Las esculturas de Flora (izquierda) y Hércules (derecha), durante su restauración en su nueva ubicación en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando
Las esculturas de Flora (izquierda) y Hércules (derecha), durante su restauración en su nueva ubicación en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando - Maya Balanya

El Hércules Farnese huye de las obras que rodean la Academia de Bellas Artes

La institución cierra la polémica de las grietas retirando las dos esculturas de su zaguán al patio interior

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El último trabajo de Hércules ha sido sobrevivir a las obras de Madrid. Este lunes, el héroe, transmutado en escultura de yeso de más de una tonelada, tuvo que mover el peso de sus músculos desde el zaguán de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando hasta su patio interior, escapando así de las vibraciones de los martillos neumáticos y demás herramientas que transmutan, también, esta ciudad. Le acompañó Flora Farnese, su pareja de baile, otra de las monumentales estatuas que Velázquez ordenó traer de Italia en pleno siglo XVII. El espectáculo, artificiado por SIT, la empresa de transportes de confianza de la Academia, hubo de ser memorable. No lo sabemos, pues fue una función privada (y silenciada).

Sí se conoce que la operación requirió un gran despliegue y mimo, todo ello para asegurar la integridad de las obras en esta pequeña travesía de apenas 50 metros, que realizaron cubiertas de film transparente para evitar la pérdida de los posibles descascarillados. Nada comparable con la gran odisea de 1653, cuando llegaron al puerto de Alicante desde Roma envueltas en paños y acolchadas entre paja y serrín dentro de una remesa de 180 cajas.

Sea como fuere, estamos ante el último capítulo de una historia de infortunios que comenzó hace tres semanas, cuando se descubrieron unas grietas en los pies del Hércules Farnese causadas, presumiblemente, por las obras de la futura «Galería de Canalejas» y las del Ministerio de Hacienda. Con este movimiento se pone fin al peligro que estaban sufriendo y se inicia el proceso de restauración de las esculturas, que además permitirá conocer el alcance los daños que han sufrido.

Se trata de una restauración forzada por la situación, pues las esculturas ya habían sido tratadas en mayo de 2006. Entonces, el Hércules Farnese tenía un color anaranjado que se distanciaba del original, consecuencia de las diferentes intervenciones que se habían realizado con anterioridad, según recoge el informe de los restauradores. Se procedió a su limpieza y, además, se realizó un estudio detallado sobre su estado y su historia. Fue entonces cuando se descubrió, tanto en él como en Flora, cómo era el «esqueleto metálico» que sustentaba los más de mil kilos de peso: un documento histórico de gran valor documental, pues nos muestra cómo se realizaban las copias escultóricas en el siglo XVII.

Un museo reorganizado

Estos gigantes de yeso no han sido los únicos que han tenido que moverse. El museo de la Academia, uno de los cinco más importantes de España, se ha visto obligado a reordenar su colección para evitar deterioros en sus joyas. Hablamos de trabajos de Rubens, Goya o Arcimboldo, entre otros. La pared del centro que da a la calle Alcalá luce ahora vacía por precaución, pues hasta allí llegaban los temblores de la maquinaria empleada en la calle, que hizo peligrar un cuadro único como «Susana y los viejos», un óleo del propio Rubens realizado sobre tabla, precisamente el soporte que más acusa este tipo de «inconvenientes».

A estas labores de la Academia se le ha sumado la colaboración de esta con el resto de los implicados: a saber, los responsables de las obras así como el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid. Todo ello se concretó en un acuerdo para «utilizar máquinas más pequeñas para reducir el impacto, aunque eso obligue a ampliar algún plazo», según confirmó hace unos días a ABC Fernando de Terán, director de la institución afectada. La medida no es baladí: las obras durarán, al menos, un año más e incluyen una salida de emergencia del metro cerca de la Academia.

Hércules se ganó con sus hazañas la inmortalidad, y esta escultura ha tenido que confirmarla tres veces. En 1653 aguantó a su traslado por tierra y mar, con todos los inconvenientes de la época. Después sobrevivió al trágico incendio del Real Alcázar de 1734, gracias a la protección ignífuga a base de alumbre, sulfato de alúmina y potasa que le aplicaron los maestros italianos del XVII. Y ahora ha logrado escapar de las obras de Madrid, un drama menos aparatoso, pero muy contemporáneo.