Scully, junto a una de las obras que lucen en la capilla
Scully, junto a una de las obras que lucen en la capilla - efe

Sean Scully, de la abstracción a la espiritualidad de Montserrat

El pintor irlandés estrena intervención artística en la capilla del Monasterio de Santa Cecilia

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«Cada pintura es, de algún modo, mi testamento vital», proclama Sean Scully (Dublín, 1945) mientras contempla de cerca como parte de su legado pictórico ha devuelto a la vida la capilla del Monasterio de Santa Cecilia de Montserrat, una construcción del siglo X que acoge desde ayer el Espacio de Arte Sean Scully. Es en el interior de esa iglesia fundada en el año 945 donde el pintor irlandés ha querido explorar la relación entre espiritualidad y abstracción a partir de media docena de obras de gran formato, ocho vidrieras, tres frescos, una serie inédita de candelabros y la decoración en vidrio del ábside la iglesia.

Una de las piezas más impresionantes, un óleo sobre aluminio de tres por seis metros, le sirve también para recordar a su madre, cantante de profesión, y relacionarla con Santa Cecilia, patrona de los músicos. Un pequeño fresco de colores vivos, por su parte, le permite enlazar con su producción más reciente, marcada por el nacimiento de su hijo. «El color es mucho más abierto, más expresivo», sentencia.

Y es que, por más que asegure que su obra no tiene simbolismo alguno, la colección de la capilla da buena cuenta de su filosofía artística transformando sus gigantescos óleos en diálogos con la naturaleza, el horizonte, la espiritualidad y la esencia misma de la humanidad. «En mis obras tiene una gran importancia el borde, la frontera, ya que ahí se puede encontrar un sentido de humanidad, de pureza», relata el artista, quien no ha dejado de visitar Montserrat desde que descubrió la montaña en una visita a Barcelona en 1992. Es más: su intervención en el Monasterio de Santa Cecilia nace fruto de su amistad con el padre Josep de C. Laplana, director del Museo de Montserrat. Laplana bautizó al hijo de Scully en 2010 y el artista, a cambio, donó al museo el cuadro «La montaña de Oisión».

Un espacio «a la Rothko»

Cinco años después y tras un largo proceso de rehabilitación financiado con 800.000 euros por la Diputación de Barcelona –más 250.000 euros adicionales para la puesta a punto final–, Scully ha querido ir un poco más allá con un espacio que sigue los pasos de Matisse y Rothko pero corrigiendo los defectos que, añade, cree que tienen las capillas de ambos artistas en Vence y Houston, respectivamente. «La de Matisse no tiene energía, es decoración. La de Rothko, en cambio, sí que tiene peso artístico, pero es deprimente», explica el pintor irlandés, para quien el arte es «una fuerza contra la violencia». «No veo una diferencia entre seres humanos, y ese es para mí el sentido de la abstracción», añade.

Quizá por eso Scully considera necesario dejar claro que, pese a las raíces del lugar en el que ha realizado su intervención artística, su concepción de la religión tampoco entiende de fronteras. «Actualmente, mi idea de religión es poner todas las religiones juntas. Mi religión se basa en la recuperación de la familia del ser humano, y eso es un trabajo para toda la vida», señala el artista desde un espacio que, además de centro artístico, se desdoblará en Instituto de Arte y Espiritualidad para acoger actos de culto católico así como jornadas de meditación, coloquios sobre estética y filosofía y actividades musicales.