El retrato de Agatha Bas, de Rembrandt, en manos de los operarios que preparaban la apertura al público de las Salas de Estado de Buckingham. Epa

Buckingham Palace abrirá en 2002 al público sus magníficas Colecciones Reales de pintura

El Príncipe de Gales firma el prólogo del catálogo sobre los cuadros de las Colecciones Reales de pintura, publicado con motivo de la apertura de algunas salas al público. La colección es patrimonio nacional, pero Isabel II la mantiene en usufructo y por ahora sólo puede visitarse una pequeñísima parte, temporalmente. Se prevé que para 2002 se abran galerías en Edimburgo y Buckingham.

LONDRES. José Manuel Costa, corresponsal
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«Quizás sea posible imaginar el gran placer que ha significado para alguien como yo, con un interés particular en la historia y el arte, estar rodeado durante toda mi vida por tan maravillosos ejemplos de la creatividad artística humana. Recuerdo cuando siendo un niño me di cuenta de las fascinantes pinturas que adornaban las paredes, especialmente los Canalettos en el Gran Corredor del Castillo de Windsor. Cuanto más fui viviendo con esos cuadros me hice más consciente de lo que representaban y, sobre todo, de los gustos e intereses individuales de los sucesivos soberanos». Este párrafo, parte del prólogo a un catálogo sobre los cuadros en la Colección Real, está firmado por Carlos, Príncipe de Gales y heredero de la Corona.

La mayoría de los mortales sólo ha entrevisto esos tesoros de cuando en cuando, como hace diez años en una exposición de la Dulwich Gallerie o si algún cuadro valioso es cedido a alguna exposición de primera magnitud.

9.000 PIEZAS MAYORES

La enorme colección, de unas 9.000 piezas mayores se encuentra repartida en las cuatro residencias reales, los palacios «abiertos» como Hampton Court y otros varios para la Reina Madre o el mismo Carlos.

Aunque la colección es patrimonio nacional, la Reina Isabel II la mantiene en usufructo y por ahora sólo puede contemplarse la pequeña parte de la misma que permanece accesible: los cuadros que adornan las paredes de los palacios abiertos al público, como Hampton Court («El Triunfo de César» de Mantegna) o el Banqueting House de Whitehall («Apoteósis de Jacobo I» de Rubens). En 1993 se abrió por primera vez a los visitantes el palacio de Buckingham, pero solo dos meses al año y en un recorrido restringido. Desde 1962 existe una «Galería de la Reina» en Buckingham Palace, pero es un asunto vergonzante, apenas dos pequeñas habitaciones con unos cuantos cuadros menores.

Está planeado que para el Jubileo de Oro de Isabel II (2002) se haya construido una Galería en Edimburgo que albergará sobre todo obra gráfica (Leonardo, Miguel Angel, Rembrandt...) y otra en el Palacio de Buckingham donde la Colección Real pueda ser contemplada de acuerdo con su categoría museística y no permanecer oculta o mantenida como pura decoración.

Al menos desde ayer y por primera vez desde su construcción, es posible visitar los jardines de Buckingham Palace durante Agosto y Septiembre (no sus mejores épocas). Es un detalle pues permitirá a este pueblo de jardineros comparar esos jardines con otros, no menos nobles pero más accesibles, como los de Versalles, los de Villa d´Este en Tívoli o los de Herrenhausen en Hannover.

Pero aunque las diferencias entre unos y otros resulten de lo más fascinante, lo de los jardines es sólo un aperitivo vegetariano a la espera, algo prolongada, de la Colección Real. Además, tampoco existen grandes expectativas porque la mayoría de los grandes jardines ingleses no están en palacios reales, sino en casas solariegas como el Palacio de Blenheim, Chastworth, Stourhead o Stowe.

Así pues, regresemos a las artes plásticas. Tradicionalmente los reyes ingleses se habían preocupado sobre todo de la ropa, de las joyas y de los palacios y enriquecían estos básicamente con tapices y mobiliario. Durante todo el Renacimiento los más valorados pintores británicos eran miniaturistas y por muy hábiles que fueran, la comparación con un Leonardo, un Rafael o un Ticiano es por completo imposible. Es cierto que esa época y otras posteriores han dejado maravillosas colecciones de armaduras, relojes, muebles, o joyas, pero la fuerza de una imagen plástica es difícil de lograr con un secreter georgiano.

