«Vieja friendo huevos» es una de las mejores pinturas de la etapa sevillana de Velázquez
«Vieja friendo huevos» es una de las mejores pinturas de la etapa sevillana de Velázquez - abc
pintura

Velázquez, un pintor genial en sus cuadros sevillanos antes de consagrarse en Madrid

Descubra las obras maestras que el artista firmó en su ciudad coincidiendo con la exposición «La educación de la Virgen»

Actualizado:

Diego Velázquez (Sevilla, 1599-Madrid, 1660) es uno de los grandes maestros de la pintura universal. Tanto en el Museo del Prado como en otras grandes pinacotecas como la National Gallery de Londres o el Metropolitan de Nueva York se encuentran sus principales obras maestras. Sin embargo, coincidiendo con la exposición que se está organizando en Espacio Santa Clara con su pintura «La educación de la Virgen», conviene recordar que este artista realizó una parte vital de su producción en su etapa sevillana, hasta el año 1622, firmando obras maestras que ya preconizaban el gran pintor en el que se iba a convertir años después.

Hay que tener en cuenta que Velázquez recibe en estos primeros años el magisterio de del que se convertirá en su suegro, Francisco Pacheco. Aunque este último no haya alcanzado la maestría de su discípulo, sí es recordado por sus amplios conocimientos teóricos que plasmó en su obra «El arte de la pintura». Gracias a su influencia y a la de su círculo, el joven pintor sevillano se dejó seducir por el caravaggismo, bebiendo directamente del estiglo de Caravaggio, a pesar de que en la capital hispalense Velázquez no pudo contemplar cuadros del maestro italiano. Este tenebrismo de la etapa sevillana -de la que se conservan una docena de lienzos originales además de los más recientemente atribuidos- se caracteriza por un inusitado realismo en las composiciones, los contrastes de luz y la composición diagonal.

De los primeros cuadros que se conservan de Velázquez de este etapa sevillana hay que destacar dos pinturas que tienen un cierto paralelismo: «Tres músicos» (1617-18) y «El almuerzo» (hacia 1618). Ambos presentan a tres hombres en una composición en la que sobresalen los tonos claroscuros. «El almuerzo» -que simboliza las tres edades del hombre y en donde aparece un bodegón, elemento muy característico de esta época- tiene además del cuadro que se conserva en el Ermitage en San Petersburgo otra versión que bajo el título de «El almuerzo de campesinos» se conserva en el Museo de Bellas Artes de Budapest.

Su primera gran obra maestra de esta primera etapa sevillana es «Vieja friendo huevo» (1618), que está expuesta en la National Gallery de Edimburgo. En esta pintura de bodegón, como lo definía el propio Francisco Pacheco, se refleja una escena cotidiana con personajes vulgares pero elevados a su máxima dignidad. El realismo y el naturalismo de la composición, amén de un magistral uso de la técnica del claroscuro, lo convierten por derecho propio en uno de los mejores cuadros del joven Velázquez. «La cena de Emaús» o «La mulata» (1618-1622), de la National Gallery de Dublín, es por otra parte un claro ejemplo de obra en la que los expertos no se ponen de acuerdo sí es o no del maestro sevillano.

«Cristo en casa de Marta y María» (1618) es otro magistral ejemplo de bodegón con figuras en donde el pintor sabe plasmar sabiamente dos planos totalmente distintos en la composición: En primer término presenta a una doncella trabajando en la cocina con un almirez con una anciana a su espalda que parece amonestarle; en segundo término hay una pintura en la que aparecen Cristo, María a sus pies escuchándole y su hermana Marta recriminándole esa actitud. Lo terrenal y lo divino se dan la mano en esta pintura en donde Velázquez hace de nuevo un uso portentoso del naturalismo.

«Dos jóvenes a la mesa» (1622) es un cuadro que aunque muestra algunas dudas sobre su autoría, supone también un caso en el que los expertos se han puesto de acuerdo para confirmar que se trata de una obra del joven Velázquez. De nuevo destaca una escena de paisaje con figuras con un tono realista.

En esta etapa sevillana destaca una serie de pinturas dedicadas a los apóstoles como «Santo Tomás» (1619-1620), «San Juan en Patmos» (1619), «Cabeza de apóstol» (1622) y «San Pablo» (1619-1622). Para los dos primeros parece que el artista tomó el mismo modelo, destacando el realismo con el que retrata las manos de «Santo Tomás», que sostienen un libro y una pica. Las otras dos obras muestran a hombres maduros -podría ser el mismo modelo- tratados con gran realismo y aproximándose a la serie de fiolósofos de Ribera, mostrando el lado más terrenal del personaje y alejándose de la visión más contemplativa de un santo.

Otra de las grandes obras maestras de esta etapa sevillana de Velázquez es su «Inmaculada Concepción» (1619), que se conserva en la National Gallery de Londres. Pese a que en esta época se ponía en duda el dogma de la Inmaculada Concepción, Pacheco era un defensor del mismo. Velázquez retrata a la Virgen con una túnica roja-púrpura, aunque su suegro aconsejara en «El arte de la pintura» pintar a la Inmaculada con túnica blanca y manto azul.

«La adoración de los Reyes» (1619), que se halla en el Museo del Prado, retrata a un joven maestro que ya ha alcanzado una primera madurez precozmente. El dominio portentoso de la ténica del claroscuro envuelven al espectador en un lienzo muy delicado en donde es probable que el propio Velázquez y Pacheco aparezcan retratados como Gaspar y Melchor, mientras que la esposa del artista, Juana Pacheco, habría servido de modelo para la Virgen, y su hija mayor, para el Niño. En todo caso es otro ejemplo de las tres edades del hombre simbolizadas en las figuras de los Magos.

«El aguador de Sevilla» (1620), que está en la Apsley House de Londres, es otra de las obras maestras de Velázquez de este época sevillana. De nuevo se representa a personajes corrientes pero cargados de dignidad. La figura del muchacho con la copa de cristal recuerda al muchacho que aparece también en el retrato de la «Vieja friendo huevos». Magistral es también la mancha de agua que aparece sobre la superfecie del cántaro en primer plano de la composición.

De esta etapa sevillana destacan también varios retratos como el de «Don Cristóbal de Suárez de Ribera» (1620), las dos versiones de «La venerable madre Jerónima de la Fuente» (1620) o el «Retrato de caballero/Francisco Pacheco» (1620-1622), que muestran la psicología de los personajes retratados con una impecable resolución técnica.