Basilea pisa sobre seguro

Basilea pisa sobre seguro

LAURA REVUELTA
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Hace un año la Feria de Arte de Basilea abría sus puertas, a principios de junio, como siempre, sin tener ni el más remoto indicio del terremoto que se fraguaba en el epicentro de los ámbitos financieros. Fue cuestión de un mes y el chiringuito se hundía como si de un castillo de naipes se tratara. La primera prueba de fuego de la crisis la tuvo que pasar a principios de 2009 en la edición que la Feria Art Basel celebró en Miami. Como ya se iba con los humos bajados y los pies bien asentados en la tierra, la prueba se superó. Aunque el lujo siempre será lujo, tocan tiempos de discreción. Ya lo apunta la biblia del periodismo artístico en eventos de este tipo, «The Art Newspaper», «bye bye to bling», que traducido quiere decir algo así como «adiós al brillo». O dime de lo que presumes y te diré de lo que careces.

Por ello y por mucho que se pasee Brad Pitt por los «stands» de la Feria de Basilea (así lo atestiguan las fotos y los rumores que corrían como un reguero por los pasillos), los brillos brillan mucho menos. Reina una elegancia que ya parecía olvidada —propia de unos modos de antaño— desde que llegaron los magnates rusos y de otras exóticas latitudes. La elegancia, sin duda, es más aburrida, pero es lo que tiene la vuelta al orden: calma chicha o más de lo mismo. ¿Y qué es lo mismo? Los valores ultraconsolidados del mercado artístico, de los que ni siquiera se pensaba que quedaran muchas obras para la venta, han vuelto para subir las cuotas del mercado y hacer de esta edición de Art Basel un éxito mayor de lo esperado. De los fondos de armario se han sacado piezas, por ejemplo, de Dieter Roth. Como apunta, en curiosa coincidencia, la selección española en la feria (Helga de Alvear, Soledad Lorenzo, Elvira González...), «todo muy bueno, pero muy poco llamativo».

Oportunidad mercantil

Va ser que lo más llamativo era Brad Pitt con sus gafas de sol y su gorra con visera. Tal cual dice el estribillo cantado por Amy Winehouse, «no, no, no». Lo más llamativo, como siempre que coinciden Basilea y Venecia en el calendario (cada dos años), es que la presencia y el valor de los artistas seleccionados para la muestra del Arsenale o de los pabellones nacionales de los Giardini, se multiplica, crece y crece. Incluso, la pieza que se pudo ver allí, al borde de los canales, ahora también se puede ver aquí, en medio de los «stands». Tal es el caso de Tomás Saraceno con sus «Bioesferas», por poner un solo ejemplo. No es el don de la ubicuidad sino de la oportunidad mercantil. También que se lo digan a los Elgrem & Dragset, que en su montaje para el pabellón danés de Venecia tiraron a un coleccionista a la piscina (pura metáfora visual), y en plena meca del coleccionismo se han convertido en los más solicitados del mercado, si es que no tenían bastante con el éxito acumulado hasta la fecha.

A los coleccionistas con «bling» y sin «bling», siempre les ha hecho mucha gracia lo de reírse de uno mismo, sobre todo, si la burla viene de un artista con pedrigrí. Helga de Alvear ha dado en la diana, pues los Elgrem & Dragset campan en su «stand» (a modo de escultura gigantesca con forma de huevo) como los reyes del mambo y acumulando novios en la lista de posibles compradores. La ruta Venecia-Basilea, como la de la seda, es la que más flujo comercial y millonario genera en estos días.