«Pizarro y los trece de la isla del Gallo», lienzo del museo arqueológico de Lima
«Pizarro y los trece de la isla del Gallo», lienzo del museo arqueológico de Lima - abc

París rememora la historia de Pizarro y el inca

El conquistador y Atahualpa dialogan artísticamente en 120 obras en una exposición en el museo del Quai Branly

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«El Inca y el Conquistador» (museo del Quay Branly) propone una historia comparada de la conquista y caída del imperio inca (1533), a través del «diálogo» entre sus dos grandes protagonistas, el emperador Atahualpa y Francisco Pizarro, el conquistador español. Se trata de un proyecto museístico de carácter pedagógico, que pretender contar, al mismo tiempo, un fallido «diálogo» de «imperios» y «civilizaciones», exponiendo, en paralelo, el estado social, económico, político, cultural y artístico del imperio inca y el imperio español, a mediados del siglo XVI.

La muestra, que puede visitarse hasta el próximo 20 de septiembre, entrelaza las biografías del inca y el conquistador, del que últimas investigaciones han aportado nuevas visiones, a través de 120 obras precolombinas e hispánicas como libros castellanos de la época, orfebrería, tapices, cerámicas y armas.

El imperio inca se encontraba en un estado de agónica guerra civil, víctima de crisis políticas, sociales, culturales y religiosas que reducían su dimensión. El español, en plena exploración del mundo, despuntaba en la vanguardia artística, cultural, política, militar e institucional de la civilización europea.

Con la palabra «imperio», los comisarios de la exposición utilizan la misma palabra para nombrar construcciones históricas de muy distinta naturaleza. Sin problemas de método, la exposición compara las peripecias humanas de los dos grandes protagonistas de aquel «choque» de imperios.

Pizarro es el personaje histórico que con menos de doscientos hombres y medio centenar de caballos consiguió conquistar e imponer su ley (la ley imperial española) a un imperio de poco menos de doce millones de habitantes, dividido en guerras civiles.

Sin duda, la reconstrucción comparada de las armas, herramientas, utensilios de uso doméstico y agrícolas que permiten comprender el grado de civilización que encarnaban Atahualpa y Pizarro y también imaginar un combate francamente desigual. La mera comparación no oculta lo esencial: el hundimiento fáustico del imperio inca estuvo acelerado de manera vertiginosa por la llegada «celeste» de los conquistadores españoles y sus cincuenta caballos. Pero los gérmenes de su caída eran también locales, de carácter cultural y religioso.

Encuentro en Cajamarca

La fecha clave del encuentro entre españoles e incas fue el 16 de noviembre de 1532, el día en el que Pizarro y Atahualpa se reunieron en Cajamarca, que terminó con la captura del inca. Para mejor ilustrar sus propósitos pedagógicos, «El Inca y el Conquistador» se ha dividido en cuatro secciones. De entrada, en la primera sección, se presenta comparativamente el «estado» de los dos campos (imperio inca/imperio español), con breves pinceladas consagradas a sus respectivos líderes, Atahualpa y Pizarro.

En lo más alto de su esplendor, el gran arte y la gran cultura inca produce unas obras muy diferentes a las españolas. La agonía cultural que precedió a la conquista española, siendo respetable, tiene mala comparación con el gran arte y la cultura barroca europea, que Pizarro encarnaba, a su manera, descubriendo, conquistando y colonizando un nuevo continente.

En una segunda sección, el «Inca y el Conquistador» pretende reconstruir el diálogo fallido con el «otro». Se trata de una variación pedagógica de una versión «multicultural» del diálogo entre culturas y civilizaciones. Para Atahualpa, el «otro» (Pizarro, los españoles) fueron seres entre celestes y divinos, con una crueldad propia del panteón de las divinidades de todas las religiones politeístas. Para Pizarro, el «otro» era el reyezuelo de un reino que el conquistador estaba decidido a conquistar a sangre y fuego, si era necesario.

Las guerras civiles entre los pueblos y familias incas tuvieron dimensiones trágicas. Pensar que Pizarro era más «fanático» y «cruel» que Atahualpa es una ilusión semejante. La diferencia esencial entre el inca y el conquistador era cultural: el conquistador poseía, al mismo tiempo, la fuerza de sus caballos (apenas 50, para controlar un «imperio» de doce millones de almas), su espada y su cultura, la cultura de la civilización europea, en uno de sus momentos de gran esplendor.

En una tercera sección, «El Inca y el Conquistador» propone una exposición comparada de objetos, utensilios y obras que intentan comprender acontecimientos íntimos (la muerte de Pizarro y Atahualpa) en el marco del diálogo fallido entre incas y conquistadores. La biblia de un soldado español se confronta con útiles de los incas.

En su cuarta y última sección, «El Inca y el Conquistador» se propone rastrear los orígenes de una sociedad mestiza, fruto del «diálogo de civilizaciones». Paralelismo final sencillamente fallido. Atahualpa y la aristocracia inca no podían imaginar siquiera contraer matrimonio con mujeres españolas y europeas, como sí hicieron Pizarro y sus hombres con las indias (el conquistador con dos princesas incas), con las que se casaban (por la iglesia), transmitiendo a sus hijos la religión, la lengua y la cultura españolas...

La dimensión cultural excepcional de la conquista es ésa: la transmisión de la lengua, la religión, la cultura y la civilización, española y europea. Aunque también dejó muestras de su impulso cainita: Pizarro llegó a gobernador de Nueva Castilla y murió asesinado como consecuencia de las luchas entre los conquistadores en 1941, con más de 60 años.