La artista norteamericana, ayer en el Palacio de Velázquez, ante algunas de sus fotografías. Julián de Domingo

Nan Goldin: «Me siento orgullosa de decir que soy española»

Visitar esta exposición es como entrar en «el patio del Diablo». Muy acertado su título. Imágenes provocadoras, para muchos escandalosas, de un realismo brutal, pero de una fuerza emocional y visual indudable. Nan Goldin nos cuenta en 350 instantáneas su vida. Una vida excesiva, al límite, que el espectador puede ver pegando su nariz al cristal.

NATIVIDAD PULIDO
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MADRID. Impuntual como caracteriza a las grandes divas (llegó hora y cuarto tarde a la rueda de prensa), Nan Goldin -fotógrafa de culto- abre sin pudor, y de par en par, su diario íntimo en el Palacio de Velázquez del Retiro. Es así como hay que entender esta exposición (cruda donde las haya, pero real como la vida misma): como un paseo por la vida de esta artista y sus amigos (modelos en sus instantáneas), sus fantasmas y obsesiones, sus excesos... No hay tabúes que valgan: sexo explícito (heterosexual y homosexual), drogas (filma su propia desintoxicación), sida y muerte (llega a retratar en la cama del hospital, incluso en el ataúd, a Gilles y Cookie, amigos suyos), malos tratos (sufridos en carne propia e inmortalizados en un autorretrato un mes después de ser golpeada), incluso un toque «gore» (un primer plano de su herida abierta en la muñeca al caer en una piscina vacía durante un rodaje). Imágenes todas ellas descarnadas, sin maquillaje. Vamos, que no es una muestra para que las familias acudan con sus niños, cuando los domingos se acerquen al Retiro. De hecho, un cartel anunciará que hay imágenes que pueden herir la sensibilidad. Pero entre tanto dolor, entre tanta violencia, también hay un resquicio para la esperanza: maternidades, amor, amistad, la nieve, el mar... Confiesa Nan Goldin que sus fotografías son ahora más profundas, dulces, serenas y cariñosas que antes: «Viví una época oscura de crisis, placer y drogas. No la cambiaría, pero ahoro exploro aspectos más externos». Saca las uñas cuando se le insinúa que la fama ha podido restar sinceridad a su obra: «Es tan sincera como antes. Me acusan de ser narcisista, de ser una «voyeur». Y no es cierto. Cuando fotografiaba a mis amigos haciendo el amor, yo sentía que formaba parte de los latidos de sus corazones. He utilizado mi propio entorno para mirar a las personas de manera más profunda».

Santa Bárbara y Bach

Aunque pudiera sorprender, siempre le han atraído las iglesias, los santos, la música de Bach y Mozart. De hecho, prepara una serie sobre Santa Bárbara (el nombre de su hermana mayor que se suicidó cuando era muy pequeña, un acontecimiento que le marcó muchísimo). De hecho, comenta la comisaria de la muestra, Catherine Lampert, que las fotografías de Goldin son reliquias y que es muy espiritual: «Ella vive en estas fotos. Volver a verlas es una experiencia emocional muy dura para ella». Y hablando de esa búsqueda espiritual, comenta Goldin que de niña quería ser católica y que su familia es de origen judeoespañol: «Me siento orgullosa de decir que soy española». Aunque nació en Washington, no se considera americana. Ya no vive allí; sufrió en carne propia la censura «made in USA», la teoría de lo políticamente correcto: la policía confiscó sus obras, se le retiró financiación, perdió una beca... «Llegaron a decir que yo era una zorra. Cuanto más reconocimiento tengo, más me atacan. Pero yo no soy una moda».

Organizada por el Reina Sofía (que quiere comprar obra de Goldin para su colección) y el Pompidou, en colaboración con la Whitechapel Art Gallery de Londres, el Museo Serralves de Oporto, el Castello di Rivoli de Turín y el Ujazdowski Castle de Varsovia, esta completísima retrospectiva (la primera en Europa) reúne en un Palacio de Velázquez multicolor 350 imágenes: de sus «Drag queens» en blanco y negro de los años 70 a sus recientes proyecciones de diapositivas con banda sonora de Bjork. La muestra forma parte de PhotoEspaña, que precisamente ha querido premiar este año a esta artista. Dice la comisaria que «la invasión de la privacidad por parte de los medios en documentales banales de tipo «Gran Hermano», explotan contenidos asociados a Goldin». Parece marca de esta generación asomarse a las ventanas para vivir las vidas ajenas. ¿Será que no nos gustan las nuestras?