La arquitectura serena y sencilla de Souto de Moura, premiada con el Pritzker
Estadio municipal de fútbol de Braga, de Souto de Moura - ABC

La arquitectura serena y sencilla de Souto de Moura, premiada con el Pritzker

El jurado destaca que sus edificios expresan cualidades paradójicas: fuerza y modestia, arrogancia y sutileza

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Marcando una yuxtaposición con los laureados del pasado año, el dúo japonés Ryue Nishizawa-Kazuyo Sejima, representantes de una inclinación hacia la abstracción y lo etéreo, el Pritzker 2011 es un arquitecto cuya sensibilidad emerge del aferramiento a la solidez y a la materialidad: el portugués Eduardo Souto de Moura. El jurado le ha premiado por «una arquitectura que se manifiesta natural, serena, sencilla; por el cuidado y poesía que permean cada proyecto. Sus edificios poseen la capacidad de expresar simultáneamente cualidades paradójicas: fuerza y modestia, arrogancia y sutileza, marcada autoridad pública y un sentimiento de intimidad».

Nacido en 1952, Souto de Moura constituye la otra figura prominente de la arquitectura portuguesa contemporánea, junto a Álvaro Siza, con quien trabajó durante cinco años mientras era estudiante en la Escuela Superior de Bellas Artes de su ciudad natal, Oporto (atribuye a un encuentro con el artista Donald Judd la decisión que le hizo cambiar el arte por la arquitectura). Estableció su despacho en 1980, tras graduarse en la Escuela de Arquitectura de Oporto, y cuenta en su haber con más de sesenta proyectos construidos, fundamentalmente en Portugal, pero también en España (una vivienda en la localidad gerundense de Llabià) así como en Italia, Alemania, Gran Bretaña y Suiza, que abarcan proyectos que van de la pequeña a la escala urbana, demostrando una remarcable versatilidad que nunca ha querido dejarse sobornar por las tendencias estilísticas en boga del momento, como reconoce el jurado, reconociendo que esa individualidad constituía en sus inicios (que coincidían con la posmodernidad) una «audacia». Su versatilidad se manifiesta en la exploración en un lenguaje formal tendente hacia un cierto minimalismo en edificios de formas geométricas claras e intensas cualidades espaciales que caracteriza el conjunto de su trayectoria. Souto es, como destaca el jurado, un arquitecto «fascinado con la belleza y la autenticidad de los materiales», capaz de «enfrentarse con plena seguridad a un muro de siglos de antigüedad o de inspirarse en un detalle moderno de Van der Rohe».

Souto de Moura afirma que las influencias de los maestros modernos en su obra son muy conscientes. Es posiblemente uno de esos arquitectos que hablan de manera clara del presente, en los que converge la sensibilidad hacia el pasado y el tiempo en que viven. Uno de sus proyectos más reconocidos, la rehabilitación y conversión de una antigua estructura del siglo XII, el monasterio de Santa Maria Do Bouro (1989-97), hace patente su capacidad para crear espacios en los que, con una concepción moderna, se plantea una relación de coherencia con el patrimonio legado por la historia.

Una síntesis de su trayectoria recorre el Mercado de Braga (1984); edificios como la casa Bom Jesus (1994), donde combina dos cuerpos de diferente materialidad: uno de piedra natural y otro de hormigón y cristal; el Centro Cultural en Oporto (1991), cuya cuidadosa combinación de cobre, piedra, hormigón y madera constituye una evidencia a su capacidad para manejar los materiales expresivamente; la Facultad de Geología de la Universidad de Aveiro (1994); dos casas en Ponte de Lima ( 2002), donde propuso sendas variaciones sobre el tema casa en pendiente, llegando a una de sus obras más reconocidas: en el Estadio de Fútbol en Braga (2004) planteó una estructura monumental capaz de erigirse poderosa tras lograr establecer un difícil diálogo con la naturaleza.

Destacan entre sus proyectos recientes edificios como la Casa del Cine para Manoel de Oliveira (2003) y la Casa das Historias Paula Rego en Cascais, sintetizando Souto que en estas tres décadas de trayectoria ha pasado «de la pequeña a la gran escala como lo haría un estudiante que se enfrenta a un nuevo proyecto, con las mismas debilidades y la misma falta de experiencia». Una inquietud y una sensibilidad con un lenguaje arquitectónico que «transmuta lo físico en metafísico», como subraya el jurado.