EFE/POOL  Los Reyes, con Nouvel y Fornesa, en la cúpula que remata la torre Agbar

Los Reyes inauguran el rascacielos de Agbar diseñado por Nouvel en Barcelona

La Torre de Aguas de Barcelona supone una oleada de gratitud a la capital catalana. Con la arriesgada apuesta de Nouvel, toda arquitectura anterior parece diluirse

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JOAN CARLES VALERO

BARCELONA. Los Reyes inauguraron ayer en Barcelona la nueva sede corporativa del Grupo Agbar, obra de Jean Nouvel en colaboración con el despacho barcelonés b720 Arquitectura. El edificio es un rascacielos cilíndrico que cambia de color (azul y rojo) según la luz que refleja de día. De noche, se convierte en una gigantesca linterna que admite hasta 20 combinaciones cromáticas, visible desde todos los puntos de la ciudad.

Fascinado por la transparencia del agua, primigenio negocio de la compañía que preside Ricardo Fornesa, Jean Nouvel ha querido recrear con su edificio el efecto de un géiser: la erupción brusca de agua caliente y vapor de agua por una grieta. Su arriesgada apuesta en forma de obús parece haber diluido toda la arquitectura anterior de Barcelona, prolija en edificios de autor. Quizá influido por Mesaru Emoto, el autor de «Mensajes del agua», Nouvel buceó en los misterios del líquido elemento y ha llegado a la conclusión de que el agua-edificio es sensible a los factores externos y por eso cambia su composición sobre la marcha.

Para plasmar arquitectónicamente las emociones del agua, Nouvel ha superpuesto dos edificios cilíndricos. El interior es el inmueble propiamente dicho, que cuenta con 4.400 ventanas distribuidas de formas diferentes sobre un revestimiento de paneles de color rojo y azul. El cilindro exterior, la piel del rascacielos, lo forman casi 60.000 grandes láminas de vidrio dispuestas en horizontal e inclinadas, al estilo gradulux que tan de moda se puso en las ventanas de las cocinas españolas de las décadas de los años 60 y 70.