Una de las grandes imágenes de la cultura ochentera: el cartel de «Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón» realizado por Ceesepe
Una de las grandes imágenes de la cultura ochentera: el cartel de «Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón» realizado por Ceesepe - ABC

El antes y el después de otros compañeros de viaje

Tras 40 años de una España cerrada a cal y canto, la Movida entró en el país como elefante en cacharrería; más que como bocanada de aire fresco, como vendaval que ponía patas arriba los cimientos del sistema, del viejo y del nuevo

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Tras 40 años de una España cerrada a cal y canto, la Movida entró en el país como elefante en cacharrería; más que como bocanada de aire fresco, como vendaval que ponía patas arriba los cimientos del sistema, del viejo y del nuevo.

Cuatro décadas después, sus artífices aún no se ponen de acuerdo a la hora de definir qué fue aquello que pasó en las calles, los garitos y las galerías de arte de este rompeolas de las Españas que es la Capital del Reino. Porque hubo tantas «movidas madrileñas» como artífices de la misma: políticos culturetas como Jorge Semprún o Tierno Galván; músicos como los de Radio Futura, Alaska y los Pegamoides, Gabinete Caligari o Mecano que le componían la banda sonora; cineastas como un primerizo Pedro Almodóvar (al que Ceesepe compuso el cartel de su ópera prima)...

Para todos ellos, la Movida fue más un estado mental. Un momento para arrancarse etiquetas o ponérselas todas a la vez. Javier de Juan (1958) siempre la entendió como una actitud. Él estudió arquitectura para «hacer algo de provecho», y tras su paso por instituciones y galerías (para muchos siempre será el autor del mural de la T-2 en Barajas), hoy es consciente de que las redes son un escaparate fundamental para sus diseños. Para Ouka Leele (1957), que quiso fusionar pintura y foto, generando un estilo que a ella misma se le hizo cuesta arriba pero que supo trascender, fue el último gran movimiento artístico, como lo fuera en su día el Cubismo o el Surrealismo. Hoy también muestra sus dibujos.

Y mucho de surrealismo pululó en la época. Y no todo el mundo hizo igual su digestión; que se lo digan a Fabio McNamara, que hoy pasearía a su hijo Lucifer por el Valle de los Caídos. Uno de sus máximos representantes fue el fotógrafo Alberto García-Alix (León, 1956), porque la Movida no sólo se documentó a brochazos. Él transitó de recoger con su cámara la realidad de prostitutas y yonquis a acabar siendo premio Nacional y protagonizando uno de los más laureados cortos del último Festival de San Sebastián. A Miguel Trillo (1953) «le tocó» documentar las nuevas tribus urbanas, y en ello sigue, pero dirigiendo el objetivo a las asiáticas amorradas al Instagram. A Herminio Molero no se le resistió (ni se le resiste) tampoco la música. Pronto se retiró Pablo Pérez Mínguez, pero le dio tiempo a retratarlos a todos con sus flashes a quemarropa. Como pronto nos abandonaron Sigfrido Martín Begué (de pintura metafísica), El Hortelano (tan espiritual como patafísico), o Patricia Gadea, a la que el M. Reina Sofía rendía tributo recientemente. A muchos, las administraciones aún no les ha dado el reconocimiento que se merecen. Y hubo tantas movidas como ciudades: la Barcelona de Mariscal y Nazario, que le ha cogido el gusto a escribirlo todo, y que venía de Andalucía, como G. Pérez Villalta; la Galicia de Antón Patiño y Siniestro Total, a la que la serie «Fariña» ha vuelto a poner de moda... Y nosotros, hoy, con nuestras movidas, quizás la misma.