«La niña enferma» (1907), de Edvard Munch
«La niña enferma» (1907), de Edvard Munch - TATE, LONDRES

La condición humana, según Edvard Munch

El Museo Thyssen despliega, a partir del próximo martes, el fascinante tratado psicológico de uno de los padres del arte moderno, que diseccionó el alma para pintar las emociones

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«En mi arte he intentado explicarme la vida y su sentido. También he pretendido ayudar a otros a aclararse con la vida». Son palabras del pintor noruego Edvard Munch (1863-1944) impresas en las paredes de las salas del Museo Thyssen que acogerán, a partir del próximo martes, la primera monográfica del artista en Madrid en 30 años. No es una retrospectiva al uso, sino que revisa toda su producción a partir de secuencias temáticas. Éstas se corresponden con sus obsesiones, que no son otras que las del hombre contemporáneo.

«El friso de la vida» fue su proyecto más ambicioso, le ocupó toda su vida

Si Leonardo diseccionaba cadáveres para explorar el cuerpo humano, Edvard Munch diseccionó el alma, comenzando por la suya propia. Y, como Dorian Gray, no debió gustarle mucho lo que vio ante él: un ser alcohólico, enfermo, deprimido, solitario, perturbado mentalmente... «Enfermedad, locura y muerte fueron los ángeles negros que velaron mi cuna», escribe Munch en uno de los textos recogidos por Nórdica en «El friso de la vida» (ahora ven la luz por primera vez en español), título tomado del ciclo pictórico más ambicioso del artista, que le ocupó toda su vida. Concebido, a partir de la visión que tuvo una noche, como un poema de amor, ansiedad y muerte, reúne algunas de sus obras más célebres: «El grito», «El beso», «Madonna», «El vampiro», «Melancolía»...

Más que un conjunto de obras de arte, su producción artística es un tratado de psicología. Aunque inspirados muchos en familiares, los personajes que pueblan sus obras dejan de ser seres reales para metamorfosearse en arquetipos (título de la exposición), que se corresponden con los temas universales: el amor, el deseo, los celos, la angustia, la soledad, la melancolía, la muerte... Temas que Munch repite y repite obsesivamente en secuencias temáticas, aunque van variando conforme evoluciona su carrera. Palomá Alarcó, comisaria de la exposición junto a Jon-Ove Steihang, explica que, desde el simbolismo inicial hasta el expresionismo posterior, va manipulando los asuntos en función de la técnica, los formatos y los escenarios. Y para ello despliega su fascinante vocabulario artístico: una paleta de colores plagada de rojos y verdes, formas planas, cuerpos totemizados, rostros que se van desvaneciendo hasta desaparecer... Llega incluso a modificar su pincelada en función del contenido: densa, agresiva, con chorreones de pigmento en el lienzo, cuando pinta la enfermedad y la muerte; fina y suelta en sus cuadros más vitales y coloristas.

«Vivo con los muertos»

Son 80 (54 pinturas y 24 grabados) las obras expuestas en el Thyssen: la mitad procede del Museo Munch de Oslo, que atesora la mejor colección del pintor en todo el mundo. La ciudad noruega (Kristiania, entonces) recibió la donación de todo su legado. A partir de 2019 buena parte del mismo podrá verse en el nuevo museo dedicado al pintor, diseñado por el arquitecto español Juan Herreros, en el fiordo de Oslo. También destacan en la exposición dos préstamos de la Galería Nacional de la capital noruega, amén de piezas cedidas por el MoMA, la Tate, la National Gallery de Washington...

Munch quiere pintar las emociones, los estados de ánimo del ser humano

En 1889 Edvard Munch publica el Manifiesto de Saint-Claude, en el que da las claves de lo que será su trabajo: un arte universal que apele a las pasiones. No quiere pintar a gente leyendo ni haciendo punto, sino a gente que sufra, que sienta, que ame... Quiere, en suma, pintar las emociones, los estados de ánimo del ser humano. Aunque hay quien pretende quitarle peso al trasfondo biográfico en su producción, siempre con un carácter narrativo, lo cierto es que no puede entenderse uno sin la otra.

«No pinto lo que veo, sino lo que vi»

Así, su miedo a la enfermedad y a la muerte a buen seguro se debe a que, desde niño, convivió con ellas. Media familia falleció de tuberculosis: con 5 años pierde a su madre, su hermana Sohie murió a los 15 años. También su tía, su abuela materna, su abuelo paterno... Su hermana Laura padecía esquizofrenia. Y, por si fuera poco, su padre leía cada noche a los cinco hermanos la carta de despedida de su madre. «Vivo acompañado de los muertos...», escribía. Entre las obras que ilustran este arquetipo en la muestra, «Agonía» o una de las seis versiones pictóricas de «La niña enferma» (préstamo de la Tate), con la que Munch rompió con el impresionismo. Su máxima «No pinto lo que veo, sino lo que vi» es justo lo contrario de lo que proponían los impresionistas. Sus imágenes son más mentales que reales.

