«Juego escolar» (2014), de Charles Ray
«Juego escolar» (2014), de Charles Ray - MAYA BALANYÁ

La escultura griega clásica, con vaqueros y camiseta

El Palacio de Cristal del Retiro acoge, hasta el 8 de septiembre, cuatro esculturas del artista norteamericano Charles Ray

MadridActualizado:

Las grandes cabezas «casi» invisibles y que invitaban al silencio de Jaume Plensa dejan paso en el Palacio de Cristal del Retiro a cuatro grandes esculturas figurativas, blancas blanquísimas, realizadas entre 2012 y 2018, en este caso por el artista norteamericano Charles Ray (Chicago, 1953). A primer golpe de vista, semejan moldes de esculturas griegas clásicas. Podría pensarse que son yesos e incluso mármoles. Pero, en realidad, las piezas son de resina. A Ray le gusta plantear en sus obras juegos sutiles, apenas perceptibles si no te acercas lo suficiente. Así, en «Caballo y jinete» (2014) quien monta al animal no es otro que el propio Ray, que se autorretrata como si fuera un condottiero, pero con vaqueros y portando unas riendas invisibles. Frente a él, la escultura de un joven agachado cuya postura recuerda mucho al célebre «Espinario» de los Museos Capitolinos, solo que en vez de intentar sacarse una espina del pie, trata de atarse los cordones invisibles de unos zapatos invisibles. La pieza se llama «Atarse los zapatos» (2012).

«Atarse los zapatos» (2012), de Charles Ray
«Atarse los zapatos» (2012), de Charles Ray - MAYA BALANYÁ

En otra de las esquinas, una dama desnuda posa recostada en una pose muy sensual y provocativa. Si nos acercamos a esta escultura, fechada en 2018, vemos que la mujer guiña los ojos, como si tuviera problemas de miopía, y se aprecia una tensión nerviosa en los dedos del pie. Posó para él una señora que casualmente pasó un día por su casa. Él la ve como una esfinge, totalmente impenetrable. La última pieza de la exposición (estaba planteada una quinta, la escultura de un perro, pero el artista decidió que el espacio funcionaba mejor solo con cuatro) es un adolescente que porta camiseta y toga anudada como los griegos, sandalias playeras y una espada de juguete. Es la nueva propuesta expositiva del Museo Reina Sofía para una de sus dos sedes en el Retiro. La otra, el Palacio de Velázquez, la ocupará, a partir del 12 de abril, el japonés Tetsuya Ishida.

Charles Ray, junto a «Mujer recostada» (2018) en el Palacio de Cristal del Retiro
Charles Ray, junto a «Mujer recostada» (2018) en el Palacio de Cristal del Retiro

Charles Ray pasea ante sus esculturas, explicándolas a los periodistas, y su figura parece muy frágil. Su cuerpo no corresponde a la edad que tiene. Está muy avejentado. Lleva gorro de lana. Y eso que en el Retiro luce un sol de justicia. Dentro del Palacio de Cristal, el mercurio se dispara. Explica el artista que padece problemas de corazón y por ello suele dar grandes paseos por las montañas californianas donde reside. En esa zona, nos cuenta, hay muchos pumas. Al parecer, aconsejan no agacharse porque es una postura muy vulnerable ante el ataque de un puma. Un día se agachó a atarse los cordones de los zapatos y pensó que, si le atacaba un puma, se convertiría en un fantasma y que nunca más necesitaría atárselos. Aquella visión dio origen a «Juego escolar» (2014).

Las cuatro piezas hacen referencia a la escultura clásica. Según Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía, los trabajos de Charles Ray -a quien calificó como una de las figuras más importantes del arte contemporáneo- están estrechamente relacionados con el espacio, el tiempo y el cuerpo humano. Pese a que sus comienzos artísticos, allá por los setenta, están ligados al minimalismo y la performance (con su cuerpo como parte de sus esculturas), en los noventa comenzó a trabajar en un nuevo tipo de escultura figurativa que hace de él un artista inclasificable. Son figuras aparentemente reales pero también tienen mucho de irrealidad. Juega con la escala de los modelos, que suele sobredimensionar, alterando con ello la percepción del espectador.

«Caballo y jinete» (2014), de Charles Ray
«Caballo y jinete» (2014), de Charles Ray - MAYA BALANYÁ

Pese a que en nuestro país no es muy conocido para el gran público, Charles Ray ha participado en las grandes citas internacionales, como la Documenta de Kassel y las Bienales de Venecia, Sidney, Lyon... Profesor emérito de la Universidad de California (se nota por lo didáctico y minucioso que es explicando su trabajo), tiene entre sus influencias a artistas como Anthony Caro. Su mayor exposición hasta la fecha se la dedicó el Art Institute de Chicago en 2015. Le gustaría, dice el artista, que la ciudad de Madrid tratara tan bien su obra como a la de su compatriota Richard Estes. A Ray le gusta pasear por Madrid y entrar en museos como el Prado, el Reina Sofía o el Thyssen. En una visita a éste último («no es uno de los que más me gustan», advierte) dice que logró apreciar en la obra de Estes cosas que no había visto hasta entonces, más allá del hiperrealismo. Confiesa que solo siente como suyas las piezas cuando aún son solo moldes y que entiende el suelo como un elemento escultórico más, como si fueran los cimientos de las esculturas.

François Pinault contempla en 2009 en la Punta della Dogana de Venecia «Chico con rana», de Charles Ray
François Pinault contempla en 2009 en la Punta della Dogana de Venecia «Chico con rana», de Charles Ray - REUTERS

François Pinault, uno de los grandes coleccionistas de arte contemporáneo, tiene monopolizada Venecia con su colección, repartida entre el Palazzo Grassi y la Punta della Dogana. En 2009, coincidiendo con la inauguración de este espacio y con la Bienal de arte, se expuso una de sus blancas esculturas, «Chico con rana», en un lugar emblemático: «la punta de la Punta» de la Dogana -proa del Gran Canal-, bajo la Palla d’Oro que sostienen dos atlantes y sobre la que se alza la Fortuna. La rana ocupó portadas de los principales diarios italianos («El Corriere della Sera» titulaba: «Il Ragazzo con la Rana cambia Venezia») y la polémica arreció tanto que Pinault optó por retirar de allí la escultura. La preguntamos a Charles Ray cómo se lo tomó: «El señor Pinault me ofreció ponerla en otro lugar, pero yo decliné la oferta. "Las esculturas no caminan", le dije. Está en un almacén, esperando volver algún día».