Alborch saluda a los Reyes en la cena de gala de la inauguración de la ampliación del Prado
Alborch saluda a los Reyes en la cena de gala de la inauguración de la ampliación del Prado - ABC

Alborch, la ministra que puso el Prado fuera de la pelea política con una acuerdo con el PP en 1995

Miguel Ángel Cortés y la política valenciana fueron capaces de forjar un consenso que ya es el único que resiste pese a la radicalización de las posturas del PSOE

Actualizado:

El Prado es la única institución que resiste las duras galernas de la política y ello es al 50% gracias a la recientemente desaparecida Carmen Alborch. En España, donde el presidente del gobierno Pedro Sánchez ha roto relaciones con el del PP, Pablo Casado, se discute ya todo, incluso el modelo de Estado, y hemos visto desmoronarse los pactos sobre política antiterrorista, educación o justicia. Incluso la política exterior es motivo de viva polémica. Pero el Museo del Prado —ahora más que nunca y a pesar de las polémicas, que no faltaron— permanece incólume, como el ejemplo de las virtudes del consenso que estamos todos olvidando; un milagro democrático de nueva planta, hecho museo, que debería figurar en todos los manuales de educación para la ciudadanía. Así lo subrayó el recordado Rodrigo Uría cuando se presentaron los nuevos espacios del Prado: «Que sepan los ciudadanos que, en este caso, los servidores públicos hemos servido». Nada más y nada menos. Pero ¿cómo se fraguó este milagro?

Pocos recuerdan a estas alturas que el acuerdo político que ha permitido modernizarse al Prado nació en una cafetería, a la vuelta de una esquina, la de Almagro con Zurbano, y a la vuelta de un verano, el de 1994. En mayo de ese mismo año había abandonado la dirección del Prado Francisco Calvo Serraller, y era la segunda dimisión en siete meses, tras la salida de Felipe Garín. En el Real Patronato del museo también se había producido un pequeño terremoto, con la forzada destitución de los patronos coleccionistas no donantes, nombrados en la misma etapa socialista: abandonaron el órgano rector Juan Abelló, José Luis Várez Fisa y Plácido Arango —que después sería su presidente, y por consenso: las vueltas que da la vida—.

Pasó el verano y arreció la polémica con la destitución de María Corral como directora del Museo Reina Sofía. Estamos a mediados de septiembre y caen chuzos de punta sobre la política ministerial. Cabe recordar que, desde la oposición, el PP había propuesto en varias ocasiones un pacto para dotar de estabilidad a las instituciones culturales, pero la idea no había cuajado aún. Sin embargo, aquél fue, a la postre, el momento perfecto.

La llamada de Alborch

Justo entonces, la ministra Carmen Alborch llamó a Miguel Ángel Cortés, entonces portavoz popular de Cultura, urgida por la polémica que incendiaba el arte contemporáneo. Por estar a punto de nacer su segundo hijo, Cortés no podía desplazarse al Ministerio, ni alejarse mucho rato de su propio domicilio, así que Alborch y él arreglaron la cita, a eso de las ocho de aquella tarde septembrina, en el «Vips» más cercano: el de la calle Zurbano con Almagro. Lo cierto es que aquella breve e informal reunión, ante un café, dio lugar al pacto más fuerte entre nuestros principales partidos, y el único que aún resiste al regreso de la crispación.

Un consenso amplio que ya soñaba con abarcar las grandes instituciones culturales de la nación. Empezó afectando al Prado —que tenía ante sí la necesidad de una ampliación—, al Reina Sofía y planteando la separación de las colecciones entre ambos. Aquélla fue, sin duda, una tarde provechosa.

Alborch y Cortés decidieron incorporar desde entonces en los patronatos de ambos museos a personas de la confianza de ambos grupos —caso de Amelia Valcárcel y de Alfredo Pérez de Armiñán en el Prado, aunque hubo muchos más nombres de consenso— y consultarse los asuntos importantes. El pacto fraguó óptimamente y el miércoles 31 de mayo de 1995, el Congreso aprobó la Proposición no de Ley sobre el Prado por iniciativa del PSOE aunque defendida también por el PP, CiU y el PNV —quién te ha visto y quién te ve, todo un triunfo que el consenso se extendiera a los nacionalistas catalanes y vascos, pero eran otros tiempos— y que blindaba el Museo de las pendencias políticas.

