A la izquierda, Mariano Fortuny y Marsal, retratado por Filippo Belli. A la derecha, autorretrato de Mariano Fortuny y Madrazo
A la izquierda, Mariano Fortuny y Marsal, retratado por Filippo Belli. A la derecha, autorretrato de Mariano Fortuny y Madrazo - Fondazione Musei Civici di Venezia-Museo Fortuny

Los Fortuny: padre e hijo se miden en Venecia

El Palazzo Pesaro degli Orfei acoge una exposición en la que Mariano Fortuny y Marsal y Mariano Fortuny y Madrazo exhiben juntos por vez primera sus mejores obras y sus colecciones. Un histórico y emotivo reencuentro

VeneciaActualizado:

Heredamos, para bien y para mal, virtudes y defectos de nuestros padres (estatura, fisonomía, color de ojos y pelo, enfermedades y, en ocasiones, hasta el carácter), pero el genio y el talento no vienen incluidos en el ADN. Cuántos descendientes de algún que otro genio intentan emular a sus progenitores sin éxito. No es éste el caso. Mariano Fortuny y Marsal (Reus, 1838-Roma, 1874) fue el artista español del XIX con mayor éxito y proyección internacional. Y, aunque no siempre ha contado con el mismo reconocimiento, la antológica que le dedicó el Prado en 2017-2018 le situó en el lugar que merece. Excelente acuarelista y grabador (dicen que el mejor de nuestro país entre Goya y Picasso, y eso es decir mucho), fue un gran renovador, dotado de una desbordante imaginación, virtuosismo técnico, maestría en el tratamiento de la luz, precisión en el dibujo y una vibrante paleta.

Un viaje al norte de África cambió radicalmente su pintura. Enviado a Marruecos para documentar pictóricamente la guerra hispanomarroquí, se colaron en sus trabajos los tipos y costumbres de la zona, las fantasías árabes... Un orientalismo heredero de Ingres, Delacroix, Matisse o Picasso y sus odaliscas. Se enamoró de la Alhambra. Vivió unos años en Granada. También en Portici, cerca de Nápoles, donde pintó a niños en la playa años antes de que lo hiciera Sorolla. Le fascinaba el Lejano Oriente: coleccionó armas japonesas, biombos, abanicos...

Obras del padre y el hijo, en la exposición
Obras del padre y el hijo, en la exposición - ABC

70 aniversario de su muerte

Murió prematuramente, a los 36 años, cuando apenas tenía tres su hijo, Mariano Fortuny y Madrazo (Granada, 1871-Venecia, 1949), también un excelente pintor, de quien se conmemora este año el 70 aniversario de su muerte. Digno heredero de su padre, fue aún más versátil: pintor, grabador, fotógrafo, decorador, diseñador de ropa, escenógrafo, iluminador, empresario, inventor... Un Leonardo del siglo XX. Al igual que Da Vinci, experimentaba constantemente y tenía una visión humanista: unió arte, ciencia y tecnología. Estudió física y óptica. Encarnaba el ideal wagneriano de obra de arte total. Rompió las barreras entre las bellas artes y las artes decorativas.

Se fabricaba sus colorantes y pigmentos, estampaba sus grabados en un tórculo que tenía en su espléndida biblioteca –encuadernaba sus libros–, inventó su propio papel fotográfico, diseñó muebles y lámparas con los que decoró su palacio veneciano y máquinas para imprimir sus tejidos, que él mismo confeccionaba. Un MacGyver de la época. El mago de Venecia, mitad artista, mitad alquimista, encerrado en el Palazzo Pesaro degli Orfei, una especie de Cueva de Alí Babá en la ciudad de los canales. Registró varias patentes: un sistema de impresión textil, otro de iluminación de espectáculos (conocido como Cúpula Fortuny) y hasta uno de propulsión para embarcaciones.

«Los hijos del pintor en el salón japonés», de Mariano Fortuny y Marsal, préstamo del Museo del Prado, cuelga en el Palazzo Fortuny
«Los hijos del pintor en el salón japonés», de Mariano Fortuny y Marsal, préstamo del Museo del Prado, cuelga en el Palazzo Fortuny - ABC

Sensibilidad familiar

Curiosamente, padre e hijo no se habían medido en ninguna exposición. Hasta ahora. El Palazzo Pesaro degli Orfei de Venecia, hoy sede del Museo Fortuny, es el mejor espacio posible para acoger este histórico y emotivo reencuentro, gracias a una ambiciosa muestra conjunta, con 450 obras, bajo el título «Los Fortuny: una historia de familia». Organizada por la Fundación Museos Cívicos de Venecia, permanecerá abierta hasta el 24 de noviembre. La exposición pone de relieve la importancia del contexto familiar y social (vivieron rodeados de una refinada sensibilidad) en la formación de ambos genios.

