Lucian Freud: la pintura más carnal

JUAN PEDRO QUIÑONERO |
PARÍS Actualizado:

Gran retrospectiva «de combate» de uno de los más grandes pintores de nuestro tiempo, Lucian Freud. «El Taller» es una parábola del íntimo «campo de batalla» del artista resistiendo contra las tentaciones, locuras, tiranías y desalmadas cosas dominantes del arte caído en los supermercados y los paraísos artificiales pagados con dinero público. A través de medio centenar de grandes formatos, y una selección importante de obra gráfica y fotografías, Cécile Debray, comisaria de esta exposición, propone una lectura íntima de toda la pintura de Freud, vista a través de su «teatro de operaciones» más secreto y esencial: el taller del artista, convertido al mismo tiempo en «laboratorio» y escenario donde el creador consuma la alquimia de su pintura.

«Pintor de la vida moderna» (Baudelaire dixit), Freud es presentado a través de su diurna y nocturna tarea, en los distintos talleres de toda su carrera, en una gran metrópolis, Londres, que también es el espejo, el escenario y el infierno donde el pintor trabaja a contra corriente del río del Averno donde se precipitan sucesivas generaciones de artistas.

Hubo que esperar hasta 1981 (cuando Freud ya tenía 59 años y Bacon, su viejo cómplice, 72) para que Kitaj (otro disidente emérito) proclamase el New Spirit in Painting, con el que se proclamaba la Nueva Figuración británica. Y todavía tendría que transcurrir otra larga década para convertir a Freud, definitivamente, en un maestro universal, ya para siempre alejado de las sucesivas escuelas, corrientes, tendencias y difuntas «vanguardias», lanzadas, consumidas, devoradas y enterradas entre los despojos de incontables campos de ruinas iluminadas con papel moneda publicitario.

La gran retrospectiva de la Tate londinense (2002) hizo una magna lectura cronológica de tan fabulosa aventura personal. Esta retrospectiva del Centro Pompidou (a partir del día 10) ofrece una lectura «intimista» de ese inconcluso combate: «El Taller» nos propone revisitar ese campo de batalla -donde el artista solitario se enfrenta con los cuerpos de ejército institucionales y mercantiles- a través de memorables escenarios: interiores y exteriores de su obra; reflexiones del artista sobre sí mismo y su arte; «revisiones» de la obra de grandes artistas del pasado; puesto del cuerpo humano en la crucifixión del hombre contemporáneo...

Los talleres de Freud, en Paddington (1943), en Holland Park y Notting Hill, veinte o treinta años más tarde, en Londres y su periferia, esencialmente, entre otros escenarios más ocasionales, son, al mismo tiempo, oratorios íntimos (donde el artista vive, trabaja y se aísla del mundo) y ventanales de observación, desde donde se contemplan los paisajes de un New London que algo tiene de tierra baldía... «tierra sin alma, campo de trabajo maldito», decía Céline de los suburbios parisinos, tan semejantes a los suburbios de todas las grandes metrópolis de nuestra civilización.

En sus talleres, Freud indaga en la alquimia de la pintura: utiliza, por ejemplo, un blanco muy rico en óxido de plomo (el legendario Cremnitz White, una variedad de blanco que contiene más del doble de óxido que otros blancos menos «pesados»), para conferir a la piel de sus retratos y autorretratos una textura única. «Quiero que la pintura sea carne...» Carne mortal. Sus cuerpos desnudos son víctimas de mortales estragos; y están caídos en el purgatorio o calvario de una devastadora vida moderna.

El artista en su taller

Vida en la ciudad moderna que el artista contempla desde las ventanas de su taller, justamente. Sería ilusorio tomar el caballete en busca del paisaje de los maestros antiguos. Calles, autopistas, edificios construidos, en construcción o ya condenados a la destrucción (voluntaria o involuntaria, víctimas del tiempo o la especulación), son la parte más sustancial del paisaje del artista enclaustrado en su taller, donde todavía viven algunas plantas de interior, inmortalizadas por el artista, acompañado de animales de interior, amigos o amigas desnudos, cómplices de la misma puesta en escena del calvario del artista en soledad.

Cuando Freud «visita» a los maestros del pasado, Chardin, Constable, Cézanne, Picasso, entre tantos otros, lo hace siempre desde esa perspectiva íntima. La composición, los personajes, el cuadro mismo, son «dobles» de algunas obras maestras: pero la luz, la perspectiva, incluso los cuerpos desnudos, sufren ahora no sólo del paso del tiempo. La polución y la lluvia ácida modifican la luz y nuestra visión; la basura y los paisajes inmobiliarios han suplantado a los antiguos y difuntos genios de la tierra y el lugar; el cuerpo y la naturaleza humana sufren las consecuencias devastadoras de los alimentos prefabricados, la quimioterapia y el maquillaje industrial.

A lo largo de ese viaje hasta la noche íntima del creador, enclaustrado en su taller, trabajando con luz artificial, en muchas ocasiones, la obra de Lucien Freud crece sin cesar, en su soledad olímpica. En escorzo, cada taller, cada retrato, cada composición, son, al mismo tiempo, una revelación íntima y una profecía. Revelación de los caminos propios que Freud rotura para la historia de la pintura. «La carne es triste. He leído todos los libros», había dicho Mallarmé. Queda, en la obra de Freud, un fulgor único: contempla el espectáculo de esa agonía (la de nuestra civilización) con una fe intacta en la fuerza germinal de su arte, el arte de la pintura.