Pabellón Alemán de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, de Mies van der Rohe, tras su reconstrucción
Pabellón Alemán de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, de Mies van der Rohe, tras su reconstrucción - PEPO SEGURA/FUNDACIÓN MIES VAN DER ROHE

50 años de la muerte de Mies van der Rohe: así «resucitó» su único edificio en España

Fernando Ramos, uno de los tres arquitectos que reconstruyó el Pabellón Alemán de Barcelona de 1929, relata a ABC cómo fue aquella odisea

BarcelonaActualizado:

Hoy se conmemora el 50 aniversario de la muerte de Mies van der Rohe, el dios de los arquitectos. Hizo en España una de las obras más infuyentes de la arquitectura moderna, un edificio paradigmático del siglo XX, que este año ha cumplido los 90. Sin embargo, como ocurrió con la Torre Eiffel, nació para ser efímero. El monumento parisino logró sobrevivir, pero el Pabellón Alemán de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, celebrada en Montjuïc, creado al alimón por Mies van der Rohe y Lilly Reich, fue desmontado en 1930, una vez clausurado el evento. A punto estuvo de ser vendido a un empresario barcelonés que quería convertirlo en un restaurante, pero no se cerró el acuerdo con las autoridades alemanas.

El material noble puso rumbo a Alemania y hoy decora mansiones como la de Sergius Ruegenberg (tiene una pieza de ónice en la mesa de su sala de estar) o el apartamento del propio Van der Rohe en Chicago. Una de sus icónicas sillas Barcelona acabó en manos de Philip Johnson. Se cuenta que un edificio municipal de Dresde tiene como pavimento el travertino original del pabellón. Incluso llegó a decirse que algunos mármoles estaban en casa de un concejal barcelonés. Una leyenda urbana, pues fueron repatriados a Alemania. El resto se vendió o acabó como chatarra. Lo cuenta Fernando Ramos, uno de los tres arquitectos que reconstruyeron el pabellón. Regresa a él en su cita con ABC para evocar cómo fue la odisea de devolver a la vida un icono del siglo XX. «Más que un bello edificio es un manifiesto arquitectónico», advierte Ramos. El manifiesto conceptual y formal de la arquitectura moderna.

Imagen del pabellón, con la escultura de Kolbe a la derecha
Imagen del pabellón, con la escultura de Kolbe a la derecha - PEPO SEGURA/FUNDACIÓN MIES VAN DER ROHE

El sueño de Oriol Bohigas

«Es una de las primeras obras arquitectónicas claramente cinematográficas», advierte Fernando Ramos. A veces alquilan el pabellón para eventos o rodajes publicitarios. Así ocurrió el día de nuestra cita. Luce un sol de justicia, lo que acentúa aún más el juego de reflejos del edificio. El arquitecto Oriol Bohigas fue el primero que planteó la posibilidad de su reconstrucción. Así se lo expuso por carta en 1956 al propio Van der Rohe, quien aceptó asumir, gratuitamente, la dirección del proyecto. Pero no hubo apoyo económico. Dos décadas después, en 1981, Bohigas retomó aquel viejo sueño, con Narcís Serra como alcalde de Barcelona. Entonces sí se dio luz verde: tenía las máximas garantías de rigor científico y resultaba asumible económicamente. Cuenta Ramos que se puso en marcha un microfownding muy especial. Se elaboró una lista con doce empresarios con especial sensibilidad cultural. Se les invitó a que cada uno aportara 10 millones de pesetas. La Fundación Mies van der Rohe, de carácter público, nació en 1983 con el fin de reconstruir el pabellón, que se inauguró el 10 de octubre de aquel año, con Pasqual Maragall como alcalde. Se hicieron cargo del proyecto Cristian Cirici, Fernando Ramos e Ignasi de Solà-Morales, ya fallecido; tres jóvenes arquitectos que emprendieron esta loca aventura, conscientes de las dificultades, y la responsabilidad, que planteaba reconstruir un edificio de Van der Rohe. Un trabajo de alto riesgo.

