Fernando Castro Flórez, pensando en Duchamp
Fernando Castro Flórez, pensando en Duchamp - ABC

Fernando Castro Flórez: «La posición cultural de la izquierda es absolutamente reaccionaria»

El intelectual y crítico de arte de ABC desgrana la actualidad cultural española desde su particular visión, siempre irreverente y teñida de humor

MadridActualizado:

Fernando Castro Flórez (Plasencia, 1964) habla como una Coca Cola abierta recién agitada: a borbotones y con burbujas que, al estallar, liberan perlitas intelectuales. Dice que le hubiese gustado ser un cantante punky, pero que se quedó calvo demasiado pronto. «Ahora estoy cultivando más el cuerpo que la mente. Antes era un hombre cultural, ahora soy un culturista: estoy más cerca de Schwarzenegger que de Foucault», comenta entre risas. Es esa irreverencia humorística la seña de identidad de este pensador que no para de desgranar el presente a la luz de las últimas manifestaciones artísticas, muchas veces en estas páginas. Hace unos meses publicaba «Estética de la crueldad» (Fórcola), y en unas semanas saldrá a la venta «Derroteros y naufragios del arte contemporáneo» (Universidad de Chile). Son dos obras unidas por el propósito común de su carrera, un inalcanzable que sirve como zanahoria, y que él explica con seriedad insólita: «Todos los libros que he escrito tratan de lo mismo, de la relación que tiene Acteón el cazador con la diosa Diana. Cuando va a encontrarse con la diosa, la diosa le echa agua en la cara y le dice: “Ahora, si puedes, cuenta lo que has visto”. Esa es mi tarea. Y he visto ya muchas cosas. Soy un testigo de varias décadas, de épocas extrañas».

—En la foto de la solapa del libro aparece con la cabeza metida en un retrete: ¿es una declaración de intenciones?

—Me la hice en el Leroy Merlín. Estaba haciendo el bobo, buscando qué se yo, pulseras antimosquitos, y vi las tapas de los váteres y dije: «Me voy a hacer un Duchamp». Intenté hacer una especie de coronación duchampiana, y al final me parecía que salía casi Don Quijote de la Mancha.

—Como Duchamp, ¿seguimos buscando el escándalo como locos?

—Yo creo que sí. El escándalo se ha convertido en el recurso que moviliza a la opinión pública y también en lo que nos despierta de la sobredosis de aburrimiento que es propia de la cultura del espectáculo. Y a veces tenemos que sortear a través de la experiencia artística ese aburrimiento. El título de la Bienal de Venecia –«Ojalá que vivas tiempos interesantes»– hace referencia a una noción del tiempo que se basa mucho en la búsqueda del shock, del impacto, no tanto en la reflexión, ni en el arte contemplativo.

—Eso se parece a la televisión.

—El arte tiene muchas dificultades para superar el grado de empanada mental que tiene el reality show: en el momento que tienes a la Pantoja discutiendo por el tamaño de dos peces con un rapero o un trapero que a su vez ha estado liado con su hija… Y entonces te sorprendes en plena noche viendo ese programa. Yo no creo mucho en esa gente que dice que solamente está leyendo a Hegel y viendo películas de Godard. Me parece que ser sublime sin interrupción es absolutamente repugnante. Tenemos que intentar sacar partido del barullo mediático y visual que tenemos hoy.

—¿Y qué encontramos ahí?

—Yo creo que hay filosofía en «Matrix», historia en «Los Simpsons», teoría política en «The Wire», concepciones sociales en «Los Soprano» y una reflexión sobre el campo cibernético en «Black Mirror».

—Volviendo a Duchamp, ¿qué nos perdemos cuando solo buscamos el espectáculo?

—Nos estamos perdiendo prácticamente todo. Se generan impulsos para llamar constantemente la atención y así se desatan tempestades continuas.

—¿Por qué?

—Porque estamos en la tormenta perfecta para esto. La de la alianza de la mala fe con la tontería sin asideros y la falta de criterio intelectual.

—Y no hay grandes proyectos de cambio. Ni esperanzas.

—Es como el anuncio aquel de Ikea: antes cambiábamos el mundo y ahora reformamos la cocina. La mente contemporánea es una mente de bricolaje. Te enseñan a alicatar un baño, a preparar un canalón, pero no lo vas a hacer nunca, porque te pones a cambiar un canalón y te caes. Te matas.

—La pregunta del millón: ¿qué es el arte?

