«Sala de espera I. La cola continúa», de Andrzej Wróblewski
«Sala de espera I. La cola continúa», de Andrzej Wróblewski - MUZEUM NARODOWE, VARSOVIA

Las dos caras de Andrzej Wróblewski

El Museo Reina Sofía rescata la obra del artista polaco, marcada por los efectos de la guerra, en una retrospectiva en el Palacio de Velázquez del Retiro

MadridActualizado:

Si nos preguntaran el nombre de algún artista polaco, probablemente «pasaríamos palabra». Andrzej Wróblewski es uno de ellos: un tesoro nacional en su país, pero un completo desconocido para el público español. El Reina Sofía, en su afán por descubrirnos esas otras figuras que no arrastran masas a los museos, sino que deambulan, cual funambulistas, por los márgenes de la Historia del Arte, nos desvela la obra incómoda de este artista que nunca se adaptó a ningún canon. Pasó de la figuración a la abstracción y de la abstracción a la figuración. Y, como no sabía dónde quedarse, acabó instalado en ambas. Literalmente, pues muchos de sus lienzos están pintados por las dos caras: figuración (realismo socialista) y abstracción geométrica, en el anverso y el reverso de sus cuadros.

«Chófer azul», de Wróblewski
«Chófer azul», de Wróblewski- COLECCIÓN PARTICULAR

Su obra está marcada por la dualidad, la tensión, el antagonismo y la contradicción. También por la guerra y sus devastadoras secuelas. Sufrió el trauma de ver cómo su padre moría de un infarto durante el registro de su casa por los nazis en 1941. Pese a su corta carrera (apenas diez años, de 1948 a 1957), truncada por su prematura muerte a los 29 años, tuvo tiempo para crear una personalísima producción pictórica: 150 de sus obras forman parte de la retrospectiva que le dedica en el Palacio de Velázquez del Retiro el Reina Sofía, en colaboración con el Museo de Arte Moderno de Varsovia.

Muertos teñidos de azul

«Madre con niño muerto», de Wróblewski
«Madre con niño muerto», de Wróblewski- COLECCIÓN GRAZYNA KULCZYK

Aunque el tema de sus trabajos es duro –ejecuciones, funerales, hombres desgarrados, cuerpos desmembrados expuestos en un museo, conductores de tranvía en busca de un mundo utópico... y muertos que Wróblewski siempre tiñe de azul, como ese niño con una bala en la espalda en brazos de su madre–, no se regodea en la sangre, las vísceras y el dolor de las víctimas. Comprometido políticamente (el Partido Comunista polaco nunca lo aceptó porque no seguía la línea oficial), en la visión de la guerra de este intelectual marxista hallamos siempre un resquicio para la esperanza e incluso para el humor, que suele ser un arma muy eficaz para denunciar las guerras. Explica Éric de Chassey, uno de los comisarios de la exposición, que se advierte en él la huella de Goya y de Picasso. También la de Chagall, Klee, los muralistas mexicanos y el neorrealismo italiano. Junto a su pintura fragmentada, otro elemento que se repite en el trabajo de Wróblewski es el sentido del tiempo: retrata en escenas cotidianas a personas que esperan, ausentes y absortas, privadas de identidad propia.