Las «joyas» de la Colección Carmen Thyssen

Las negociaciones entre el Gobierno español y la baronesa Thyssen por el destino de las 430 obras que ésta tiene depositadas gratuitamente en el Museo Thyssen se han prorrogado tres meses más. Estas son algunas de las obras maestras de su colección, valorada en unos 800 millones de euros

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  1. «Mata Mua (Érase una vez)», de Gauguin

    El pedigrí de este célebre lienzo de Paul Gauguin (París, 1848-Atuona, Islas Marquesas, 1903) es impresionante. Pasó por las manos de marchantes tan importantes como Ambroise Vollard y Paul Rosenberg. Fue adquirido a medias por dos poderosos coleccionistas, Jaime Ortiz-Patino y Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza. Ambos decidieron ponerse de acuerdo y compartirlo, pero finalmente el barón Thyssen le compró a Ortiz-Patiño su parte y se lo quedó él solo. Es la obra maestra de la colección Carmen Thyssen. «Mata Mua» representa «un paisaje idílico cuya perspectiva cierran unas montañas rosas y violetas, unas mujeres tocan la flauta y bailan ante un gigantesco ídolo de piedra. Adoran a la diosa Hina (la luna)», comenta Isabelle Cahn. «Gauguin se fue a Tahití con el objetivo de conocer la antigua civilización maorí, amenazada por la colonización y la cristianización. A través de sus cuadros, pretendía resucitar aquel "antaño" sagrado en el que el hombre vivía en armonía con la naturaleza y volver a encontrar, lejos de Europa, los dioses huidos y el paraíso original. Poco tiempo después de su llegada, emprendió un viaje por la isla con el fin de descubrir lugares a los que todavía no hubiera llegado la corrupción y la decadencia que reinaban en Papeete».

  2. «Conversación bajo los olivos», de Matisse

    Esta obra de Henri Matisse (Le Câteau-Cambresis, 1869-Niza, 1954) se incorporó a la Colección del barón Thyssen en Villa Favorita (Lugano) en 1983. Actualmente forma parte de la Colección Carmen Thyssen. Según Pierre Schneider, «bajo una apariencia apacible, los cuadros de Matisse ocultan a menudo un debate complejo y que, a través de las tensas relaciones entre el tema y el estilo, expresan las aspiraciones conflictivas del pintor. "Conversación bajo los olivos" es particularmente revelador en este sentido. Dos elegantes damas, de pie sobre el césped, parecen charlar. Detrás de ellas, una avenida; más allá, ligeramente más abajo, un olivar; más lejos, la silueta de una colina, y después, otra. El cuadro fue pintado del natural en 1921, en el interior de Niza. El título, en el que aparecen los olivos, y la sombrilla abierta de una de las jóvenes, hablan del sur y el sol».

  3. «El puente de Charing Cross», de Monet

    El marchante más célebre del impresionismo, Durand-Ruel, le compró este cuadro a Claude Monet (París, 1840-Giverny, 1926) en noviembre de 1901. Paul Cassirer lo adquirió dos años después por 12.000 francos. Fue subastado en varias ocasiones (en París en 1930 y en Nueva York en 1996). Las series de cuadros pintados por Monet que representan vistas del río Támesis fueron ejecutadas entre los años 1899 y 1904, cuenta Ronald Pickvance: «En tres ocasiones Monet volvió al Hotel Savoy y allí, desde una privilegiada posición elevada, ejecutó varias vistas de los puentes de Waterloo y Charing Cross. En "El puente de Charing Cross", a la altura del Parlamento, el Támesis, cubierto de niebla, se ve a la luz del crepúsculo de una tarde de invierno, las barcazas avanzan lentamente sobre la superficie del agua, la silueta nebulosa de las casas del Parlamento son apenas visibles a la luz marchita del sol que se pone». A Monet sólo le gustaba Londres durante el invierno, con niebla: «Sí, yo amo Londres en mayor medida que la campiña inglesa. Yo adoro Londres, es tan simple como una masa, como un conjunto. De Londres, lo que más amo es sin duda la bruma». Se cree que, durante los tres inviernos que Monet pasó trabajando en Londres (de 1899 a 1901), el pintor terminó solamente doce vistas del Támesis, hechas «in situ». De vuelta a Giverny, trabajó al menos en ocho lienzos más.