—Es un sismograma de lo que ocurre en la época. Para mí el arte no es un fin en sí mismo, sino que entiendo que en el arte, en las experiencias visuales y culturales, hay un modo de detectar problemáticas sociales que están presentes en todas partes. Hago una crítica estética que, valga la paradoja, huye del esteticismo.

—¿Cuánto hay de verdad en ese cliché que dice que el arte contemporáneo es una engañifa?

—Yo creo que es un mito. Es muy difícil engañar a todo el mundo todo el tiempo y en todas las circunstancias. La idea del arte contemporáneo como el crimen perfecto… ha habido muy pocos. No es tan fácil. La ventaja de la hipervisibilidad actual es que hay un grado de difusión de las imágenes y los discursos que hace que no sea tan fácil engañar. Y si uno lo consigue es que tiene una virtud.

—¿Por qué le sigue interesando el arte después de tres décadas a su estudio y crítica?

—Sigo entusiasmado sin ninguna razón: parezco un personaje de Samuel Beckett. Tal vez es que me excito demasiado fácil. Lo que intento es atravesar la costra y la caspa de la época, que no es poca.

—¿Qué le parece ARCO?

—Esta cosa de que en España el centro de la experiencia artística sea una feria de arte me parece que revela bastante mediocridad. Viene ARCO y nos ponemos como locos. Es una especie de momento berlanguiano, tipo «Bienvenido, Mister Marshall». Y después de tantos años de ferias de arte lo que tenemos son artistas viviendo en la mayor de las precariedades.

—Una de las lecturas del urinario de Duchamp es la del «arte por decreto»: decir que arte es todo aquello que se pone en el museo. ¿Qué le han hecho los museos al arte?

—No existe el arte sin el museo. Aunque bueno, en realidad, el arte surge porque aparece el periodismo. El arte aparece como esfera pública en el siglo XVIII, al mismo tiempo que los periódicos, que los museos, que la historia del arte. Al mismo tiempo que la crítica del arte. Y por una razón básica: porque el arte surge con la burguesía.

—Y lo de antes, ¿qué es?

—Llamamos arte al arte de las cavernas, al arte de Bizancio, al arte de Roma, al arte cristiano. Pero es arte por analogía. El arte es el arte desde la ilustración francesa. Y a partir del siglo XX se va a producir una transformación del museo, que ya no va a ser una estancia de criterios para la construcción simbólica de la burguesía, sino que va a renunciar a eso para convertirse en un museo turístico, como el Pompidou, o el museo como archivo de prácticas crítico-discursivas del cual es un ejemplo el Reina Sofía. Es un espacio de discusión intelectual.

—Por cierto: del Reina Sofía, Félix de Azúa dijo en ABC que era «una plataforma de Podemos»…

—No estoy de acuerdo con Félix de Azúa en nada, salvo en que él se llama Félix de Azúa y yo Fernando Castro. Creo que sobrevalora a Podemos. En el plano cultural y artístico Podemos no da una a derechas.

—Entonces, ¿no piensa que Podemos trate bien a la cultura?

—En España siempre ha habido un problema, y es que las posiciones culturales de la izquierda son absolutamente reaccionarias. Zapatero llegaba hasta Antonio Gamoneda y chimpún. No hay nadie más adelante. Y Pedro Sánchez de arte contemporáneo no toca bola.

—¿Cree que hemos perdido esa dimensión de la cultura como lugar de discusión política e intelectual sin censura?

—No me gusta ser nostálgico, pero me doy cuenta de que hoy en día la cosa se pone fea. Hay una mezcla de censura, de autocensura, de colapso intelectual… Los intentos de control intelectual y control crítico nos llevan a una tolerancia intolerante. A mí me encantaría participar en debates con Vox. Para unos los podemitas son seres satánicos, para otros Vox son los criptofascistas: esto me parece lamentable. Así no vamos a ningún lado.

—¿Cómo se relacionan el arte y la política? ¿Qué sentido tiene el llamado arte reivindicativo?

—El «Juramento de los Horacios», de Jacques-Louis David, es arte reivindicativo. Los muralistas mexicanos, también. Hasta la Bauhaus es arquitectura reivindicativa. Yo creo el arte es político estructuralmente. Y que no puede ser otra cosa que no sea político.

—¿Siempre es así?

—Salvo que hayamos sufrido un colapso mental y pensemos que ser apolítico es una posibilidad. El apolítico es aquel que defiende posiciones tiránicas y totalitarias. Está la famosa frase de Franco: «Haga como yo y no se meta en política».