Joan Punyet Miró: «Mi abuelo vería con angustia el referéndum en Cataluña»
Joan Punyent Miró, nieto del pintor catalán, en la galería de Pilar Ordovás en Mayfair - Elisa fonta

Joan Punyet Miró: «Mi abuelo vería con angustia el referéndum en Cataluña»

La galería londinense de Pilar Ordovás recrea la amistad entre el pintor y el escultor Eduardo Chillida. Su hijo Ignacio y un nieto de Miró rememoran sus veraneos juntos en Francia, y el espíritu de concordia y esfuerzo colectivo de aquella generación

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Se conocieron en los años 40 en la capital del mundo de entonces, París. Uno era escultor. El otro pintor. Uno era vasco. El otro catalán. Uno prefería las líneas cóncavas, y el otro las convexas. Provenían de universos diferentes. Pero allí comenzó a gestarse un lazo de amistad entre dos sagas familiares que llega hasta hoy. Aquel Eduardo Chillida (San Sebastián 1924-2002) veintenañero provenía de la «luz negra» del Cantábrico, mientras que el artista catalán Joan Miró (Barcelona 1893-Palma de Mallorca 1983) había nacido en la «luz blanca» del Mediterráneo.

Las dos familias veraneaban en la casa de Aimé Maeght en Saint-Paul-de-VenceCerca de esas aguas, en la localidad francesa de Saint-Paul-de-Vence, en la Costa Azul, sus hijos y sus mujeres -las dos llamadas Pilar- tomaron el testigo de su amistad. Allí compartiendo todos, en los 60 y los 70, los placeres del veraneo familiar en la casa que alberga hoy la Fundación de Marguerite y Aimé Maeght, el conocido coleccionista francés y anfitrión de los dos clanes. Ahora, la galería londinense de Pilar Ordovás ha querido evocar los cimientos de aquel encuentro entre dos almas universales con la ayuda de Ignacio Chillida, hijo del escultor donostiarra, y de Joan Punyent Miró, nieto del pintor catalán, que rememoran en esta entrevista la significación de aquella amistad.

La exposición estará abierta hasta el 26 de julio, y reúne obras de ambos artistas, incluido un dibujo regalado por Miró a Chillida en los 70 que se expone por primera vez, y correspondencia inédita hasta la fecha.

-¿Habría sido diferente la amistad entre Miró y Chillida en esta era de la hiperconectividad y de Twitter?

-Joan Punyent Miró: Para nada, porque estarían al margen de tecnologías como Whatsapp y Facebook. El artista vive en un mundo más introspectivo y complejo, al margen de la sociedad. El poeta francés Antonin Artaud decía de Van Gogh que se había «suicidado de la sociedad». Pero, a la vez, estos artistas se nutrían de la problemática social y política de la España del franquismo para exigir la abolición de la pena de muerte o el restablecimiento de elecciones democráticas. Chillida y Miró tenían una conciencia social brutal.

-Ignacio Chillida: La relación habría sido diferente, en parte porque mi padre era un desastre con la tecnología. Cada dos por tres me llamaba por el interfono que compartíamos en el taller porque tenía algún problema técnico. Para él, eran problemas irresolubles porque no le interesaban. Las cartas eran muy importantes en su relación, lo cual es un desafío para nosotros porque eran manuscritas y no hacían copias. Solo más tarde comenzaron a hacerse copias con papel vegetal, y después fotocopias.

-¿Las cartas estaban ya catalogadas?

-I.C.: No, tuve que ponerme a rebuscar para esta exposición. Busqué en las carpetas de casa de mi madre porque estaban entre la correspondencia privada y familiar, y esa parte no está catalogada. Además me llevé un susto porque, cuando me puse con las carpetas, la de la letra «M» estaba vacía, y en la «J» tampoco había nada. Al final, aparecieron unas cuantas. La suya, en cualquier caso, era una amistad distinta, no requería mucha proximidad, aunque coincidían a menudo. Se gestó sobre todo en Saint-Paul-de-Vence en los 60 y los 70.

-¿Cómo era Miró?

-I.C.: Con nosotros era siempre simpatiquísimo y un gran aliado. Mi hermano Pedro y yo, que somos de una edad similar, hacíamos toda clase de barbaridades, y él siempre nos sacaba la cara con mi padre o con los Maeght. Como era así, tan pequeñito y tan simpático, parecía un niño más. Mi hermano y yo empezamos a conducir allí con 14 o 15 años. Nos dejaban un Fiat 600 rosa descapotable con los asientos de mimbre, que todavía tiene Isabelle, la nieta de los Maeght. Recuerdo que una vez íbamos mi hermano y yo conduciendo y, detrás, Joan Miró e Ira Kandinsky, la mujer del pintor, que tenían un par de narices para montarse con dos chavales que no tenían ni idea de conducir.

