«Paraíso perdido»
«Paraíso perdido» - © Nolde Stiftung Seebüll

Emil Nolde: el pintor nazi odiado por Hitler que ahora Merkel destierra de la Cancillería de Berlín

Una exposición bucea en la complejidad para juzgar el arte desde la política o el sectarismo

Corresponsal en BerlínActualizado:

Desde 1945 hasta hoy, la Historia del Arte ha tragado con una clasificación simplista y limitadora del arte alemán durante el Tercer Reich. Por una parte el arte nazi, exaltaciones de la naturaleza, los valores tradicionales y la pureza racial que incluían desde los torsos musculosos de losatletas de Arno Breker, pasando por las idílicas familias de campesinos de Adolf Wiessel y los apabullantes titanes de Joseph Thorak hasta, por supuesto, los retratos del Führer de Conrad Hommel. Y por otra parte todos aquellos artistas más modernos, vanguardistas y sofisticados, seguramente también más elitistas, que los nazis denigraron exponiendo como «Arte degenerado».

Abre ahora sus puertas una exposición en el Habmburger Bahnhof de Berlín –museo de arte contemporáneo instalado en la antigua estación ferroviaria–, titulada «Emil Nolde. Una leyenda alemana. El artista en el nacionalsocialismo» y que podrá verse hasta el 15 de septiembre próximo. La muestra echa por tierra esa burda clasificación, no en vano obra del intelecto que dirigía el Ministerio de Propaganda de Hitler, Joseph Geobbels, y que ha logrado imponerse hasta nuestros días, obligando a repensar aquel mapa de artistas y obras, bastante más sinuoso que lo que hemos estudiado en el colegio y que impide trazar líneas rectas con la conciencia totalmente tranquila.

La muestra se centra en la revisión de la obra de Emil Nolde desde este punto de vista, como ejemplo de que en la Alemania de primera mitad del siglo XX, lejos de escribirse la historia del arte en blanco y negro, pululaban una gran cantidad de grises que han de ser todavía investigados.

Artista del régimen

«Nolde fue antisemita recalcitrante y nacionalsocialista militante. Eso es indiscutible, a pesar de que sus obras formasen parte del “Arte degenerado”. En el verano de 1933 redactó a iniciativa propia un plan de desjudaización del territorio alemán que deseaba presentar personalmente a Adolf Hitler. Y mantuvo públicamente su ideología nazi hasta 1945. Pero esperamos que la muestra ayude a contemplarlo desde una perspectiva alejada de simplismos», confía la comisaria Aya Soika, «y a reconocer que sigue siendo uno de los máximos exponentes del Expresionismo Alemán». Nolde militó en las filas del partido nacionalsocialista desde 1934 y fue durante cierto tiempo un artista «del régimen», cuya cercanía buscó y encontró.

A pesar de que en los círculos vanguardistas se apreciaba su obra, los críticos de arte de los medios de comunicación alemanes la despreciaban sistemáticamente, según ha constatado el estudio de más de 25.000 documentos, cartas y artículos en su mayoría atesorados por la Fundación Seebüll que ha formado parte de la preparación de la muestra. Nolde atribuía a un «dominio judío» en el ámbito de la crítica del arte, en los años 20 y 30, que se primase la obra de Max Liebermann sobre la suya, lo que ocasionó una rivalidad intensa entre ambos pintores y una gran frustración en Nolde.

«Cuadros ocultos»

El propio Nolde hizo valer sus influencias ante el régimen para pedir que se retirasen sus obras de la exposición itinerante organizada entre 1937 y 1938 por Goebbles, aunque no logró que se le levantase la inhabilitación para exponer o incluso pintar, etapa a la que corresponden los llamados «cuadros ocultos» pintados en su casa de Seebüll, la ciudad junto a la frontera danesa donde nació. Esa etiqueta de artista perseguido e inhabilitado por el nazismo le dio tras el hundimiento del Tercer Reich rango de víctima del régimen nazi y quedó adscrito a las vanguardias liberales y democráticas, lo que demuestra que el arte, cuando es ordenado por criterios políticos, tiende a romper fácilmente las costuras. La exposición se esfuerza por recuperar ahora a Nolde de «clasificaciones simplistas», tanto unas como otras, e invita a repensar esos años alemanes desde un punto de vista más puramente artístico y expresivo.

Esta intención cuenta con una anécdota que sin duda ha dado gran publicidad a la muestra. Hace solo unos meses, cuando el museo cursó la petición a la Cancillería de Berlín del cuadro «Brecher», pintado en 1936 por Nolde y que colgaba en el despacho del canciller federal desde tiempos del socialdemócrata Helmut Schmidt, en el poder de 1974 a 1982, Mekel fue puesta al tanto de la orientación de la exposición y la Cancillería envió como devolución definitiva no solamente ese cuadro, sino también el titulado «Blumengarten», pintado por Nolde en 1915 y que decoraba otra de las estancias del edificio.

«Eso es precisamente lo contrario de lo que pretende la exposición», critica el historiador Michael Wolffsohn, «defiende que el arte está hecho por humanos, que no son impecables, pero que aún así o quizá precisamente por eso sigue teniendo el mismo valor. Las obras de Nolde son geniales y merecen ser expuestas».

Wolffsohn nos introduce, con esta valoración de la exposición, en un criterio independiente de ideas o hechos históricos aunque evidentemente imbricada en ese contexto. «Este desenmascaramiento de Nolde como nazi puede encontrar diferentes y erróneas reacciones, habrá quien quiera seguir adorándolo como a un ídolo y quien pretenda degradarlo ignorándolo. Pero pensar que para ser apreciado como artista hay que tener un expediente ideológico limpio, por así decirlo, es completamente ilusorio», defiende, «la historia no es solo unidimensional y esa visión del arte es lo más anti-intelectual que se me ocurre».