La Historia del Arte pierde a Pita Andrade
Pita Andrade y Sahagún, visitando San Antonio de la Florida / ABC

La Historia del Arte pierde a Pita Andrade

JESUSA VEGA | MADRID
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Creo que no sólo a mí, sino a todos se nos ha ido un maestro. Aquellos que nos dedicamos a la Historia del Arte sabemos que quien debía escribir estas líneas era José Álvarez Lopera, el discípulo más querido de José Manuel Pita Andrade, cuya inesperada pérdida supuso uno de sus últimos dolores. Formado en el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, su huella, junto al talante liberal de un demócrata convencido, eran fácilmente reconocibles en «don José Manuel». Y es que siempre nos hablamos de usted. Desde aquella mañana de octubre de 1981, cuando aceptó dirigir mi tesis doctoral, hasta el pasado mes de octubre, cuando fue él quien me devolvió aquella visita en la Fundación, porque quería que estudiáramos un proyecto editorial.

Ese día hablamos de la pasión compartida: Francisco de Goya. Él rememoró a Francisco Javier Sánchez Cantón, su maestro, quien en su opinión hubiera traído un poco cordura en un momento en el que la actualidad nos tena desconcertados. Entonces, mirándome muy directamente me dijo: ¿no cree usted que quizás ha llegado el momento de tutearnos?

Hay que destacar su carácter emprendedor, afable y sutilmente irónico; pero también su trayectoria académica y profesional, donde el rigor y la responsabilidad son elocuentes, y su compromiso y respeto con las instituciones y la sociedad; baste recordar su ética y discreción, su austeridad y elegancia.

Coruñés de 1922, se doctoró en Filosofía y Letras en 1947, y se afincó en Granada, donde ha fallecido. Cosmopolita y viajero, amplió estudios en el Intitute of Fine Arts en la Universidad de Nueva York, y allí se ocupó y preocupó por el museo como institución al servicio del ciudadano. En consecuencia su vida profesional se desarrolló entre la universidad y los museos.

La cátedra la obtuvo en 1960, y ejerció en Oviedo, Granada y en la Complutense de Madrid. Fue miembro de número de las Reales Academias de Bellas Artes de San Fernando y de la Historia, del Colegio Libre de Eméritos y de la Hispanic Society de Nueva York. Su extensa bibliografía refleja sus intereses como investigador. Su tema prioritario fue la pintura española, y muy especialmente dos grandes maestros: El Greco y Goya.

En su actividad como profesional de museos fue conservador de la Casa de Alba, director del Museo del Prado (entre 1978 y 1981) y conservador jefe del Museo Thyssen-Bornemisza.

Pero, entre tanta actividad, que nos habla de un hombre incansable que sentía un profundo respeto por el trabajo, hay un aspecto de don José Manuel que quizás no es muy conocido y es que en su vida hubo bastantes renuncias. Por ejemplo, cuando fue delegado de Bellas Artes en Granada dimitió por estar en desacuerdo con la política urbanística de la ciudad; y la dirección del Prado la dejó, entre otras razones, porque consideraba que debía ser gratuito, cuando la UE exigía que comunitarios y españoles tuvieran un mismo trato. Pero las autoridades ministeriales optaron por lo contrario. Y José Manuel Pita Andrade dejó el museo porque estaba convencido de que era mucho mayor la riqueza social que generaba la gratuidad, que la rentabilidad económica que se derivaría del pago. Un gesto que entonces no fue debidamente explicado.