-¿Cómo era la rebeldía de Joan Miró que tanto admiraba a Chillida?

- J.P.M.: Lo acuña Ignacio [Chillida] en un texto precioso que escribió en 1983 cuando murió mi abuelo. Le llama rebelde porque mi abuelo fue un artista que vio cómo, tras la Segunda Guerra Mundial, nacieron el informalismo, el tachismo o la abstracción americana e intentaron enterrarle en vida como si fuese un dinosaurio del pleistoceno. Entonces decidió ir contra sí mismo. Miró contra Miró. Era multimillonario, sus cuadros costaban millones en las subastas de Nueva York, y podía haber estado toda su vida pintando soles, lunas y estrellas. Pero nunca quiso ser un artista retirado, un abuelito. Por eso, cuando se organizó su retrospectiva en el Grand Palais de París de 1974, expuso en la entrada cinco telas quemadas colgando de hilos. Fue una declaración de anti-pintura muy radical, dadaísta, para demostrar que seguía vivo y que era un artista contestatario.

-En una entrevista, Chillida dijo que «era un problema importante» que él dibujaba líneas cóncavas y las de Miró eran convexas. ¿Qué quería decir?

-I.C.: Nunca hay que dar un significado muy concreto a esas cosas. Mi padre decía siempre que el ángulo de 90 grados es intolerante porque solo admite ángulos como él, y por eso prefería otros ángulos. Pero estoy seguro de que, en muchas de sus esculturas, hay ángulos de 90 grados, aunque no los buscara. En realidad, Miró y Chillida eran muy parecidos. Los dos eran personas ingenuas, y por eso tenían tanta confianza, a pesar de tener edades diferentes. Es muy bonito que en aquella época, en la que era muy habitual pedir a los artistas apoyo para todo tipo de causas, se consultaban y se ponían de acuerdo.

-Llama mucho la atención que coordinaran sus posicionamientos públicos, indica que eran muy conscientes de su responsabilidad social, ¿no?

-J.P.M.: Claro. Recuerdo perfectamente ver entrar al Rey Juan Carlos con su moto en casa de mi abuelo en Mallorca en 1978. Cuando estaba en el Palacio de Marivent, se refería a mi abuelo como «mi ilustre vecino». Hablaban de cultura y de política. Mi abuelo le regaló uno de sus cuadros azules. Era catalán, republicano y de izquierdas, pero un catalán universal con una visión europeísta y gran altura de miras. Él si pasó una guerra civil, nosotros no. Antes no había tantos egos. Había concordia, había compromiso y, sobre todo, había ilusión para trabajar juntos por un mundo mejor. Josep Lluis Sert desde la arquitectura, Chillida desde la escultura, y Miró desde la pintura. Todo el mundo empujaba el carro en la misma dirección.

-¿Se han hecho sofocantes las identidades en España?

-J.P.M.: Sí. En EE.UU., republicanos y demócratas discuten todo el día pero el interés general de la nación es sacrosanto y está por encima de toda ideología. Mi abuelo era una persona con una visión muy americana del concepto de nación. Por eso creo que mi abuelo asistiría con angustia al debate sobre el referéndum en Cataluña. Era un catalán universal, que sentía que debía pagar un tributo a Francia. «Yo he ido del campo catalán a París», decía. Veía a Barcelona estancada y provinciana. Y ese tributo fue la decisión de titular sus obras en francés. Su arte se europeizó a través de André Breton y Tristan Tzara, de la producción dadaísta y el manifiesto surrealista de 1924, y los poetas Robert Desnos, Jacques Dupain, o Jacques Prévert. Picasso era malagueño, Dalí era catalán, Kandisnky era ruso, en París había miles de nacionalidades, pero daba igual porque saltaban la barrera del nacionalismo para ser internacionales y universales.

-¿Cómo vivía Chillida su identidad?

-I.C.: Muy fácil. Tenía un campo amplísimo. Él siempre decía que era un árbol con las raíces clavadas en su tierra, pero con ramas que no tenían límite y llegaban a todas partes. El actuaba con total libertad en cada caso concreto, no seguía ningún canon, y siempre sorprendía a unos o a otros. Cuando se celebró el referéndum de la OTAN en 1986 él dijo que le parecía bien que España entrara, y muchos le consideraron un traidor por ello, pensando que el autor del logo de las Gestoras pro Aministía tenía que ser contrario a la OTAN. Otros no soportaban que hubiera hecho aquel logo. El consideró que tenía que salir a pedir la libertad de JoséMaría Aldaya [secuestrado por ETA en 1995], o participar en manifestaciones de Basta Ya. Y deduzco que Miró era también un hombre totalmente libre, al menos eso decía siempre de él mi padre.