, la única ciudad del mundo exclusivamente peatonal.

Ansiedad de los venecianos

La ansiedad se notaba ayer, y muchos venecianos se fueron a la cama esperando escuchar, en los boletines de radio de esta mañana, que el pontón «Susanna» ha embarrancado en algún sitio, ha causado daños al puente de Rialto o ha provocado cualquier otro disgusto.

Si la operación de traslado termina con éxito, una enorme grúa levantará hoy sábado las 85 toneladas del primero de los fragmentos de arco y lo depositará dulcemente sobre dos puntos de apoyo: el estribo terrestre de Piazzale Roma y una de las dos estructuras metálicas levantadas en el canal para sostener estas piezas hasta que llegue, nunca mejor dicho, «la clave del arco». Mañana domingo es el turno del segundo fragmento, también de 85 toneladas de peso, en el otro lado. A partir del lunes, el canal debe recuperar la libertad de navegación.

Pero la maniobra más espectacular, prevista para el 12 de agosto, es la colocación de la pieza central, que pesa 250 toneladas y, naturalmente, quedará a una altura mayor que los dos fragmentos laterales.

La «clave del arco»

La «clave del arco», de 55 metros de longitud, llegará sobre dos camiones especiales planos, con centenares de ruedas que giran en cualquier dirección, sobre la cubierta del pontón «Susanna». Pero en la segunda y ultima entrega, los camiones giran sobre sí mismos en la cubierta del pontón para que el último trozo de puente, que sólo puede recorrer el canal en sentido longitudinal, haga una rotación de 90 grados para adoptar su postura lógica transversal.

A partir de esa fase, el espectáculo se supera a sí mismo. Un conjunto de sistemas hidráulicos comienza a levantar el enorme objeto metálico mientras el pontón de desplaza justo hasta el punto en que tendrá que empezar a dejarlo bajar lentamente para terminar apoyándolo en los dos primeros fragmentos. En ese momento se verá si el puente resiste, como saben todos los ingenieros, o si provoca, debido a su enorme peso, el desplome de las orillas y se hunde estrepitosamente en las aguas, como vaticinaba el pasado mes de mayo un diario de Roma.

Hacia la mitad de agosto, una multitud de curiosos de todo el mundo acudirán a presenciar un espectáculo único. Los venecianos volverán a contener la respiración. Y, si todo sale bien, brindarán y aplaudirán a Santiago Calatrava.