El Reina Sofía no se citaba en aquel texto y quedó al albur de la memoria que después tuvieron en el PSOE y el PP de aquel primer pacto. Cortés respetó la continuidad de José Guirao como director del Reina Sofía, el mismo que es hoy ministro de Cultura socialista, pero no ocurrió lo mismo con Juan Manuel Bonet en 2004, cuando el PSOE regresó al poder. La misma salida urgente le ha dado, con Carmen Calvo de vicepresidenta del Gobierno de Pedro Sánchez, de su puesto de director del Instituto Cervantes. No todo son consensos todavía...

Buena falta hacía el acuerdo para el Prado, porque vino enseguida el primer concurso de ideas para la ampliación, que quedó desierto, y después un segundo certamen, el que ganó Moneo. Las ampliaciones de ambas pinacotecas avanzaron durante las legislaturas del PP. Además se concluyó el proceso de desglose de colecciones pactado en el «Vips».

Aparecieron goteras en las nuevas y carísimas cubiertas del Prado —encargadas por el PSOE y terminadas por el PP— y estalló una interminable polémica sobre el edificio de Moneo, que dividió profundamente al Patronato y que ya está superada porque el resultado fue brillante. También Carmen Calvo -vicepresidenta del Gobierno, como decíamos- hubo de desatascar las obras del edificio de Moneo, no sin una polémica que tensó el pacto, pero que arrancó la fecha de terminación al arquitecto y la UTE.

«Todo lo que se ha hecho no podría haberse acometido si las instituciones hubiesen estado bajo el pimpampum político», afirmó Cortés a ABC, quien recupera la frase de Azaña: «El Prado es más importante que la Monarquía y la República juntas». El diputado subraya la generosidad del Arzobispado madrileño para ampliar el Prado en el claustro de los Jerónimos. Para Alborch, orgullosa de esta historia, la pervivencia del pacto era la demostración del amor de los españoles al Prado, y confesaba a ABC que «no podemos permitir que se vea perjudicado por la confrontación política y debe extenderse a otras instituciones culturales, porque son símbolos que nos identifican».

Alborch y Cortés siempre recordaron el decisivo apoyo de Felipe González y Aznar al proceso. Sencillamente, ha funcionado. El pacto daba iniciativa a quien gobernase en cada momento. Y pudo superar los problemas que surgían en la ampliación —la falta inicial de un plan museográfico, las protestas vecinales por las obras, la decisión del PP de convertir en ente público al Prado, que no estaba, ni de lejos, en los planes del PSOE... y un sinfín más.

Con altibajos, el acuerdo, sencillamente, funcionó en los mandatos de Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy, Pilar del Castillo, Carmen Calvo, César Antonio Molina y Ángeles González Sinde en el Ministerio, como con Wert y Méndez de Vigo, más recientemente (el paso de Màxim Huerta fue demasiado fugaz para tratarlo). Asistidos por José Antonio Fernández Ordóñez, Rodrigo Uría, Eduardo Serra, Plácido Arango y José Pedro Pérez Llorca al frente del Patronato. Enrique Linde, Salvador Clotas, Joaquín Leguina, Carme Chacón y Alfredo Pérez Rubalcaba, además de Antonio Hidalgo e Ibán García del Blanco en los últimos años, han velado por él en distintas épocas desde el PSOE. En el PP, despuésde Cortés y Luis Alberto de Cuenca, la responsabilidad recayó en Beatriz Rodríguez Salmones, José María Lassalle o Emilio del Río.

Sus nombres se unen hoy en esta historia cívica del milagro del Prado, que tiene final feliz, gracias al respeto mostrado por las formaciones de la nueva política, con Marta Rivera de la Cruz desde Ciudadanos y Eduardo Maura desde Podemos.