«Los días felices» (1944-1946), de Balthus. Smithsonian, Washington, D. C.
«Los días felices» (1944-1946), de Balthus. Smithsonian, Washington, D. C. - © BALTHUS

Arde Madrid con las lolitas de Balthus

La Fundación Mapfre explora la amistad y las conexiones artísticas entre el pintor francés, Derain y Giacometti

MadridActualizado:

Lo advertía hace unos días Manuel Borja-Villel en estas mismas páginas. Vivimos en una sociedad más pacata, autoritaria e intolerante. A finales del año pasado más de 9.000 personas firmaron una petición para que el Metropolitan Museum de Nueva York retirara de sus salas «Thérèse soñando», una célebre pintura de Balthus, en la que una niña, Thérèse Blanchard, aparece en actitud impúdica. En una Tercera de ABC, «Balthus en la hoguera», el siempre ponderado Gabriel Albiac ponía cordura al asunto:se preguntaba «si las braguitas de una adolescente son tan incitadoras a la agresión sexual de las mujeres, ¿qué no sucederá con el retrato de las desvencijadas prostitutas barcelonesas a las que Pablo Picasso da vida eterna en sus Demoiselles d’Avignon?

Pablo Jiménez Burillo, director del área de Cultura de la Fundación Mapfre, aconseja a quien le escandalicen las lolitas de Balthus que no vaya al Prado. En efecto. Rubens debía haber sido fusilado al amanecer y la Venus de Tiziano, quemada en la hoguera. Ni pensar lo que harían con Courbet y su «Origen del mundo». Ardería París, sin duda.

André Derain, Balthus, Alberto y Annette Giacometti, 1951-1954. Alexander Liberman Photography Archive. Getty Research Institute, Los Ángeles
André Derain, Balthus, Alberto y Annette Giacometti, 1951-1954. Alexander Liberman Photography Archive. Getty Research Institute, Los Ángeles - © J. PAUL GETTY TRUST

Algunas lolitas balthusianas visitan la capital. ¿Arderá Madrid? Cuelgan en la Fundación Mapfre, que explora la amistad entre Balthasar Kłossowski de Rola (Balthus), André Derain y Alberto Giacometti. Una de ellas, Odile Émery, de 11 años, aparece recostada en un diván con la falda levantada, mientras un joven aviva el fuego de la chimenea. Es la escena que pintó en «Los días felices», del Smithsonian de Washington. Según Fabrice Hergott, director del Museo de Arte Moderno de la Villa de París, coorganizador de la exposición, estas jóvenes modelos provocadoras son, en realidad, autorretratos de Balthus. Por su parte, Jacqueline Munck, comisaria de la muestra, añade que el artista «pintaba estas obras eróticas para romper la mentalidad burguesa».

Un Derain bizantino

«Geneviève con manzana», de André Derain. Colección particular.
«Geneviève con manzana», de André Derain. Colección particular. - © André Derain

La historia arranca con Derain. Pero no con el más célebre de su etapa fauvista, sino con un segundo Derain, poco conocido y apreciado: su pintura se torna bizantina, dramática. Abre la puerta al pasado, reivindica la tradición figurativa de los antiguos maestros, la Edad Media, el primitivismo, la mitología... En su museo imaginario están Giotto, Piero della Francesca, Masaccio, Durero, Ingres... Es uno de los artistas, dice la comisaria, que ven todo antes que nadie. Mostró el arte africano a Picasso, quien, al enterarse de su muerte, exclamó: «¡Qué gran pintor era!» No se prodigaba el malagueño en repartir piropos. Al igual que Picasso, lo advirtieron Giacometti y Balthus, artistas de una generación posterior a la suya y que le admiraban profundamente. «Derain es el pintor que más me apasiona, el que más me ha aportado y me ha enseñado más desde Cézanne; para mí es el más audaz», decía Giacometti.

Obsesionado con las estatuas egipcias y africanas, éste copia a Miguel Ángel, Durero, Van Eyck, Donatello... Entretanto, Balthus se ensimismaba con los bellísimos frescos de Piero della Francesca en Arezzo. Los tres abordaron retratos, naturalezas muertas sobre fondos oscuros –cuyos objetos tienen una consistencia casi mineral– y paisajes, todos ellos de un realismo hermoso, extraño, perturbador, metafísico. Hay buenos ejemplos en la exposición, que reúne dos centenares de obras. No faltan las jóvenes soñadoras dormidas, ni sus incursiones en el teatro con decorados y figurines: Balthus en «Così fan tutte» y «Julio César»; Derain en «El rapto en el serrallo» y «El barbero de Sevilla»... Giacometti solo hizo un decorado para «Esperando a Godot», de su amigo Samuel Beckett.

Reinvención del pasado

«El hombre que se tambalea», de Giacometti. Museo d’Orsay, París
«El hombre que se tambalea», de Giacometti. Museo d’Orsay, París - © Succession Alberto Giacometti

Derain (1880-1954), Balthus (1908-2001) y Giacometti (1901-1966) creían que la verdadera modernidad estaba en la reinvención del pasado. Tenían similares ideales, aunque cada uno mantuvo su propio estilo. Son artistas que, a priori, poco o nada tendrían que ver, pero se apreciaban y admiraban. Se retrataron en alguna ocasión. Lástima que no haya podido viajar a Madrid el célebre retrato que hizo Balthus de Derain. El MoMA no lo presta por su fragilidad. Cuelga un facsímil, junto a una consola con material de pintura de Derain y una butaca tapizada con la bata con la que posó para Balthus.

Los unió en los años 30 el surrealismo del Papa Breton. Se conocieron en 1934 en una exposición de Balthus. Compartieron en París el mismo círculo de amistades (Artaud, Max Jacob, Aragon, Cocteau, Camus, Sartre, Malraux), galeristas y marchantes (Pierre Loeb, Pierre Colle, Pierre Matisse), modelos... Como la artista inglesa Isabel Rawsthorne, que posaba para Derain y Giacometti y era amiga íntima de Balthus. O Sonia Mossé, artista y modelo de Derain y Balthus. Todo quedaba entre viejos amigos.