El beso ha sido uno de los motivos que dio fama a la obra de Cartier-Bresson

Cartier-Bresson, antes del beso

La Biblioteca Nacional de Francia ofrece a Henri Cartier-Bresson, a sus 94 años, un homenaje definitivo con una exposiciónen la que se mostrarán, por primera vez, sus trabajos inéditos que datan de sus tiempos primerizos. Se trata de varias decenas de piezas anteriores a las fotografías que lo hicieron famoso y todos sus rarísimos escritos sobre el arte de la fotografía

Por JUAN PEDRO QUIÑONERO
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PARÍS. Exposición definitiva sobre la vida y la obra de Henri Cartier-Bresson (94 años) en la Biblioteca Nacional de Francia (BNF), que presenta, por vez primera, un número impresionante de obras desconocidas y ha reunido todos los escritos y documentos personales de uno de los rarísimos maestros de la fotografía, cuya creación se confunde con toda la historia y el arte del siglo XX.

Henri Cartier-Bresson quizá sea el más grande de los fotógrafos vivos, que ya recibió homenajes excepcionales en el MOMA de Nueva York. La BNF aspira a ofrecerle el homenaje final. El patriarca de la fotografía ha accedido a mostrar, por vez primera, algunos de sus trabajos primerizos. Se expondrán varias decenas de piezas nunca expuestas. Se han reunido, por vez primera, todos sus rarísimos escritos personales sobre la fotografía. La exposición estará acompañada de coloquios, mesas redondas, conferencias, y la publicación de una colección de ensayos que aspira a convertirse en «la» referencia obligada: «Henri Cartier-Bresson: De qui s´agit-il?» (Editions Gallimard), escrito por Jean Clair, director del Museo Picasso de París, Peter Galassi, conservador del MOMA, Jean Leymarie, antiguo director de la Academia de Francia de Roma, entre otros grandes especialistas.

Nacido en París en el seno de una familia muy acomodada, su primer gran maestro fue un amigo de Marcel Proust. Comenzó estudiando dibujo y pintura en la legendaria academia de André Lothe. No es un azar que, con 66 años, decidiese «abandonar» el reportaje fotográfico para consagrarse al dibujo y la fotografía de retrato y paisaje, la culminación todavía mal explorada de su obra. Tras sus primeros estudios pictóricos, en el París de los años 20, donde se siente atraído por el surrealismo, Cartier-Bresson inicia un peregrinaje profesional y personal por mucho más de medio mundo. Él estuvo en España en 1933 y durante la guerra civil (realizando un documental sobre los hospitales en la España republicana). En México en 1934. Prisinero en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Testigo de la liberación de París, donde se cruza con los españoles de la División Leclerc. Siguen sucesivos viajes a EE.UU., la India, China, América Latina o África. Henri Cartier-Bresson fotografió la Rusia de Stalin, los EE.UU. de la inmediata Depresión, la liberación de Europa, la independencia de la India, varias de las grandes epopeyas del siglo XX. Ocupa un puesto excepcional entre los grandes maestros de su época. Sin olvidar la fundación de la agencia Mágnum, con otras leyendas de la fotografía periodística, George Rodger, David Seymour y Robert Capa.

Mirada interiorEsa faceta testimonial quizá sea relativamente «menor», desde la óptica del «gran arte». Cartier-Bresson comenzó dibujando, y su puesto en la historia de la fotografía se encuentra junto al de los grandes maestros de la composición. Y sus relaciones con pintores (Picasso, Matisse, Braque o Leonor Fini,) y escritores (Breton, Aragon, André Pieyre de Mandiargues, etc.) establece muchos «puentes» con el gran arte de varias civilizaciones: no es un secreto la íntima relación del maestro con el milenarismo de la revolución mexicana y la piedad del budismo zen, muy próximo, en su caso, al Dios panteísta de Spinoza.

En 1986, fue Jorge Luis Borges quién le entregó, en Palermo, el premio Novecento, justificando su elección, personal, con esta frase que quizá sea la más honda reflexión sobre la obra y el destino de ambos maestros: «Puesto que soy ciego, deseo expresarle mi gratitud por su mirada». Mirada «interior». Porque Cartier-Bresson, como Leonardo, cree que el arte y la pintura «son cosa mental». Una manera espiritual de pintar y mirar el mundo y todas las cosas de la creación.