Eduardo Chillida
Eduardo Chillida - efe

Importantes obras de Chillida-Leku salen para su venta en Nueva York

El escultor vasco pone fin a más de un cuarto de siglo de olvido en la Gran Manzana con una exposición

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«Mi madre también decía que quizá hubiera preferido que las obras de mi padre se hubieran ido a sitios más importantes, con mayor acceso a visitantes que en Chillida-Leku». Habla por teléfono desde un aeropuerto Ignacio, uno de los hijos de Eduardo Chillida, quizá el escultor español contemporáneo más importante, cuya obra regresa a Nueva York este mes después de una ausencia demasiado larga, más de un cuarto de siglo. Pocas horas después, en la oscuridad de una noche otoñal de frío y lluvia, apartadas del tráfico pertinaz diurno de Madison Avenue, un grupo de esculturas desfilarían como fantasmas metálicos por las calles de Nueva York. Su destino: una galería temporal en el corazón del Midtown neoyorquino; su misión: recomponer la posición de Chillida en el mercado del arte internacional.

culturaNo es una operación cómoda, con piezas de dimensiones de difícil manejo y un peso –alguna de ellas llega a las 21 toneladas–, no apto para cualquier estructura. Todo lo ha orquestado Pilar Ordovás, expeso pesado de Christie’s en Europa, exdirectora de Gagosian en Londres y ahora agente libre con su propia galería en la capital británica. Unos días antes de que las piezas lleguen a Nueva York, Ordovás recibe en el espacio todavía desnudo que alojará las esculturas, con manoletinas planas para torear con agentes de seguros, transportistas, asistentes y todo aquel involucrado en el proyecto. «Hablé con la familia de Chillida y les dije que era necesario que hubiera una exposición en Nueva York, donde había expuesto desde 1989», dice la galerista, que ha trabajado con la familia del escultor vasco desde hace casi veinte años.

Profesor en Harvard

En la segunda mitad del siglo XX, Chillida fue un artista muy tenido en cuenta en EE.UU., «donde tuvo experiencias muy importantes y motivadoras», explica su hijo Ignacio. Fue profesor en Harvard a comienzos de los 70 y antes le dedicaron exposiciones y encargaron importantes proyectos de arte público, como los monumentos en el Museum of Fine Arts de Houston –que apareció en la película «Boyhood»–, en el Banco Mundial de Washington o en el Meyerson Symphony Center de Dallas. ¿Por qué este reciente olvido de su obra?

Lo explican muchos factores, coinciden Ignacio Chillida y Pilar Ordovás: en su última etapa, el escultor puso todo su empeño en desarrollar proyectos públicos; desde que murió su representante, Aimé Maeght, nadie se preocupó por propagar su obra en las mejores colecciones. Chillida no produjo mucha obra, toda ella es única, sin ediciones, lo que significa un problema para alimentar el mercado; sus herederos y su viuda, fallecida este verano, se dedicaron a conservar su legado en Chillida-Leku y a colaboraciones con museos y fundaciones. «Era hora de abrir los horizontes», reconoce Ignacio Chillida.

La exposición tendrá las puertas abiertas desde el próximo día 30 hasta mediados de diciembre. Son ocho obras, todas de gran formato, ejecutadas por Chillida entre 1990 y 2000. Algunas son muy conocidas, como «Peine del viento XIX» o «Arco de la libertad», que viajó el año pasado a Ciudad de México a la exposición-homenaje a Octavio Paz en el Palacio de Bellas Artes. «Todas las obras son de gran importancia», asegura Ordovás. «Si hacíamos una exposición, tenía que ser con lo mejor, y la familia Chillida estaba de acuerdo».

El hijo del escultor defiende que el principal objetivo de esta galería «pop up» es «divulgar la obra, internacionalizar a Chillida en un momento que se había quedado un poco parado». Pero es innegable que ésta es también una aventura comercial, en la que algunas de las grandes esculturas dirán adiós para siempre a Chillida-Leku. «Lógicamente, tenemos que pagar muchas cosas, hay que mantener el museo, el personal», explica Ignacio Chillida. La venta, que no afectará a dos de las obras que han viajado a Nueva York, se produce en medio de las enésimas conversaciones entre la familia Chillida y el Gobierno del País Vasco para la reapertura de Chilllida Leku. El museo se puede visitar con cita previa, pero hay esperanzas de que haya un acuerdo para que sus puertas se abran de forma estable a partir del año que viene, coincidiendo con la capitalidad cultural europea de San Sebastián. «Estamos teniendo una paciencia infinita», dice Chillida con algo de amargor. «Estamos en la misma situación que en 2006. Esperemos que esta vez sea la definitiva; han pasado tres gobiernos, muchos años y si esto no funciona ahora, difícilmente se va a arreglar».

Vuelta al mercado

A Chillida no parece importarle el monto que obtengan las obras de su padre en la venta, con cantidades que estarán entre los dos y los doce millones de dólares por pieza. «No es el único objetivo ni mucho menos», asegura. «Pero lo hacemos para eso, para que se venda y vaya a los mejores lugares posibles». «Para mí lo importante es reintroducirlo en las nuevas generaciones de coleccionistas americanos», añade Ordovás, que cuenta con su experiencia en Christie’s y Gagosian para saber qué puertas tocar. «Chillida no es una figura cuestionada. Pero existe una nueva generación de comisarios y de compradores y, si no se ve tu obra, no la mantienes viva».

Como en otras grandes colecciones –públicas y privadas–de EE.UU., sorprende constatar que no hay nada de Chillida en Storm King Art Center, un delicioso parque de esculturas escondido en los bosques del estado de Nueva York, a una hora y media de Manhattan, donde peregrinan cada otoño miles de neoyorquinos para disfrutar de Henry Moore, Richard Serra, Anthony Caro, Isamo Noguchi o Alexander Calder, cuando cambia el color de las hojas. Quizá este otoño también cambie la posición de Chillida en este país. Por ahora, sus obras siguen dormidas en un espacio descomunal en el centro de Manhattan, con las ventanas tapadas por papel de construcción, ajenas al ajetreo de la avenida Madison y la calle 52.