  4. «La soledad. Recuerdo de Vigen, Limusín», de Corot

    «La soledad. Recuerdo de Vigen, Limusín», de Jean-Baptiste Camille Corot (París, 1796-1875) , fechado en 1866, formó parte de la colección de la emperatriz Eugenia de Montijo y fue adquirido por Napoleón III por 18.000 francos. Hoy es una de las obras maestras de la colección de la baronesa Thyssen. Fue uno de los dos cuadros que Corot presentó «fuera de concurso» al Salon de 1866. El otro, «La tarde», se halla en paradero desconocido. Explica Gérard de Wallens que, con «La soledad», Corot «pone de manifiesto una vez más que su visión de la naturaleza es muy distinta de la de sus contemporáneos. En lugar de la representación naturalista de Rousseau o realista de Courbet, Corot prefiere pintar una naturaleza que incita a la poesía y a la ensoñación bucólica». Este cuadro corresponde a un género que ya en el siglo XIX se denominaba «recuerdo». «No representa un lugar preciso sino que es fruto de su imaginación, a la que ha dado rienda suelta sobre el lienzo en su estudio de París. Corot, gracias a su formación neoclásica, era capaz de trabajar perfectamente en su estudio como si estuviera instalado en medio del bosque».

  5. «El sueño (El beso del ángel)», de Rodin

    «El sueño (El beso del ángel)» es uno de los cuatro mármoles de Rodin (París, 1840-Meudon, 1917) que la baronesa Thyssen heredó de su marido y que éste, a su vez, heredó de su padre. Los otros tres, también en depósito en el Museo Thyssen, son «La muerte de Atenas», «Cristo y la Magdalena» y «El nacimiento de Venus». August Thyssen encargó esta obra al escultor francés, quien la terminó en julio de 1911. Según Antoinette le Normand-Romain, esta pieza «pertenece a un grupo de figuras aladas de las que existen varios ejemplos en la obra que Rodin ejecutó hacia los años 1895-1900: la más célebre es "La Ilusión, hermana de Ícaro"». Cuenta que fue, «durante una visita que Thyssen hizo a París, quizá en diciembre de 1908, cuando el coleccionista la vio y manifestó su deseo de comprarla. Sin embargo, Rodin tardó mucho tiempo en enviársela, ¡hasta el punto de que hubo de ser llamado al orden tres veces!»

  6. «Molino de agua en Gennep», de Van Gogh

    «Molino de agua en Gennep», de Vincent Van Gogh (Zundert, 1853-Auvers-sur-Oise, 1890) es un óleo sobre lienzo (85 por 151 centímetros), el más grande de una serie de obras sobre el tema de los molinos de agua que Van Gogh ejecutó en 1884, dice Fred Leeman. «Su original forma tal vez le viniera sugerida al pintor por una serie decorativa sobre el tema de las "cuatro estaciones" destinada a la nueva residencia de Antoon Hermans en Eindhoven. Todos los molinos estaban muy cercanos a la casa de sus padres en Nuenen, cerca de Eindhoven. El de este cuadro, con sus dos ruedas, puede identificarse con el que se halla en Gennep, en el río Dommel. Las estructuras de madera constituyen el molino propiamente dicho; por detrás se ve una alquería que era al mismo tiempo la vivienda del molinero. Marc Edo Tralbaut identificó el molino y reprodujo varias fotografías realizadas in situ. Su hermano Theo le había reprochado que su pintura era excesivamente oscura; Vincent consideró que en este óleo del molino de Gennep había "«progresado tanto en la técnica pictórica como en el color"».

