Plato de loza con la mujer alanceadora, bautizada como «Dulcinea»
Plato de loza con la mujer alanceadora, bautizada como «Dulcinea» - abc

Una pieza del Arqueológico revela que la primera mujer torera es del siglo XVII

Gonzalo Santonja descubre la imagen de una alanceadora, bautizada como «Dulcinea», en un plato de loza

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El primer «valor» femenino ya no es el de La Pajuelera de Goya del siglo XIX. Gonzalo Santonja, catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid, acaba de descubrir la imagen de una alanceadora de finales del XVII en una pieza del Museo Arqueológico Nacional, un plato de loza procedente de Talavera de la Reina. Autor de varios libros sobre los orígenes del toreo, como «Luces sobre una época oscura. El toreo a pie en el siglo XVII» y «Por los albores del toreo a pie. (Siglos XII-XVII)», ahora saca a la luz este hallazgo.

La investigación de Santonja sobre la mujer en el mundo del toro toca todos los frentes: «La mujer en los tendidos, la mujer como ganadera y especialmente la mujer en la cara del toro, pero no en cualquier época, sino en el siglo XVII, de momento en el siglo XVII, porque ese es el límite por arriba de mis investigaciones. Ya tendremos ocasión de hablar de épocas anteriores».

–Su descubrimiento es antes de La Pajuelera de Goya, que es de 1816.

–Sí, antes, pero no solo antes. También con un sentido muy distinto. Goya indica «el valor varonil de la célebre La Pajuelera en la plaza de Zaragoza», y así parece en efecto: valor varonil. Sin embargo, ahora se trata de mostrar una imagen en el esplendor del «valor femenino», una mujer joven en la cara de un toro cuajado que embiste con todo a su favor. Ella viste traje campero y afronta el embroque con decisión y serenidad y también con una sombra de preocupación, porque la escena está captada en el momento decisivo.

–¿Y sabe de quién se trata?

–Es una alanceadora de fines del XVII, amazona consumada, porque está sacando al caballo con soltura y habilidad del lance, levantado de manos para sortear el encuentro. Y el toro va en puntas, nada de pitones arreglados. La escena es espléndida: el toro, alcanzado de lleno, está desmadejándose. El caballo aparece en tensión y la naturaleza se muestra exuberante. Se trata de una pieza extraordinaria.

–¿De dónde proviene esa imagen?

–De Talavera de la Reina y pertenece al Museo Arqueológico Nacional, lo que resulta estupendo, porque significa que es de todos los españoles, como el toreo, y que se guarda a buen recaudo. Este museo es santo y seña de la Historia de España, hay representaciones de toros bravos por aquí y por allá, de todas las épocas y de todos los estilos.

–¿Qué mujeres se ponían entonces en la cara del toro?

–Bueno, hay una gavilla de nombres: Antonia Bretendona, que se ejercitaba en los patios de sus haciendas, o Brianda Pavón, a la que Daza, varilarguero de mediados del XVIII, recuerda asestando un rejonazo certero a «un toro muy guapo» en la Plaza del Arenal de Jerez de La Frontera. Y pronto concretaremos algunos más.

–¿Pondría usted nombre a esa alanceadora?

– Sí: Dulcinea, alanceadora áurea. Dulcinea porque ha nacido cerca de El Toboso y fundamentalmente porque encarna el sueño de mucha gente del toro de poner en su sitio el «valor femenino», un valor que no necesita apellidarse de otra manera.