Instalación «The Funhouse», de Hamilton, en el Reina Sofía
Instalación «The Funhouse», de Hamilton, en el Reina Sofía - JOAQUÍN CORTÉS/ROMÁN LORES

El testamento artístico de Richard Hamilton, en el Reina Sofía

El museo exhibe la mayor antológica hasta la fecha del padre del pop y profeta posmoderno, que él mismo concibió para el museo poco antes de morir

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Dice Vicente Todolí, exdirector de la Tate Modern, que Richard Hamilton agotó todos los caminos hasta el límite. Paseando por la ambiciosa antológica que le dedica, hasta el 13 de octubre, el Museo Reina Sofía -la más completa que se ha celebrado hasta la fecha sobre el artista [ visite aquí las mejores imágenes de la muestra]-, nos damos cuenta de que así ha sido. No le quedaron caminos por agotar. De hecho, si alguien aterriza en el museo sin saber que se trata de una monográfica de Hamilton, a buen seguro creería que es una colectiva de varios artistas. Y es que nunca tuvo un estilo definido, un sello, una marca propia.

Todo le interesó a este hombre ávido de conocimiento, un genio irrepetible: la pintura, el grabado, el dibujo, la fotografía, la tecnología y la informática, la ciencia, el diseño industrial... Para él no había jerarquías entre los medios: todos eran igual de importantes. También abordó todos los géneros y temas: el retrato, la naturaleza muerta, el paisaje, los interiores, la pintura histórica, la propaganda política, la iconografía religiosa...

Sus fuentes

Bebió de fuentes tan dispares como Fra Angelico, Giorgione y Velázquez ( en 2010, un año antes de morir, expuso en el Prado, donde midió sus «Meninas» con las de Goya y Picasso) o James Joyce y Duchamp. Este último fue su amigo y su debilidad. «Joyce me convirtió en el pintor que soy y gracias a Marcel (Duchamp) conseguí darme cuenta de ello», confesó. Tan generoso fue Hamilton que durante un tiempo abandonó su trabajo para reflexionar sobre el trabajo de otro artista: Duchamp. Un caso único en el mundo del arte, donde hay tanto ego por metro cuadrado.

Esta antológica fue concebida hace cinco años por el propio Hamilton para el Reina Sofía -es su testamento artístico, pues murió antes de ver acabado el proyecto- y se confió tan ardua tarea (reunir el trabajo de una carrera tan compleja y prolífica) a dos buenos conocedores de su trabajo: Vicente Todolí y Paul Schimmel. Vimos antes en la Tate Modern una versión reducida de la exposición, de la que se desvinculan abiertamente los comisarios. «La muestra que proyectó Hamilton es esta», advierten.

Artista inclasificable

Son muchas las etiquetas que, con justicia, se le atribuyen a este artista inclasificable. En primer lugar, padre del pop. Antes de que en Estados Unidos Andy Warhol se apropiara de dicha paternidad con sus Coca-Colas, sus Marilynes, sus Sopas Campbell... en Gran Bretaña un tal Hamilton rompía moldes en 1956 con un collage: «Just what it is that makes today’s homes so different, so appealing?» (¿qué es lo que hace que las casas de hoy sean tan diferentes, tan atractivas?). En él están ya todos los iconos pop: la publicidad, los medios de comunicación, la cultura de masas... Por estar, estaba hasta la palabra pop. En una carta enviada a los Smithson, define así este arte: «Popular, efímero, prescindible, barato, producido en serie, joven, ingenioso, sexy, divertido, glamouroso y un gran negocio». Lo clavó.

Padre del pop... y precursor del apropiacionismo y de las instalaciones, tan comunes hoy en el mundo artístico. También se define a Richard Hamilton como un profeta de la posmodernidad. Cree Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, que «entendió tanto el mundo moderno como el posmoderno -tendiendo puentes entre ambos-, tanto Cézanne y el cubismo como la sociedad de consumo. Siempre con ironía y una ambigüedad que le da cierto anacronismo». Patrocinada por la Fundación Abertis, esta exposición de exposiciones reúne 270 obras creadas por Hamilton a lo largo de seis décadas de revolucionaria investigación.

Universo Hamilton

Viajamos al universo Hamilton y en él hallamos varias instalaciones, que conforman el núcleo central de la muestra. Una de ellas, «Growth and Form», donde se combinan ciencia y arte, no se había reconstruido desde que el artista la creara en 1961. También hay curiosidades, como la portada monocroma que hizo para un disco de los Beatles («White Album»), sus diseños de productos Brown cargados de humor (un cepillo de dientes con dentadura incorporada), sus pinturas deconstruidas, los juegos publicitarios con su nombre...

Retrató a Mick Jagger y el marchante de arte Robert Fraser esposados tras una redada antidrogas, «disfrazó» a Tony Blair de pistolero e invitó Hamilton a célebres artistas ( Warhol, Lichtenstein, Jasper Johns, Man Ray, Yoko Ono, Lennon, Richter, Bacon...) a que le retrataran en Polaroids. Por cierto, Hamilton manipuló la de Bacon, simulando su estilo, hasta el extremo de que parecía uno de sus célebres y cotizadísimos retratos. ¿Hay mejor homenaje para un colega que esta apropiación indebida?

Pero Hamilton también fue un activista político, comprometido con el antibelicismo, muy crítico con la guerra de Irak y con célebres casos de violencia policial, como muestran algunas de sus obras. Además, está presente su estrecha relación con España. Tenía casa en Cadaqués, adonde llegó de la mano de Duchamp. Siempre Duchamp... La muestra se cierra con un tríptico inspirado en «La obra maestra desconocida» de Balzac, en el que homenajea a Poussin, Courbet y Tiziano, a los que incorpora a las pinturas. Murió sin acabarlo.