Pejac con uno de sus murales
Pejac con uno de sus murales - abc

Pejac: «El arte urbano es una forma de protesta, no es algo decorativo»

El artista callejero, a quien llaman «el Banksy español», crea murales cargados de ironía, surrealismo y poesía

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Tiene la melena negra, los ojos claros y una nariz aguileña, todo ello decorado con una sonrisa que se ensancha un poco más cuando le recuerdan que hay quien le llama «el Banksy español». No le gustan las fotografías y por eso es importante describir su imagen física. «Yo ya estoy en cada obra, no hace falta que aparezca posando delante de cada mural. De hecho, no me siento muy cómodo cuando tengo que hacerlo», se excusa Silvestre Pejac (Santander, 1977), uno de los niños bonitos del arte urbano español y un rebelde incluso dentro de los artistas callejeros.

A Pejac le gusta ir al revés. Se formó en Bellas Artes, pasó por diferentes academias y entró antes en una galería que en los muros de la ciudad. «Creo que el haber hecho el camino a la inversa le da mucho frescor a mi trabajo –asegura–. Pasar unas temporadas en el estudio y otras viajando y conociendo a gente nueva en las calles es todo un incentivo». De hecho, no cree que pudiera volver al punto de partida. «Sería asfixiante saber que sólo voy a trabajar en el estudio», bromea.

Sus obras decoran ya muros y esquinas de Moscú, París, Estambul, Londres o Milán. Ciudades muy distintas con ambientes muy diversos en los que Pejac asegura sentirse muy cómodo. «Cada vez que voy a viajar a un país me intereso por la situación política y social», explica, ya que considera muy importante para su trabajo «no llevar una imagen preconcebida». «Cada ciudad y cada barrio tienen su alma y me parece esencial hacer obras específicas para cada lugar», insiste. Por eso, su metodología de trabajo varía sin cesar. «A veces, llego con imágenes ya pensadas desde España, y al llegar la propia realidad del sitio me abruma, veo un rincón que desde Barcelona no pude conocer y surgía otra idea. A veces la propia realidad es una buena musa», comenta.

Casi todas sus obras tienen un factor común: la crítica irónica. «Considero el arte urbano una forma de protesta», confiesa Pejac, consciente de que sus murales, cargados de ironía y generalmente realizados en blanco y negro, recuerdan al trabajo de Banksy, posiblemente el artista de street art más conocido por sus trabajos internacionales. «Me encanta lo que hace y está bien que nos comparen, pero eso también me ha forzado a mí para buscar aún más adentro y acentuar mis puntos personales, como la poesía o el surrealismo», admite. Por eso, sus obras pasan un duro proceso de selección. «De mi trabajo me gusta la honestidad, que me veas identificado en cada una de ellas. Muchas las desecho porque no estoy realmente satisfecho, las que han llegado a la calle son las que pasaron el filtro», comenta.

Junto con artistas como los que forman el colectivo Boamistura, Pejac ha puesto en alza el valor del street art con firma española. «Hay un boom en el país, y creo que es porque la gente estaba un poco cansada del mundo museístico», aventura, ya que cree que «a mucha gente le gusta el arte pero no se atreve a entrar en una galería porque o bien le impone o bien le aburre». Por eso, destaca la labor del arte urbano para acercar la cultura a la sociedad. «A la gente le apetecía algo fresco, nosotros somos la montaña y hemos salido a buscar a Mahoma», ríe.

«La calle es poco elitista»

Pero lo cierto es que los artistas callejeros no solo triunfan dentro de nuestras fronteras, sino también fuera. «Lo bueno del arte urbano es el lenguaje y el tipo de formato, la calle es muy poco elitista –destaca Pejac–. No entiende de edades ni de religiones, ni siquiera de idiomas. Gente con un bajo nivel intelectual o cultural puede llegar a emocionarse y a entender una obra pintada frente a una farola». Y ésta es para el artista la característica más paradójica del arte urbano: que sin estar hecho para gustar «puede ser accesible para todo el mundo».

Un nivel de complicidad entre este tipo de trabajos y la sociedad que, para él, radica, esencialmente, en la utilidad del arte urbano como forma de protesta. «No es algo decorativo sino una forma de expresión, opinión y compromiso», defiende. Y tener esa misma idea es básico para llegar a un acuerdo con Pejac para encargarle una obra. «He hecho trabajos comisariados, pero no acepto imposiciones. Si llegan a mí es porque les gusta mi trabajo, no me importa que me indiquen en qué espacio tiene que ser, pero no quiero que me digan cómo hacerlo o se rompería la confianza», reconoce.

Aunque no tiene muy claro hacia dónde dará su próximo paso, sí reconoce que le atraen los puntos más calientes del planeta. «Me gustaría mucho hacer algo en Siria. Me gustan los lugares donde creo que se están cometiendo injusticias, son los mejores para ir a opinar», sentencia.