La mística creación de «La Piedad» de Miguel Ángel, en toda su grandeza
ROMA.Veintisiete millones de personas acudieron a ver «La Piedad» en Nueva York durante la Exposición Universal de 1964, pero nadie pudo contemplarla en privado, de día y de noche, como Robert Hupka, un fotógrafo vienés, cuyo padre judío y cuya madre católica murieron en ... los campos de concentración. Millones de personas admiran «La Piedad» cada año en Roma nada más entrar en la Basílica de San Pedro, pero sólo pueden verla frontalmente, a cinco metros de distancia y detrás de un cristal blindado. La conmovedora escena del dolor de una madre, esculpida por Miguel Ángel a los 24 años en un bloque de mármol de Carrara que escogió cuidadosamente en 1498, es una obra maestra desde cualquier ángulo y en cada uno de sus detalles. Quienes visiten Roma en los próximos cuatro meses podrán apreciarlo, a unos cientos de pasos de la escultura original, en la exposición de 110 fotografías en blanco y negro de las 1.500 que Hupka tomó desde todas las distancias y con todos los tipos de iluminación que logró imaginar.
En el lado izquierdo de la columnata de Bernini, los turistas pueden compartir el éxtasis de Hupka nada más entrar en la semioscuridad que envuelve, junto con los cantos de la abadía de Solesmes, las 110 fotografías que muestran cada detalle de la mística creación de Miguel Ángel. Los discretos agujeros de los clavos, la herida ya cerrada del costado, el delicado relieve de las venas en los brazos de Jesús e, incluso, el orden de sus cabellos transmiten la misma serenidad que el rostro de su madre: una mujer joven, en cuya hermosa mirada hay más amor que dolor, como reflejo de su fe en la cercana Resurrección. La gran fortuna de Robert Hupka, fallecido en 2001, fue recibir el encargo de seleccionar la música para el pabellón del Vaticano en la Exposición Universal de 1964.
Rompiendo moldes al precio de encajar muchas críticas, Pablo VI dio permiso para trasladar a Nueva York el mejor tesoro escultórico de la Santa Sede. «La Piedad» viajó sobre la cubierta del trasatlántico «Michelangelo», dentro de un contenedor de seguridad que hubiera flotado en el océano en caso de naufragio del paquebote italiano.
Robert Hupka seleccionó el gregoriano de la abadía benedictina de Solesmes como suave entorno musical que favorece el silencio externo y la contemplación de la escultura con los ojos del espíritu, como la veía Miguel Ángel ya antes de sacar del bloque de mármol, a golpe de cincel, «todo lo que sobraba». El encargo de fotografiarla desde varios ángulos fue, según Hupka, «una experiencia que no se puede describir en palabras. Fue experimentar la presencia del misterio y de la verdadera grandeza, que yo conocía por haber asistido durante veinte años a los ensayos de Arturo Toscanini».
A cada cambio en la iluminación, la estatua ofrecía un belleza inédita, y el fotógrafo se dio cuenta «de que tan sólo unos poquísimos privilegiados habían podido ver en toda su grandeza la mayor obra maestra de Miguel Ángel».
Las imágenes más originales
La foto más original, relató Hupka, «la tomé una noche a través del agujero de una lámpara empotrada en el techo», aprovechando el encuadre descubierto por un electricista que subió a cambiar una bombilla fundida. Es única también la última fotografía: el rostro de Jesús, visto desde arriba, cuando la escultura estaba ya de nuevo en la caja de transporte y los obreros se disponen a colocar la tapa, casi como la de un féretro. Es un gesto de paz infinita, como la de los ojos y los labios de su madre, capturados en otras imágenes que, 40 años después, siguen fascinando a quienes entran en la muestra.
Hupka no pudo fotografiar, en cambio, lo que Miguel Ángel esculpió a ciegas: el torso de Jesús oculto a la vista por su brazo derecho y la mano de la Virgen. Manejando cinceles cortos en ese estrecho hueco curvo, el joven florentino esculpió fatigosamente las costillas de la espalda de Jesús, que nadie llegaría nunca a ver. Era el homenaje secreto a la fuente de su inspiración.
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