Pilar Fatás, directora del Museo de Altamira
Pilar Fatás, directora del Museo de Altamira - JUAN MANUEL SERRANO ARCE

Pilar Fatás: «Estuvimos a punto de cargarnos la cueva de Altamira»

La directora del Museo de Altamira cree que se debe concienciar sobre la importancia de la conservación del patrimonio desde las escuelas

SantanderActualizado:

Pilar Fatás, directora del Museo de Altamira, muestra durante su intervención en el ciclo «Arte ruestre y turimo cultural» en los cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) una postal de los años 70. El paisaje representado eran las decenas de coches multicolor de los turistas tomando el aparcamiento de la cueva de Altamira como si se tratase de la playa de Benidorm. El turismo se había masificado.

En 1.973 visitaron la cueva 177.000 turistas, fue para ellos para quien se aclimataron sus instalaciones con barandillas, un parking, muros artificiales y luz eléctrica. En los alrededores de la cueva había un prado con animales de granja y sobre ella pasaba una carretera. «No se puede entender el presente sin tener en cuenta el pasado» declara Fatás haciendo alusión a las dificultades que enfrentan quienes se encargan de preservar el patrimonio.

«Por aquel entonces los criterios para la conservación del patrimonio eran diferentes, hemos estado a punto de cargarnos la cueva», cuenta la antropóloga en su repaso a la historia del museo, que celebra en 2017 su vigésimo aniversario. Durante la intervención aclara las razones que hicieron posible la creación de la institución que «salvó» la cueva de Altamira.

Fatás aclara que en la actualidad no existe el prejuicio de visitar una réplica. Los retos -dice- son otros. El principal es el de superar la «estacionalidad» que sufre el museo, que en verano recibe a más de 55.000 visitantes frente a los 6.000 que acuden en invierno, una dificultad que se gestiona con los mismos recursos técnicos y humanos en ambas épocas. Revela que la solución no será reducir el máximo de visitantes sino por diversificar las propuestas culturales para «descongestionar» el recinto principal y atraer al turismo también en invierno.

¿En qué consisten las nuevas propuestas?

Entre otras optamos por dirigir nuevas miradas hacia el patrimonio. Queremos dar una visión multidisciplinar, que se vea el arte desde la perspectiva de los artistas jóvenes. Por eso los invitamos a exponer en las instalaciones y mostrar con su propia mirada el arte paleolítico.

¿Dónde entroncan arte rupestre y arte contemporáneo?

El arte rupestre es el primer arte de la humanidad, el arte con mayúsculas. Se descubrió a comienzos del siglo XX cuando eclosionaron las vanguardias históricas. El arte rupestre llamó la atención de estos artistas que querían romper con el academicismo imperante. Se encontraron un arte absolutamente desconocido para ellos que tienen milenios de antigüedad. En ese momento se produjo por primera vez una mirada de los artistas hacia el pasado.

¿Tiene la tecnología un lugar en esos proyectos de renovación y diversificación?

Si. Cuando se construyó la neocueva se desarrollaron herramientas para crear las réplicas y ahora también trabajamos con las nuevas herramientas tecnológicas para aplicarlas en la renovación de la exposición permanente. También son muy importantes para la conservación del patrimonio y la divulgación de conocimiento.

¿Cuándo comienza la relación entre Altamira y el turismo?

Desde las primeras décadas del siglo XX, cuando se construye el Palacio de la Magdalena para la Familia Real. Era un turismo de élites culturales y económicas. Era un lugar icónico. En los años 40 se creó la Escuela de Altamira en Santillana del Mar, que fue un movimiento de renovación del panorama artístico. Llegaron a reunirse en la cueva y celebrar en su interior lo que llamaban “Semanas del Arte”. Ese turismo de élite se convirtió a partir de los años 60 en turismo masivo. Era un disparate porque las condiciones medioambientales de la caverna se alteraban y se puso en peligro la conservación de las pinturas. Por eso el museo fue una necesidad.

¿Siente el visitante la misma sensación cuando visita una réplica?

La réplica no tiene el mismo valor emocional pero tiene más valor informativo. Se puede entender mejor como espacio de vida y como santuario del arte rupestre porque las modificaciones que se hicieron a lo largo del siglo XX no están. Reproduce cómo era fielmente la cueva original cuando era habitada, se pueden incluso ver más figuras que en la cueva original. Hay que entender que la cueva de Altamira es insustituible, el museo sólo da la posibilidad de conocerla.

¿Está concienciada la sociedad con la conservación del patrimonio?

Gracias al trabajo de las últimas décadas sí. Pero debería reforzarse la concienciación con la conservación y el valor del patrimonio tanto desde los museos como desde las escuelas para conseguir que la sociedad futura entienda la importancia de tener la voluntad de dar a las generaciones próximas lo que hemos recibido de nuestros antepasados.