Fernando Castro Flórez

En el instante del peligro

El crítico de arte de ABC reflexiona sobre los escándalos del arte al hilo de la polémica obra «El Domestikator», de Joep Van Lieshout, que se ha instalado en el exterior del Pompidou, tras la negativa del Louvre

Fernando Castro Flórez
Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Vivimos, no exagero, «al rojo vivo» o, atenuando la grandilocuencia térmica, estamos enganchados al «reality show de la política» que provoca en nosotros una sensación de todo es delirante y, a la postre, ni lo catastrófico importa nada. A los presentadores de televisión, como a ese del «pactómetro», les crece la barba en directo y hasta el «cogito interruptus» del republicanismo aceleracionista viene a imponer la sensación de que estamos en tiempos patafísicos.

El urinario duchampiano es centenario y más que producir escándalo (no puedo escribir esta palabra sin rememorar el soniquete de Raphael) lo que mantiene es una Academia en la que basta con pedestalizar cualquier cosa para producir reverente-estupefacción. Octavio Paz supo sintetizar el destino de la vanguardia cuando en «Los hijos del limo» apuntó que la ruptura contra tradición se ha convertido en tradición de la ruptura. Lo excepcional se ha normalizado y los comportamientos pretendidamente contra-culturales sirven como banderín de enganche para una «clase creativa» que no es otra cosa que un precariado autocomplaciente, ya sean los del look talibán-hipsterizado o aquellos que cargan mochilas llenas de aire y sueltan alguna soflama «leninista» descafeinada. En el espejo retrovisor del arte «radical» aparecen acciones como aquel «ataque a la televisión» de Chris Burden, que secuestró cuchillo en mano a la presentadora que intentaba entrevistarle; las primeras acciones autoflagelantes de Marina Abramovic, aquella convivencia con el coyote de Beuys, el arte auto-destructivo de Metzger o aquellos performances de Tehching Hsieh que duraban un año en los que propiamente se iniciaba al enclaustramiento profesional y burocrático del capitalismo. Si Breton consideró que disparar al azar a la multitud es el acto surrealista por antonomasia, no han faltado epígonos que llegaron, como Serge Oldenburg III o Tania Bruguera a «jugar» a la ruleta rusa. Aunque los mataderos y la crueldad han seducido a muchos artistas, desde Francis Bacon a los accionistas vieneses, la sangre estética es, como vendrían a confirmar las intervenciones «grotescas» de Paul McCarthy, dulce como el kétchup. La mierda de artista (vendida a precio de oro por Manzoni) no huele, tan sólo impone el escándalo de que la vanguardia, por retomar el eslogan posmoderno, es el mercado.

Sabemos que el salto al vacío de Klein fue un fake y en sus «conciertos» con mujeres desnudas que le servían como pinceles había un tono que podemos ya calificar como «viejuno». Con todo, no faltan remakes despelotadores, especialmente en las salas de los museos, sea ante «El origen del mundo» de Courbet o en la ultra-turística sala de «La Gioconda». En todos esos actos provocadores la parte agitada le toca, involuntariamente, a los bedeles que tienen que haber recibido ya un master en «retórica pseudo-radical». La vitrina es, aunque suene paradójico, el destino deseado del arte que pretendería desmarcarse de lo convencional. Incluso las obras consideradas blasfemas, como aquella meada sobre un crucifijo que fotografió Andrés Serrano o la rana crucificada por Kippenberger, forman parte de la «liturgia» museal y no aspiran más que a ser chistosas. El arte, sugirió con astucia McLuhan, es algo que te permite «salir impune», poco importa que el comportamiento sea «delictivo» (como el artista ruso que ha prendido fuego a un banco en París hace unos días).

Cada cierto tiempo nos despertamos de la siesta con escaramuzas inesperadas, de pronto sentimos un tsunami en la red social y no podemos dejar de parlotear sobre lo «inaceptable», sea en relación con una obra censurada o un llorón al que no le han dejado colocar su huevo kínder en el santuario del placer kantiano. El arte idiota (en sentido estrictamente etimológico) consigue, ocasionalmente, brotes rumorológicos; poco importa que sea un vaso de agua medio lleno en ARCO o una bodriosa instalación en la que aparecía el Rey sodomizado (causante de una tragedia shakesperiana en el MACBA con dimisiones de los jerarcas de turno); cualquier parida puede, convenientemente salpimentada, ocasionar un revuelo en la mirada de gente que está sometida al «tratamiento Ludovico». Si hay animales o niños pequeños por medio la cosa puede ponerse «al rojo vivo», aunque todo pase a enfriarse aceleradamente. Algunas provocaciones están ya, lúcidamente, metidas en la nevera, como aquel Franco de Eugenio Merino que sacó de sus limitadas casillas a los nostálgicos del totalitarismo. Somos, es triste decirlo, los herederos de aquel replicante que bajo la lluvia lanzó el speech melancólico de lo mucho que había visto. Nos ha tocado tragarnos el bluff del remake: ojalá tuviéramos lágrimas que soltar en un instante del peligro que se ha tornado ridículo.

Fernando Castro FlórezFernando Castro Flórez