Mariano Fortuny y Marsal era hijo y nieto de artesanos. Se casó con Cecilia de Madrazo, perteneciente a una de las sagas artísticas más destacadas de nuestro país: hija del pintor Federico de Madrazo, que llegó a dirigir el Prado, y hermana de los también pintores Raimundo y Ricardo, era una mujer culta y sofisticada, que se movía en los ambientes más distinguidos. Melómana, tocaba el piano. Tras la muerte de su marido, se marchó con sus dos hijos (María Luisa y Mariano) primero a París y después a Venecia. Allí se instalaron en el Palazzo Martinengo hasta que Mariano adquirió el Palazzo Pesaro degli Orfei. Situado en el Campo San Beneto, lo rehabilitó por completo, lo decoró y acogió en él tanto su casa, como su estudio y un laboratorio de estampación de seda y terciopelo. La francesa Henriette Nigrin, esposa, musa y ayudante, lo donó a la ciudad de Venecia con la condición de que siempre fuera un espacio cultural.

«El estudio del pintor en el Palazzo Pesaro degli Orfei», de Mariano Fortuny y Madrazo. Museo Fortuny, Venecia
«El estudio del pintor en el Palazzo Pesaro degli Orfei», de Mariano Fortuny y Madrazo. Museo Fortuny, Venecia - Fondazione Musei Civici di Venezia-Museo Fortuny

Grandes coleccionistas

La directora del Museo Fortuny, Daniela Ferretti, comisaria de la muestra, acompaña a ABC por los distintos espacios, mientras desentraña qué les une a padre e hijo. El joven Mariano heredó del padre su porte distinguido (medía 1,82), sus ojos azules... Eran bien parecidos, reservados, modestos. Ambos eran outsiders y cosmopolitas, tenían un talento extraordinario y una gran curiosidad. Compartían una habilidad innata para pintar, dibujar y grabar. Los dos copiaron a los grandes artistas en el Prado, se interesaron por la luz y sus metamorfosis, les fascinaban las nubes... Profesaban amor por la música de Wagner y pasión por Italia: uno murió en Roma, el otro en Venecia, aunque fue enterrado en la capital italiana.

También fueron grandes coleccionistas. Atesoraron piezas de otras épocas y culturas (tejidos, estatuas, armas, cristal, muebles, alfombras...) para el estudio e investigación en sus propias creaciones. Ambos tenían una especial pasión por Oriente y los lugares exóticos, la arquitectura islámica, el arte japonés... Tras la muerte del padre, su viuda se vio obligada a vender algunas piezas y donó otras a museos de todo el mundo. Ahora muchas regresan a casa. El Hermitage ha prestado por primera vez una obra excepcional: el Vaso del Salar, un jarrón de cerámica andalusí, del siglo XIV, procedente de Granada, para el que Fortuny creó un soporte en bronce con animales fantásticos. La muestra exhibe por todo el palacio obras de arte del padre y el hijo, objetos que coleccionaban, herramientas de trabajo, fotografías...

Tres diseños de Mariano Fortuny y Madrazo, en la muestra
Tres diseños de Mariano Fortuny y Madrazo, en la muestra - Fondazione Musei Civici di Venezia-Museo Fortuny

Delphos y Knossos

El Prado ha cedido una de las obras maestras de Fortuny y Marsal: «Los hijos del artista en el salón japonés». A la izquierda del lienzo vemos al pequeño Mariano retratado por el padre jugando con una tela decorada con motivos orientales. Son muchas las joyas de este artista presentes en la exposición, que conviven con las creaciones de su hijo: retratos y autorretratos, desnudos, paisajes, copias de viejos maestros, su ciclo wagneriano... Pero lo que le dio más fama fue la moda. Sus innovadoras creaciones textiles (destacan por la pericia técnica) evocan caftanes, kimonos, saris... Sus creaciones más célebres, el vestido Delphos, de satén de seda y finamente plisado, y el chal Knossos, decorado con motivos de la Creta monoica. Hay buenos ejemplos en la exposición. Entre sus clientas, mujeres de bandera como Isadora Duncan, Peggy Guggenheim, Sarah Bernhardt, Alma Mahler, la marquesa Casati, Lauren Bacall... En el ADN de los Fortuny sí vinieron incluidos el genio y el talento.