La Historia del Arte pierde a su gran gurú: Robert Hughes

El australiano, gran especialista en Goya, ha muerto a los 74 años en Nueva York. Desde las páginas de «Time» se convirtió en el crítico de arte más reputado y leído en lengua inglesa

MADRID Actualizado:

El escritor y crítico de arte australiano Robert Hughes ha muerto a los 74 años en un hospital de Nueva York, según informó su familia en un comunicado. Su esposa, Doris Downes Hughes, se encontraba junto con su marido cuando falleció en el hospital Calvary. Downes destacó la humanidad, cercanía y erudición de Hughes.

Tenía aspecto de dedicarse a muchas profesiones, menos a la crítica de arte. Australiano, reserva del 38, socarrón y de físico intimidatorio, Robert Hughes procedía de una familia de políticos y abogados. Nació en Sidney y, tras estudiar Arte y Arquitectura, empezó a trabajar como dibujante de viñetas y crítico de arte en el periódico australiano «The Observer». En 1964 se mudó a Europa, donde colaboró con medios como la cadena BBC, los diarios «The Times» y «The Spectator» y la revista «Time».

Después cogió las maletas y puso rumbo a Nueva York. Una vez más se cumplía el sueño americano. Lo demás es ya historia del arte... de bastantes quilates. Desde las páginas de la revista «Time» se erigió en el crítico de arte más reputado y leído en lengua inglesa. Que es lo mismo que decir que todo lo que escribe se acepta sin rechistar como «Palabra de Hughes».

Obsesionado por Goya

Un texano con el que comparte apellido, y de nombre Howard, hizo de los aviones y Hollywood su gran imperio. Robert Hughes levantó otro no menos poderoso, con la palabra (y no con el dólar) como arma. Miembro de la Academia Americana de las Ciencias y el Arte desde 1993, posee los más destacados premios de la crítica y ha elaborado célebres documentales de televisión, como «El imperio de lo nuevo» y «Visiones de América». A su canónica monografía de Lucian Freud hay que sumar libros dedicados a temas tan diversos como Barcelona o la pesca.

En 2005 estuvo en Madrid presentando su monografía de Goya ( Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg). Su visita estuvo rodeada de esa expectación que sólo despiertan las grandes estrellas. Ya estaba en silla de ruedas (sufría aún las secuelas del terrible accidente que tuvo en el desierto australiano en 1999). El encuentro con Robert Hughes tuvo lugar en la sala 85 del Prado, con unos testigos de excepción: los cartones para tapices de Goya del comedor de los Príncipes de Asturias en el Pardo. Entusiasmó a todos.

El reputado crítico de arte siempre se sintió muy a gusto en el Prado («el mejor museo del mundo», decía): «Si existe la reencarnación, como creen los budistas, en mi próxima vida querría ser un ratón que correteara por las salas del Prado». No escondía entonces que puede resultar presuntuoso que un australiano hable de Goya a los españoles, pero cree que «no es propiedad exclusiva de España. Pertenece a todo el mundo... Y al mundo moderno». Precisamente, la «implacable e inagotable modernidad de Goya» es una de las tesis centrales de su estudio.

De Hiroshima a Abu Ghraib

En 1970, Hughes se trasladó a Estados Unidos para vivir y trabajar. La guerra de Vietnam desgarraba al país, pero le llamó la atención que el arte diera la espalda a tan tremendos acontecimientos que estremecían a la sociedad norteamericana. Dicha reflexión le llevó a darse cuenta de que tampoco hubo obras plásticas que se ocuparon en su día de Hiroshima, de Auschwitz y, posiblemente, tampoco las haya del 11-S o de las torturas de Abu Ghraib. «A finales del siglo XX no hubo, ni hay hoy, nadie capaz de crear con éxito un arte elocuente y moralmente apremiante a partir del desastre humano —comentaba Hughes—; y ello evidencia las pobres expectativas que cabe tener de lo que el arte puede llegar a hacer».

Sí las hubo dos siglos antes, cuando Goya plasmó en su serie de «estremecedores» grabados de los «Desastres» el horror de la sublevación española contra la invasión napoleónica y vivió en primera línea los fusilamientos del 3 de mayo. «Con su testimonio —subrayaba Hughes—, Goya se convirtió en el primer reportero gráfico de guerra moderno. Es uno de los pocos grandes pintores del dolor físico, las crueldades y humillaciones corporales. Sólo él habla de las víctimas; los demás están siempre del lado de los vencedores. Se inclinaba más a la piedad que a la venganza». Dibujaba al genio aragonés como «un epicúreo convencido, figura bisagra (el último de los grandes maestros y el primer moderno), casi tan contemporáneo como Picasso».

Dolor, miedo, desesperación

El accidente que sufrió Hughes —le machacó la mitad de sus huesos y le postró seis meses en la cama de varios hospitales—, hizo que conociera de cerca el dolor, el miedo y la desesperación: «Puede que un escritor que no haya experimentado dolor, miedo y desesperación no sea capaz de conocer a Goya del todo. Es muy útil haber sufrido una experiencia dolorosa para entenderlo». Tras el accidente, decía Hughes, «Goya se presentaba en mis alucinaciones. Me decía: “Usted es un inglés asqueroso. No va a conseguir escribir este libro”. Era una proyección de mis propios miedos».

Consideraba absurdas las teorías que afirman que no son suyas las pinturas negras («es como decir que “Hamlet” y “El Rey Lear” son de Truman Capote»); tampoco estaba de acuerdo en que la Duquesa de Alba posara para la «Maja desnuda» de Goya («es probable que contratara a una puta»).