«No queríamos existir como arquitectos», cuenta Ramos. Apenas contaban con planos originales, debido a la premura con que tuvo que trabajar Van der Rohe. Sufrió recortes de presupuesto, retrasos en el suministro de materiales, una tecnología tercermundista... Hizo ajustes hasta el último día. Antes de ejecutar la reconstrucción se llevó a cabo un arduo trabajo de investigación, que contó con la colaboración, entre otros, del MoMA, que atesora el Archivo Mies van der Rohe. El presupuesto del proyecto fue de 120 millones de pesetas. Comenzaron con buen pie. Al excavar se hallaron los cimientos originales, lo que les permitió conocer el lugar exacto, elegido ex profeso por Van der Rohe: detrás de las ocho grandes columnas jónicas que cerraban el recinto

Interior del pabellón, con tres otomanas ante el muro de ónice
Interior del pabellón, con tres otomanas ante el muro de ónice - PEPO SEGURA/FUNDACIÓN MIES VAN DER ROHE

«Menos es más»

Concebido para albergar la recepción oficial del Rey Alfonso XIII el día de la inauguración de la Exposición Internacional, es un espacio fluido de planta libre de mil metros cuadrados (3,11 metros de alto y 57 de ancho), que destaca por su simetría, simpleza y claridad. «Menos es más», reza su lema. Ninguno de los espacios es totalmente interior, ni totalmente exterior. Nada es casual en Mies. Como materiales escogió el acero cromado para los ocho pilares cruciformes –hoy sustituido por acero inoxidable pulido–, cristal de varios colores y agua (ideó dos estanques, uno con vidrio negro en el fondo), amén de cuatro tipos de mármol: travertino romano, mármol verde de los Alpes, mármol verde de Tinos y ónice del Atlas, que se comió la mitad del presupuesto.

El arquitecto se enamoró de un bloque que vio en Hamburgo, destinado a un transatlántico. Para conseguir el ónice en la reconstrucción Fernando Ramos y el marmolista Jordi Marqués iniciaron una aventura digna de Indiana Jones. Tras una búsqueda incesante, lo hallaron en una cantera abandonada de Argelia. Consiguieron autorización para reabrirla. «La modernidad del edificio no está tanto en los materiales que escogió como en la audacia de su ensamblaje y en la radicalidad de su uso», dice Fernando Ramos. «Mies esculpió el espacio con muros que bailan».

Junto al estanque pequeño, una escultura. No eligió ninguna obra de su amigo Rodin, sino «Amanecer», de Georg Kolbe. Era una reproducción en yeso. La de la reconstrucción es de bronce, regalo del embajador alemán. Mies concibió para el pabellón la silla Barcelona, icono del diseño moderno e imitada hasta la saciedad. Solo hizo dos, en blanco roto, para que pudiesen sentarse los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia. El mobiliario era, como el propio edificio, minimalista: junto a las dos sillas, seis otomanas y dos mesas, que no se han reconstruido. Unas cortinas rojas, la alfombra negra y el ónice dorado evocaban la bandera alemana.

Reivindicar a Lilly Reich

Cirici, Ramos y Solà-Morales quisieron poner en valor la figura de Lilly Reich. Diseñadora de interiores, pasó por la Bauhaus, que este año celebra su centenario. Fue socia y pareja sentimental de Van der Rohe. Ambos colaboraron en dos pabellones exteriores y en 25 estands temáticos de productos alemanes en la Exposición de Barcelona de 1929. «Es la gran olvidada, fue fagocitada por Mies», comenta Ramos. Catalogado como Bien Cultural de Interés Nacional, Ramos ve este edificio como «un laberinto itinerante que ofrece distintas alternativas para recorrerlo y que pelea entre ser casa y templo de la arquitectura». No gustó en su día, la crítica lo encontró un poco frío. Hoy es un icono del siglo XX.