Luis Gordillo se cuenta a sí mismo

NATIVIDAD PULIDOMADRID. A Luis Gordillo solían preguntarle: ¿y cuándo tu exposición en el Reina Sofía? «Cuando ellos quieran», contestaba siempre. «Nunca estuve ansioso. Sabía que llegaría y ha venido

NATIVIDAD PULIDO. MADRID.
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A Luis Gordillo solían preguntarle: ¿y cuándo tu exposición en el Reina Sofía? «Cuando ellos quieran», contestaba siempre. «Nunca estuve ansioso. Sabía que llegaría y ha venido en un momento estupendo», afirmaba ayer. Nunca es tarde si la dicha es buena, dicen. No se ha escatimado en gastos para el gran desembarco del flamante premio Velázquez en el CARS: «Me he permitido todos los caprichos en la exposición y en el catálogo». Visitando aquélla y ojeando éste, queda claro que el museo ha echado la casa por la ventana. No sólo se han reunido 180 obras de todas sus etapas (de 1959 a 2007) en el espacio de honor del museo (la sala A1), sino que Gordillo se expone a sí mismo. Él ha querido ser el comisario de su propia antológica, lo cual tiene su parte buena -es, sin duda, el que mejor conoce su obra-, pero también su parte peligrosa: conlleva riesgo; se la jugaba.

Un panel con amarillos y rosas chillones, presidido por una foto de Luis Gordillo, metido en una piscina con ropa y zapatos, y nadando con un flotador-churro, da la bienvenida al visitante al «Iceberg tropical» que ha montado el pintor sevillano. Ya entonces nos damos cuenta de que esta exposición es bastante peculiar. Su «Blancanieves y el Pollock feroz», sus «Supergástricos concentrados», su «Cirugía esquimal»... cuelgan en los espacios en que Gordillo ha estructurado su universo vital. Visitar esta muestra es como meterse en su propio mundo. El artista ha ideado un recorrido sin escapatorias posibles (cuando entras no puedes dar marcha atrás): aprisiona al espectador en esta autobiografía pictórica que nos abre de par en par.

Gordillo se ha dado el gustazo de forrar paredes y puertas -incluidas las de emergencia- con sus collages de Peter Sellers (variaciones en azul, rosa, amarillo y negro, que logra descomponiendo el color) en impresiones digitales sobre plástico que resultan muy pop; de exhibir sus célebres piscinas en una sala con un suelo que semeja el gresite; de crear una «nave espacial» en blanco con neones y fluorescentes; de ampliar en inmensas lonas pequeños dibujos que hizo en los años 70; de exponer algunos acrílicos sobre lienzos apoyados en impresiones digitales sobre lonas plásticas microperforadas. Hay rampas, puentes, cortinas, vitrinas, muros oblicuos... Gordillo ha contado con Paco Pérez Valencia en el diseño del montaje, y con la asistencia de su mujer, Pilar Linares. Una versión reducida de la muestra viajará en 2008 al Kunstmuseum de Bonn.

Tiene razón la ministra de Cultura -con su gitanilla colgada al cuello no estaba muy mimetizada ayer con el pop- cuando dice que esta antológica es una obra de arte más de Gordillo, «en la que se cuenta de principio a fin a sí mismo» y en la que hay, según Ana Martínez de Aguilar, directora del CARS, «una tensión narrativa buscada». Dice Luis Gordillo que quería jugar con los cuadros: «El objeto cuadro ha cambiado mucho. No tiene una vida perenne. Es un ser vivo, al que no se puede abandonar en las paredes. Hay que darles una segunda vida, revivirlos». De ahí que creara una poética, un montaje cinematográfico, una compleja y original escenografía para acoger esta «exposición de cuadros y espacios vivos», colocados heterodoxamente. Su intención, que se inyectara líquido Gordillo en cada contenedor. Ha surtido efecto, pues la exposición destila su «crisismo» por todos los poros.

«Tengo una tremenda capacidad para destruir mis éxitos», confesaba ayer el artista metido en su nave espacial y rodeado de periodistas. Pero ayer no parecía muy dispuesto a hacerlo: «Es, para mí, un día muy especial y una exposición muy importante».