VAN DYCK, EN LA CORTE INGLESA

Hubo de ser Carlos I Estuardo (1600-1649), personaje refinado y pésimo político, quien introdujera el gran cambio tras visitar en España la colección de los Austrias y con la sonada compra de la del arruinado Francesco Gonzaga, Duque de Mantua, una de las mejores de Italia. De un golpe Carlos I puso a Londres en el centro del mercado mundial y aunque eso no elevara demasiado el tono de la pintura indígena, si constituyó atractivo suficiente como para que un talento mayor como Van Dyck decidiera instalarse en esa Corte y el mismo Rubens aceptara sus encargos.

El esplendor iba a durar poco. Cuando Oliverio Cromwell decapitó al intransigente Carlos en nombre de la «Commonwealth», de la república, la colección de más de 600 cuadros fue vendida de mala manera y adquirida por la entonces pujante corte francesa y por burgueses o nobles británicos. Cuadros como el «Autorretrato» de Durero (Prado) o «La Muerte de la Virgen» de Caravaggio (Louvre) permanecieron en Inglaterra apenas unos años, pero el poso debió quedar.

Las actuales colecciones se deben sobre todo a los esfuerzos posteriores de tres monarcas: Jorge IV, Victoria y su hijo, Eduardo VII. En realidad el centro lo constituyen las compras de Jorge y los huecos que procuró llenar Eduardo, porque la Reina Victoria se dedicó, era su época, a coleccionar sobre todo pintores de la Academia, ignorando con ello artistas tan fundamentales como Turner o corrientes enteras como el impresionismo. Como decía el actual Príncipe de Gales, la colección dice mucho de los monarcas que la formaron.

La segunda persona en la sucesión del trono, el príncipe Guillermo,también es un apasionado de las Artes y esos son los estudios que piensa seguir en la prestigiosa universidad de Edimburgo. En un artículo bastante divertido publicado el año pasado en el «Daily Telegraph», Harry Mount escribía: «El hogar es donde está el arte para un investigador real». Se refería a que tras sus dos primeros años en el St. Andrews College, el príncipe deberá examinarse sobre de 4 temas a elegir entre los 80 que aparecen en el programa académico. Por ejemplo, puede elegir la «Casa Campestre Clásica 1650-1750» o la «Casa Campestre Informal 1750-1840». Con sólo darse un paseo por la residencia de su abuela, el palacio de Buckingham, el joven príncipe habría cubierto prácticamente los dos periodos. Pero en su hogar de niño, Kensington Palace, Guillermo ya tuvo ocasión de asimilar lo que era una mansión jacobina, transformada luego por el genio de Christopher Wren.

Si el Príncipe eligiera "Arte y Arquitectura de los siglos XVII y XVIII" lo tendría aún mejor, con la mejor colección mundial de Van Dyck, otra extraordinaria de Canaletto, piezas maestras de Rembrandt, Gentileschi, Domenichino, Brueghel, Claude Lorrain, Rubens, Ruysdael, Stehn, De Hooch, Vermeer, Teniers...

Lamentablemente, a partir del siglo XIX lo más que podría encontrar Guillermo es mucha pintura académica inglesa narrando las glorias del Imperio. Mientras Europa se realizaba las preguntas que se reflejaron primero en el romanticismo y luego en los demás "ismos" de la cultura occidental, el Imperio Británico estaba muy satisfecho de sí mismo y entendía el arte un poco a la antigua, como relato algo tendencioso de las propias gestas heroicas.

UN ESPÍA PARA LA COLECCIÓN

A partir de 1936 y el nuevo régimen económico en que entró la Corona británica, las compras artísticas de la Casa Real pertenecen de pleno derecho a la Familia Real. Es su dinero y serán sus cuadros. Lo cierto es que desde entonces, hace más de medio siglo, la Colección Real, a cuyo cargo estuvo largo tiempo el espía William Hunt, no ha realizado ninguna adquisición medio importante. Se rumorea que el príncipe de Gales apoya a artistas que respeta, pero hoy por hoy, la única colección real europea que no ha pasado a formar parte de un gran museo nacional, parece haber renunciado a evolucionar o a completar sus carencias.

Al menos, dentro de poco podremos contemplarla.