Otra de sus obsesiones es la angustia existencial, el pánico. El pintor sentía miedo a las multitudes, a las masas. Y aquí se inscribe un icono universal como «El grito», pintado una tarde en la colina de Ekeberg, donde tuvo una revelación: el cielo se tornó rojo sangre y Munch, temblando de angustia, sintió que «un inmenso grito infinito recorría la naturaleza». Hizo de este tema tres óleos, un pastel y un grabado. En la muestra se exhibe este último, cedido por el Metropolitan. Explica Paloma Alarcó que la exposición quiere enseñar a un Munch más allá de «El grito», una de las obras de arte más famosas de la Historia, con permiso de «La Gioconda». Una de las versiones fue robada en 2004 del Museo Munch de Oslo y recuperada en 2006. De hecho, la muestra se planteó sin «El grito», pero sin este poderoso arquetipo, aunque el que se exhiba sea un grabado, hubiera quedado coja.

Santas y rameras

La mujer es una de las protagonistas de su trabajo. La idealiza (virgen, casta, santa) tanto como la demoniza (femme fatale, seductora, perversa y amenazadora, ramera). Cuelgan en el Thyssen buenos ejemplos de las dos: «La pubertad» y «Mujer pelirroja con ojos verdes». Esta sigue la estirpe de heroínas como Salomé y Cleopatra. «Viví una época de transición, en pleno proceso de emancipación de las mujeres. Entonces era la mujer quien tentaba y seducía al hombre y luego lo traicionaba. La época de Carmen. El hombre se convierte en el sexo débil», escribe Munch. Un hombre sumiso, al que la mujer envuelve con su roja cabellera, «le emmaraña el corazón» y atrapa con un mordisco. Siempre pelirroja y labios carmesí. Como «Mujer vampiro» y «Madonna», una litografía de la colección Pérez Simón. Es, según Edvard Munch, «la Mujer que se entrega y adquiere la dolorosa belleza de una Madonna». Ojos cerrados, gesto de placer, como en pleno éxtasis sexual, orgásmico. Coronada, como una diosa, con un halo. También hace alusión a la concepción. A su izquierda, vemos un feto.

El pintor tuvo malas experiencias sentimentales con las mujeres

El amor, decía el pintor, «puede convertirse en odio; la compasión en crueldad». Su mala experiencia con las mujeres le hace ver ese lado oscuro del amor: la frustración, el desengaño, el dolor... No tuvo pareja estable ni hijos. Su primer amor, Milly Thaulow, estaba casada. Un sentimiento de culpa por su «pecado» le atormentaba. Después mantuvo una relación sentimental muy destructiva con Tulla Larsen, con quien protagonizó un episodio dramático en la casa de Asgardstrand. En medio de una acalorada discusión entre ambos se disparó un arma. La bala alcanzó un dedo de la mano izquierda del pintor.

En sus versiones de «El beso» –se exhiben varias en la exposición– los amantes se funden, perdiendo su identidad, en imágenes que se hacen cada vez más abstractas. La muerte de su padre sumió al pintor en una depresión. La melancolía y la soledad –parejas de espaldas mirando al mar, personas ensimismadas sin hablarse, en obras maestras como «Madre e hija», «Melancolía», «Los solitarios» o «Atardecer»– y nocturnos –noches estrelladas, sombras y ventanas iluminadas, en préstamos tan destacados como «La tormenta», del MoMA– son otros de los arquetipos munchianos que aborda la muestra.

Un pintor «a contrapelo»

Interesado por la literatura, el esoterismo, los mitos..., tras vivir dos décadas en Francia y Alemania, y haber permanecido ocho meses en una clínica psiquiátrica en Copenhague, el hijo pródigo regresa a Noruega en 1909 más seguro de sí mismo. Su obra se torna más vitalista, su paleta se aclara y se vuelve más brillante. Es como si, después de tanto dolor y sufrimiento, hubiera lugar para la esperanza. «De mi putrefacto cadáver britarán las flores y yo estaré en ellas, la eternidad». Se autorretrata en vivos colores, pinta árboles y un sol radiante para el Aula Magna de la Universidad de Oslo. Y desnudos, en su estudio en Ekely –cuelgan varios de ellos en el Thyssen–, donde un casi octogenario Munch trabaja con más libertad y energía que nunca. Como Picasso.

Strindberg lo definió como «el pintor esotérico del amor, de los celos, de la muerte y de la tristeza». Un buen epitafio para este pintor «a contrapelo del estilo moderno», siempre al lado de los más radicales de la época, cuya obra, según la comisaria, «es perturbadora, nos inquieta». La munchmanía se completa con una exposición que le confronta a Van Gogh en Ámsterdam, otra de sus grabados en Viena y varias publicaciones: además de sus escritos, un «Cuaderno de viaje. Noruega y Munch», a cargo de Paloma Alarcó y Clara Marcellán.