El escultor Martín Chirino
El escultor Martín Chirino - ERNESTO AGUDO

Adiós a Martín Chirino, gran señor del hierro

Muere a los 94 años el artista canario, miembro de El Paso y uno de los grandes escultores españoles

MadridActualizado:

Hace poco más de un año comimos juntos en un restaurante del centro de Madrid. Fue la última vez que nos vimos. El motivo de la cita fue entrevistarle por la exposición-homenaje que le dedicaba la galería Marlborough de Madrid con motivo de su 93 cumpleaños. Ya andaba pachucho, apoyando su frágil y cansado cuerpo en un bastón, pero aún se le veía con ganas e ilusión de seguir trabajando, con la misma pasión que siempre derrochó tanto en su vida como en su obra. Porque, como confesaba aquel día, «sin pasión no hay vida». Ha muerto el escultor canario Martín Chirino (Las Palmas de Gran Canaria, 1925), a sus recién estrenados 94 años, en una clínica de Madrid, donde llevaba un tiempo ingresado luchando con la muerte. Sobre las ocho de la tarde se apagaba una vida intensa, plena, que siempre vivió a contracorriente. Una aventura que, reconocía, fue maravillosa pero también difícil.

Una de las célebres espirales de Chirino
Una de las célebres espirales de Chirino - ABC

El universo creativo de este grandísimo «herrero fabulador» con alma de chamán está plagado de aeróvoros, cabezas, espirales... Donde más a gusto se sentía era retorciendo el hierro en la fragua. ¡Qué gran espectáculo verle luchando cuerpo a cuerpo con el hierro en el yunque! Como antes que él hicieron los otros «señores del hierro»: Julio González, Ángel Ferrant, Oteiza, Chillida... Él lo hizo durante más de sesenta años. Su primera exposición tuvo lugar en el Ateneo, con el grupo El Paso, del que formó parte junto con nombres como Antonio Saura, Manolo Millares, Manuel Rivera, Rafael Canogar, Luis Feito, Manuel Viola, Antonio Suárez, Pablo Serrano, Juana Francés y los críticos José Ayllón y Manuel Conde. El grupo se disolvió en mayo de 1960. Decía que fue importantísimo, pues, «gracias a él, España se volvió a enganchar al carro de la Historia».

Una de las obras de Chirino
Una de las obras de Chirino - ABC

Su padre era jefe de talleres de un astillero y armador de buques. Vivió su infancia en la Playa de las Canteras de su ciudad natal. En 1948 viajó por primera vez a Madrid. Se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras. Iba para Filología Inglesa, pero se dio cuenta de que lo suyo no era el inglés e ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Viajero empedernido, recorrió medio mundo descubriendo a los grandes de la escultura moderna: Henry Moore, Arp, Brancusi... En 1955 se instala definitivamente en Madrid con su grupo de amigos canarios: Manolo Millares, Elvireta Escobio, Manuel Padorno y Alejandro Reino.

Melómano y ávido lector (adoraba «Finnegans Wake», de James Joyce), magnífico conversador, hombre de firme compromiso ético y social, nunca olvidó su insularidad. «Cuando eres un isleño tienes ese sentimiento terrible: te quieres ir. El mar es tu pasión pero se convierte en tu enemigo. Cuando regresas, el sentimiento y la pasión es otra. A mí Canarias no me debe nada ni yo a ella. Pero soy canario, un isleño, ésa es mi tierra». Volvió para crear una fundación en su tierra natal, que se inauguró en 2015 en el Castillo de la Luz de Las Palmas. El espacio fue remodelado por los arquitectos Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano. Dirige su fundación su amigo Jesús Castaño. «Es un lugar fantástico, junto al mar, con mucha historia: fue atacado por Drake, por Nelson...», decía Chirino orgulloso de haber encontrado al fin el lugar donde conservar su legado.

Martín Chirino, con Don Juan Carlos junto a una de sus esculturas
Martín Chirino, con Don Juan Carlos junto a una de sus esculturas - ABC

Eran muchas las pasiones del apasionado Martín: el «David» de Miguel Ángel, que tanto le obsesionaba («es lo más hermoso que uno puede ver. Me sentí completamente motivado y atrapado por la belleza de la simetría, por su perfección. ¡Cómo hizo vibrar el mármol! ¡Y cómo la luz, cuando se posa sobre él, crea esa magia! Me tuvo prendado mucho tiempo»); Wagner, Bach y Mahler; sus nietas, Inés y Clara; sus incondicionales amigos y vecinos: Rafael, Jesús, Catalina, Ignacio... que ayer lloraban desconsolados su marcha, no por esperada menos dolorosa. Esos amigos del alma que le sorprendieron a ritmo de mariachi en su 80 cumpleaños. Desde 1992 vivía y trabajaba en Morata de Tajuña (Madrid).

Premio Nacional de Artes Plásticas, miembro honorario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, fue tal su curiosidad artística que Martín Chirino no se limitó a ser escultor. También quiso asomarse a la otra cara del arte, donde pudo contemplar todas sus miserias. Además de un genial artista fue un destacado gestor cultural: presidió el Círculo de Bellas Artes de Madrid de 1981 a 1992 y dirigió un museo: el Centro Atlántico de Arte Moderno de Las Palmas, del que acabó dimitiendo. En ambos proyectos se topó con muchos problemas.

Chirino, fotografiado junto con una de sus obras
Chirino, fotografiado junto con una de sus obras - ABC

Nunca se mordió la lengua. Martín Chirino decía siempre lo que pensaba. Alto y claro. Creía que en España «hemos hecho un canto a la libertad, pero es mentira. Nuestra democracia tiene un problema muy grave: hay cierto caudillismo». Sobre el arte actual pensaba que «no ha encontrado un sitio adecuado que le corresponda. Han desaparecido los discursos, es un arte sin discurso. No es el momento más idóneo para que la cultura tenga una gran trascendencia. Los populismos se imponen sobre la excelencia. Decir que cualquier cosa es una obra de arte es una tontería».

Chirino, en su fragua
Chirino, en su fragua - ERNESTO AGUDO

Sabía que el final estaba cerca, pero se negaba a parar: «Estoy ya en The End, en el Finisterre. Y todo lo que va sucediendo es más hermoso que nunca, porque sucede. Cuando eres consciente de la edad que tienes, todo lo que haces es presente». Le gustaba definirse como «un herrero nómada, un trotamundos, marginal y periférico».

¿Piensa en la muerte?, le preguntaba de forma premonitoria en aquella última entrevista. «Sí, como todo el mundo. No me aterra, aunque no sea mi tema favorito. Lo veo como un tránsito, algo fluido. Tampoco es tanta mi felicidad como para pensar que me quiero quedar aquí. No quiero cumplir cien años. Cuando llegas a esta edad empiezas a tener incógnitas y, a pesar de la experiencia de los años, no tienes las respuestas. Las incógnitas siguen ahí. Dicen que cuando eres mayor eres más sabio. No es verdad. Aceptas mejor el mundo». Genio y figura.

Se salió con la suya. No ha llegado a los 100. «Cuando me vaya haré una especie de elipse en el espacio y veré el ojo de la diosa», me confesaba aquel día de febrero de 2018, la última vez que vi a Martín Chirino. Miraré por la ventana para ver si alcanzo a verla.