La tormenta

La fusión de los Ministerios de Cultura y Educación se ha demostrado ineficaz y no ha ahorrado un solo euro

jesús garcía calero
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Los principales museos españoles se han visto obligados a exponer sus vergüenzas presupuestarias, además de las grandes obras de arte de nuestra historia. ¿Cómo pudo la crisis esconderse bajo los miriñaques de las Meninas con ganas de hacer recortes, qué hace su aliento tratando de apagar la bombilla del Guernica? No es de recibo que un país como España encuentre de pronto que la recesión pone a sus grandes museos en «pérdidas» lo mismo que deja en tierra los aviones de Estado. Es una cuestión de dignidad y prioridades. Un Gobierno consciente de la importancia de la cultura -también por su potencial para ayudarnos en la recuperación- debe evitar una situación como esta, que se suma a la debacle de las industrias culturales. Debemos reaccionar de inmediato si no queremos perder la partida del español global.

El Gobierno traía una ley de Mecenazgo bajo el brazo en 2011 para intensificar la participación de la sociedad civil en la financiación de las instituciones culturales. Con suerte la veremos en 2015, así que hemos perdido tres años preciosos, en los que las instituciones de la Milla de Oro han realizado un hercúleo esfuerzo por aumentar los recursos propios, en parte gracias a las leyes que les han dotado de cierta autonomía. El Estado no puede dimitir de sus vínculos sagrados con el patrimonio y las instituciones que lo custodian, pero esos vínculos incluyen algo tan prosaico como pagar las facturas de su personal y mantenimiento. El Prado, el Thyssen o el Reina Sofía no pueden estar en pérdidas a causa de los recortes, reduciendo actividades o miras culturales. Otra cosa sería descubrir defectos en la gestión, pero parece dudoso que eso esté ocurriendo, puesto que están bajo la lupa ministerial, tanto más burocratizada cuanto menor el perfil político.

La tormenta perfecta es un tormento si todo lo que el Gobierno tiene que decir es lo que el ministro Wert declaró el pasado jueves sobre este asunto: «Hay que conseguir más mecenazgo y llevar más gente al Reina Sofía». La devoción por las cifras de visitas no oculta la falta de mejor estrategia y un modesto espectáculo de titulares. Si fuera tan sencillo, ya tendríamos esa ley que Hacienda ha cocido a fuego lento. Es cuestión de sensibilidad con la cultura, con lo que importa y significa. Que haya un acuerdo parlamentario protegiendo al Prado y el Reina Sofía de la pequeña política hace muy significativo que este debate no haya encontrado otro cauce para plantearse con fuerza. ¿Para qué sirve exactamente ese pacto?

La fusión de los Ministerios de Cultura y Educación se ha demostrado ineficaz: ha disminuido la presencia de la cultura en la vida pública española otorgándole un estigma subalterno en un momento que es muy necesaria. Y tampoco ha ahorrado un solo euro. Sería injusto no reconocer que se han logrado cosas sobresalientes, como el nuevo Museo Arqueológico Nacional, que deberían marcar el rumbo de la política cultural española y respaldar ante el Gobierno la necesidad de tomarse muy en serio la situación de instituciones e industrias que reflejan lo mejor que somos desde el pasado hasta el futuro. O la tormenta será el tormento, sin el éxtasis.