Dos personas, ante un dibujo de Millares, en el Centro Botín
Dos personas, ante un dibujo de Millares, en el Centro Botín - EFE

Millares en el Centro Botín, el grito silencioso

Ochenta obras de todas las etapas del artista canario se muestran en Santander hasta el 15 de septiembre

Noemí Méndez
SantanderActualizado:

El Centro Botín vuelve a sacar pecho con sus exposiciones en torno al dibujo. Un camino que, desde 2006, la Fundación Botín inició con compromiso y gracias al cual hemos podido ver interesantísimas muestras sobre esta disciplina y poner en valor el trabajo de grandes autores españoles de los que, en ocasiones, es difícil conseguir una amplia producción para exhibir en conjunto. El Centro Botín llegó a la culminación de este proceso de puesta en valor del dibujo con la exposición de los dibujos de Goya durante la inauguración del Centro Botín. Ahora, con Manolo Millares, continúa con artistas cada vez más cercanos a nuestro tiempo.

La muestra se divide en tres grandes bloques temáticos y va coherentemente acompañada de imágenes y material de archivo que ayudan a comprender la breve, pero prolífica, producción de Millares (Las Palmas de Gran Canaria, 1926 - Madrid, 1972).

Dibujante precoz (en la muestra hay dibujos de cuando Millares tenía menos de diez años), el artista dibuja en su primera etapa bajo las escasas influencias a las que tenía acceso, es aquí donde podemos ver la fuerza de las primeras vanguardias como el cubismo, o un ligero expresionismo. Una parte, esta primera, marcada por el color y la superpoblación de dibujos a línea.

La segunda parte de la exposición ahonda sobre la época más característica de Millares, el momento en que comienza a usar arpilleras y sacos, cuerdas y otros materiales; una época en la que el artista vive en Madrid y es allí donde comienza una apertura a otros mundos y relaciones con otros artistas como Antonio Saura, Rafael Canogar o Manuel Rivera, con quienes formaría el famoso grupo El Paso.

Sin duda, la parte más reveladora es la tercera en la que los dibujos van depurándose y quedando atrapados entre líneas. Casi como una maquetación de prensa aparecen columnas de texto y dibujos esquemáticos que revelan no solo su faceta como crítico (recordemos que Millares escribía textos con pseudónimo para algunos amigos) sino que parecen archivos documentales extraídos de un cuaderno de arqueología, su otra gran pasión.

Habría que destacar dos grandes áreas de creación de Millares contenidas dentro de la muestra, por una parte, estarían los característicos dibujos de manos que encierran en sí mismos un virtuosismo y una poética en el trazo que nos evoca a la magia de la creación en sí misma. Los estudios de manos casi aluden al elemento creador de manera sutil y, por otra parte, ayudan a entender que Millares, aun dentro de su clarividencia en la abstracción, era un gran dibujante, como comenta su hija, Coro Millares: «Yo creo que detrás de todo gran artista que se entrega a la abstracción hay siempre un gran dibujante. De hecho, mi padre, en 1951, dijo: “Aunque practico la pintura moderna, no abandono por ello la pintura figurativa, no sólo porque visite el estudio, sino por lo profundamente humano que encierra”».

La otra área, la que puede hilarse junto al título de la muestra: la denuncia política y social que subyace en las obras del creador que, de manera profunda, silente, con su impronta, ejerce un movimiento de guerrilla poético pero potente, sólo accesible a los ojos más sensibles. El grito silencioso de Manolo Millares deja claro, con sus más de ochenta piezas reunidas por primera vez al público en un trabajo de casi cinco años de comisariado que, las exposiciones de revisión de grandes figuras de nuestra historia más reciente, pueden dar lecturas de gran contundencia y otorgan un lugar de privilegio a las periferias de nuestro país.