tribuna de opinión

Un homenaje a Ricardo Olmos en el Museo Arqueológico Nacional

El investigador del CSIC cambió la percepción de la cultura íbera

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El homenaje a Ricardo Olmos que tuvo lugar en el renovado salón de actos del Museo Arqueológico Nacional, tenía algo de vuelta a casa, aunque esta casa, depositaria de la historia común, siempre ha formado parte de sus inquietudes, anhelos y preocupaciones. Allí comenzó en los años setenta del siglo pasado su actividad investigadora, compaginándola con la docencia en un instituto, cuando aceptó el reto que le hizo Martín Almagro Basch de catalogar y estudiar la colección de vasos griegos y etruscos, uno de los grandes tesoros de sus fondos cuyos orígenes se remontan al reinado de Carlos III. Eran tiempos de renovación de la institución, pero también, como expresaba con enorme sentimiento Mario Torelli, Profesor Emérito de Etruscología de la Universidad de Perugia, de esperanza y confianza a pesar de la negrura circundante, no sólo por la dictadura que se vivía en España, sino también por la crisis económica y moral que llegó a hacer dudar del futuro de la democracia. Y a pesar de ello, paradojas de la vida, el empuje y la confianza en la riqueza infinita del legado clásico alimentaron esas ansias de trabajar por la cultura que nos trajeron una de las etapas más ricas en la historia reciente de nuestro país. Pero es que, en palabras del homenajeado, sin paradojas «no resulta posible ni la enseñanza ni la investigación, actividades ambas que son, ante todo, admiración y continuas preguntas».

Resultado de una larga e intensa vida de experiencias y trabajo es la rica y diversa bibliografía de Ricardo Olmos, pero sobre todo la luz y el calor que acogió a los amigos, colegas y discípulos que abarrotamos la sala. No hizo falta hacer recuento de sus valiosas contribuciones al conocimiento de la Antigüedad, a todos nos era de sobra conocida su renovación de los estudios desde el CSIC; baste recordar que su comprensión de la cultura ibérica desde la complejidad, no sólo puso fin a la simplicidad interpretativa del primitivismo, sino también la consolidaron en el mapa de la civilización Mediterránea, es decir, en la cuna de Europa.

Pero aquella tarde estábamos para celebrar sobre todo al hombre y al amigo. Entre las voces que protagonizaron el acto estaban las de Paloma Cabrera (MAN), Trinidad Tortosa (CSIC) y Carmen Sánchez (UAM); ellas son un espejo del alcance del magisterio de Ricardo Olmos en el museo, la investigación y la universidad, así como del apoyo y la comprensión que siempre hemos encontrado todos, también las mujeres. Su amigo José María Pérez nos hizo aplaudir, emocionarnos y reír con sus caricaturas e historias pobladas de personajes diversos. Desde el monasterio de Santa María la Real y los camiones de galletas de Aguilar de Campoo, hasta las preocupaciones políticas y emocionales por el patrimonio histórico, incluida la anécdota del «puteal de la Moncloa» y las preocupaciones del entonces presidente del gobierno, Felipe González, cuando se planteó que una réplica de esta valiosa pieza del museo, que se presta a todo tipo de juegos de palabras e interpretaciones, fuera regalo institucional para personalidades extranjeras. Y no eludió «Peridis» al Ricardo Olmos arqueólogo de sí mismo, buscando con coraje y determinación en el archivo de su experiencia y memoria la palabra adecuada, resultado del nuevo desafío que tuvo que afrontar cuando un ictus puso un inesperado paréntesis a su vida.

Entre referencias a san Pablo, Tito Livio, Aristóteles, Homero, Esquilo, Hesiodo, Dante, Borges, Flaxman…, y las notas clásicas, populares y actuales del Dúo Santor-Gilort, pues la música es la otra gran querencia de Ricardo Olmos, transcurrió una tarde que no creo podamos olvidar fácilmente. En su rostro se reflejaba la gratitud, la emoción y la amistad. Creo que de una u otra manera, todos pudimos leer en él estas sentidas palabras que Séneca escribió en una de las cartas a Lucilo: «Quiero trasmitírtelo todo, y lo que más me alegra es aprender algo para enseñarlo; y nada me complacerá nunca, por grande y provechoso que sea, si yo soy el único que va a saberlo. Si se me ofreciera la sabiduría con la condición de tenerla oculta y no comunicarla a nadie, la rechazaría. Sin alguien con quien compartirlo, no es grata la posesión de ningún bien».