  7. «La Ludwigskirche en Munich», de Kandinsky

    Wassily Kandinsky (Moscú, 1866-Neuilly-sur-Seine, 1944) pintó este óleo sobre cartón (67,3 x 96 centímetros), «La Ludwigskirche en Munich», en 1908. Estuvo en manos de diferentes coleccionistas norteamericanos (Chicago, Washington, Nueva York) hasta que el barón Thyssen lo compró en 1977. El lienzo, explica Peter Vergo, «representa la parte inferior de la fachada principal de la iglesia de St. Ludwig (construida entre 1829 y 1840), uno de los edificios más importantes de principios del siglo XIX, obra del arquitecto Friedrich von Gärtner (1792-1847). La iglesia se encuentra en un barrio de Múnich, en el que Kandinsky alquiló una vivienda-estudio en septiembre de 1908. En la ejecución definitiva de la composición, una abigarrada multitud -se supone que de fieles- se congrega en el porche. Los estandartes que se ven por debajo del arco central y el grupo de sacerdotes con sus vestiduras amarillas parecen indicar que se trata de una procesión para celebrar una de las grandes festividades eclesiásticas. La deslumbrante luz del sol sume el porche en profunda oscuridad, confiriendo a la pintura una calidad abstracta decorativa que supone una novedad en la obra del artista de aquella época».

  8. «Los segadores», de Picasso

    Este óleo sobre lienzo de Picasso (65 x 81,5 centímetros) fue propiedad de Nelson Aldrich Rockefeller y de sus manos pasó al MoMA de Nueva York. El barón Thyssen lo adquirió en 1979. Tomás Llorens, exdirector del Museo Thyssen, cuenta que «el Museo Picasso de París posee un dibujo de gran formato ejecutado al carboncillo y con los perfiles repasados que parece el estudio definitivo para nuestro cuadro». Picasso pintó «Los segadores» en el mítico estudio del Bateau-Lavoir, en Montmartre, mientras estaba trabajando en «Las señoritas de Aviñón». Las relaciones entre Los segadores y las obras realizadas por Picasso en Gósol en el verano de 1906 han sido señaladas por diversos autores. A ellos habría que sumar otras dos obras: «Los campesinos» y «El harén». Las cuatro fueron pintadas entre el verano de 1906 y el verano de 1907 en que Picasso plantea composiciones complejas con varias figuras.

  9. «El hombre blanco», de Feininger

    Explica Peter Vergo que en julio de 1906, Feininger se marchó de Berlín para iniciar una larga estancia en París. Había trabajado como caricaturista para una serie de revistas alemanas predominantemente satíricas o de humor. Una de suss ilustraciones era un dibujo titulado «Les regrets de M. Hearst» (Las lamentaciones del Sr. Hearst), que se publicó en uno de los primeros números de «Le Témoin» en el otoño de 1906. Un año más tarde, en el otoño de 1907, terminó en París «El hombre blanco», que incorpora los más mínimos detalles de este dibujo. Es una de las primeras pinturas en las que Feininger trata el tema de la figura humana. Aunque la figura del hombre de traje blanco, con sombrero y pipa, bien pudiera sugerir la imagen de un magnate de la prensa norteamericana, es muy poco probable que Feininger pretendiera hacer un retrato de su compatriota William Randolph Hearst. Es más plausible la tesis de que el «hombre blanco» fuera un autorretrato satírico.

  10. «Cristo en la Cruz», de Van Dyck

    La pintura antigua también esta presente en la Colección Carmen Thyssen con una interesante selección de obras. Como este «Cristo en la Cruz», de Anton Van Dyck (Amberes, 1599-Londres, 1641), un óleo sobre tabla de 105,3 x 73 centímetros. Tomás Llorens explica que, «a su retorno a Amberes tras su estancia en Italia, Anton van Dyck pintó varias Crucifixiones destinadas a diversas iglesias de la ciudad. En relación con esos cuadros de altar pintó otros de tamaño menor en los que, prescindiendo de las figuras auxiliares, se representa sólo a Cristo en la cruz. Destinadas probablemente a la devoción privada, estas imágenes se concentran en la soledad del Redentor en el momento de su agonía, cuando se queja del abandono de su Padre. Varias versiones de esta composición se consideran obras de taller o de escuela. La versión autógrafa de referencia es la que se conserva en el Koninklijk Museum voor Schone Kunsten de Amberes». La versión del Thyssen se considera también autógrafa y «su fecha debe ser aproximadamente la misma que la de la versión de Amberes, es decir 1627».