Carmen Laffón, junto a una de sus obras en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo
Carmen Laffón, junto a una de sus obras en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo - RAÚL DOBLADO

Carmen Laffón: «Blesa no fue tan buen modelo como el Rey»

El Centro Andaluz de Arte Contemporáneo dedica una gran exposición a la artista sevillana

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Carmen Laffón reconoce que no le gustan mucho los periodistas («me acaba de llamar uno de una web para preguntarme por el retrato de Miguel Blesa», se lamenta) y no resulta extraño, pues, no encontrar en internet ni en la hemeroteca ninguna entrevista de ella. Esta elegante sevillana, de bonitos y profundos ojos azules, que no aparenta haber cumplido los 80 accedió el pasado martes a recorrer con tres periodistas la exposición que inauguraría al día siguiente en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla. Durante ese recorrido, que duró algo más de dos horas, por la espectacular muestra, Laffón explicaba con pasión algunas de sus obras. La pasión por su trabajo y la dedicación al mismo definen bien a esta creadora.

El color de las uvas, y más aún las de Sanlúcar de Barrameda, no es siempre el mismo, como puede verse en una de sus impactantes instalaciones, hechas en bronce, con un primor marca de la casa. Enfrente, uno puede ver 19 imponentes paneles que son un completo tratado del uso del color que ha hecho de Carmen Laffón la más brillante representante del realismo lírico español, aunque ella nunca militara en esa ni en ninguna otra corriente artística. Laffón sigue siendo un «verso suelto» que ni se apuntó a la moda de lo abstracto cuando coincidió con Rafael Canogar, Lucio Muñoz, Eusebio Sempere, Fernando Zóbel o Pablo Palazuelo en la galería Juana Mordó hace ya unas cuantas décadas. «Su obra ha estado en el límite de la abstracción, pero ella siempre ha permanecido fiel a sí misma, a su libertad creativa», comenta Juan Bosco Díaz Urmeneta, comisario de esa exposición. Y ella añade: «Me encanta lo abstracto. No tengo nada figurativo en mi casa».

Una perfeccionista

La artista sevillana es perfeccionista y retoca hasta pocas horas antes de la inauguración algunas de sus obras: pone un poco de color de aquí, o quita una mancha blanca apenas perceptible en un paisaje. Para una de sus instalaciones, la de las uvas de bronce, ha traído tierra de Sanlúcar. La luz es su religión artística y nadie la conoce mejor que ella, tras tantas décadas contemplando las puestas de sol de Sanlúcar.

–Se formó en París, Madrid, Roma... ¿Qué ciudad le marcó más?

–Roma me encanta, pero Madrid ha sido como mi segunda ciudad. Mi madre era madrileña e iba mucho con mis abuelos. He vivido allí y mi trabajo ha estado muchas veces allí, la conozco divinamente y me encanta. Con la galería Juana Mordó abrí mi trabajo al mundo.

Carmen Laffón, que nació en el seno de una familia acomodada y muy culta, no fue al colegio. Estudió en casa hasta los 15 años, cuando se matriculó en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla: desde allí iría a Madrid y a otras capitales europeas a continuar su formación. «Como no conocí otra cosa, me pareció natural que los profesores vinieran a casa y no ir yo al colegio», comenta. Empezó a pintar antes de los 15 y tenía un profesor de Dibujo que descubrió su talento y la animó. Muchos años más tarde sería ella la profesora en la Escuela de Bellas Artes, de la mano de Miguel Pérez Aguilera, cuya impronta dejó huella en ella. «Quería muchísimo a Miguel y disfruté como profesora, pero me pusieron las clases a una hora en la que tenía que pintar. Y eso no», confiesa.

La artista y sus musas

Sanlúcar, Sevilla y el Guadalquivir han sido constantes en su obra paisajística. Laffón recuerda esa época en que «vinimos a trabajar aquí para pintar esta orilla tan desconocida, pero ya habían entrado unas máquinas que se empezaron a cargar el paisaje». A Carmen no le enganchó «La isla mínima», de su paisano Alberto Rodríguez, pero sí su fotografía, basada en un trabajo de Atín Aya. «El paisaje de la marisma es espectacular», reconoce. A sus 80 años, Laffón se toma muy en serio su profesión: «Me levanto pronto y a eso de las 9 ya estoy pintando. Trabajo casi todo el día. Como un poco, descanso, me doy un baño, doy un paseo y luego vuelvo al estudio. La inspiración te tiene que coger trabajando».

–Dicen que es un poco lenta pintando...

–Bueno, depende. Pero yo tardo, sí. A veces guardo los cuadros y luego los vuelvo a sacar. Algunos se me atascan, pero tampoco tardo tanto.

–¿Comprende entonces a Antonio López, que lleva 20 años con su retrato de la Familia Real?

–(Sonríe). Antonio tiene otra forma de trabajar: es más preciso y minucioso. Yo no tardé tanto en pintar al Rey, no sé si 4 ó 5 años. Fue un buen modelo, se estaba quieto, aunque mis mejores retratos fueron los de Mariano Rubio y Luis Ángel Rojo.

También hizo un retrato de Miguel Blesa, entonces presidente de Caja Madrid, tasado en 159.000 euros. «Tengo que aceptar estos encargos para poder vivir y también para poder hacer lo que me gusta», dice mirando la serie sobre el Coto de Doñana que ocupa una sala entera del CAAC. «Blesa no fue tan buen modelo como el Rey. Era más nervioso y se movía más, pero conmigo fue muy agradable. Cuando terminé el cuadro y lo envié a Caja Madrid, él ya había dimitido. Creo que no llegó a verlo», dice. Laffón suele dibujar del natural, no le gusta demasiado trabajar con fotos. «Es que no es lo mismo, ni la luz ni el color», se justifica. «Tengo una casa en la Jara y el paisaje es espectacular. Compré la parcela que había enfrente para que no construyeran adosados y no se cargaran el paisaje». Esa es una de sus obsesiones. En su casa de La Jara, en Sanlúcar de Barrameda, tiene un pequeño viñedo que un agricultor vecino recolecta y, luego, embotella. También tiene allí un estudio desde el que pinta el Guadalquvir y el Coto de Doñana.

–¿Si no hubiera sido pintora, qué habría sido?

–Habría sido campera. Me encanta el campo y la huerta. Y la manzanilla de Sanlúcar, que es muy suave. Una copita antes de comer sienta muy bien.

A Carmen Laffón le gustan las exposiciones, salvo las suyas. «Sé que hay que hacerlas, pero no tengo ninguna predilecta, salvo la que hice en el Monasterio de Silos. Fue muy agradable el ambiente y ahí sí me sentí muy a gusto». En otras, como en Logroño o Madrid, incluso ha llorado de angustia: «Es como desnudar tu intimidad y me cuesta mucho».

–¿Por qué no le gusta hablar con periodistas?

–Es que lo importante es la obra, no el artista. El artista habla a través de su obra. Lo que yo piense o mi vida personal, aparte de que es cosa mía, es lo de menos. ¿Es o no?