El tanque de Marinetti
Obra del colectivo «Democracia» en la galería ADN - ISABEL PERMUY
ARCO'14

El tanque de Marinetti

El columnista de ABC David Gistau visita ARCO y nos ofrece una mirada muy personal de la feria, que hoy cierra sus puertas

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Nada más llegar, veo en la cola un público que no se parece precisamente al que acudiría a una feria de la Asociación Nacional del Rifle. Refinado. Con unos cortes de pelo y unas monturas de gafas que me recuerdan a los «bohéme-bourgeois» del Marais. Veo también, en el exterior, un carro de combate, más hermoso que la Victoria de Samotracia. Albergo la esperanza de haber llegado justo a tiempo de presenciar cómo un artista iconoclasta expresa en un «happening» su desprecio por el arte contemporáneo expulsando a los mercaderes del templo a base de aplanar sus «stands» con un tanque. Pero no se trata de eso. A las puertas de otra feria, la de «Aula», el ejército ha instalado una muestra promocional. Confía en que los estudiantes salgan lo bastante desanimados como para alistarse. El carro es de la Infantería de Marina, la más antigua del mundo, heredera de las Compañías Viejas del Mar que sirvieron en Nápoles: «Semper Fi», pero en Cádiz.

Hay una intención malvada en el encargo que me han hecho de pasarme por ARCO. Sólo cabe esperar de mí la sinceridad infantil de quien lo ignora todo, un poco como meter a Greystoke en una cena regida por el protocolo aristocrático británico. Mi desconfianza es tal que, para desembarazarme de un vaso de café vacío, inspecciono la papelera para asegurarme de que no me harán pagar alguna obra arruinada, qué sé yo, un canto onírico al reciclaje. Arrojo el vaso, espero unos instantes, no acude ningún guardia, nadie me llama bruto. Hay piezas abstractas en las que no logro descubrir nada que no haya visto antes en la decoración de una sala de espera de un médico. Hay lienzos negros, me refiero a que son completamente negros, que algunos visitantes inspeccionan con la mano puesta en el mentón: sospecho que están forzando la mirada como en aquellas láminas de pasatiempos de las que salía el relieve de un galeón.

Una feria menos pirotécnica

Hay dos perros fornicando que se parecen al brochazo del perro goyesco atrapado en el barro. Hay un artista que prende fuego a mamparas de ducha y luego las muestra, derretidas: puede ser una salida profesional para el gamberrismo incipiente de mis hijos, como cuando Homer Simpson fracasó al intentar montar una barbacoa y el resultado fue expuesto y le permitió llevar boina existencialista en los circuitos del arte contemporáneo. Hay un vídeo en el que una mano golpea constantemente una puerta, como en una tortura de Guantánamo. Me apiado de quienes deban oírlo durante horas.

Con todo, la feria es menos pirotécnica y más sencilla de lo que esperaban mis prejuicios. Empiezo a pasarlo bien, a fantasear con las piezas por las que podría instalar una alarma en casa. Me gustan el vigor y el color de las acuarelas de Maki Na Kamura, paisajes urbanos devorados por una rabiosa irrupción vegetal. Julian Charrière, suizo, tiene una formidable obra fotográfica en blanco y negro en la que a aquello que captura le ha sido añadido su nombre: duna sobre una duna, cráter sobre un cráter, como si las cosas se hicieran primero verbo y ya nunca dejaran de serlo.

El creador que se nutrió de la actualidad

El asidero que me permite conectar con el arte, entenderlo, es el periodismo: la mirada del creador que se nutrió de la actualidad, la vocación social. Un artista de origen cubano, Adrián Melis, que llegó a España cuando más lacerante era la crisis, expone una visión fotográfica de tejados que ya tiene de por sí categoría estética. Una acotación aclara que cada tejado corresponde a una casa desahuciada, se informa del banco que lo ejecutó y del montante de la operación. Al lado hay un monitor en el que aparecen sin pausa aplausos de parlamentarios en sus bancadas de todo el periodo democrático.

En el mismo «stand», el colectivo «Democracia», una escisión de «El perro», retrata antidisturbios fotografiados en la calle y sellados con un escudo de reminiscencias soviéticas y con eslóganes en inglés como «Nosotros o el caos». Un poco de ira para llevarse a casa, como en un ático de la «gauche-divine», que trasciende lo ornamental. «Escribid a Papá Noel y pedidle trabajo», reza un cartel alegre como el neón de un «dinner». Iván Argote ha impuesto un poncho a las estatuas colombianas de Colón e Isabel, indigenizándolos: «El colonizador colonizado». Máscaras de Anonymous tienen incrustada una pedrería que evoca la calavera de diamantes de Damien Hirst.

Miradas feroces

La galería Leyendecker sólo contiene maravillas. Richard Mosee, fotógrafo de guerra en Irak y Afganistán, aprovecha una película Kodak de uso militar que vira la clorofila al rosado para retratar escenarios bélicos distorsionados, como de algodón de azúcar. Miradas feroces y AK-47s, campos de adormideras y guerrilleros africanos, todos ellos edulcorados por la visión de un daltónico. La artista Lori Nix hace minuciosas, extraordinarias maquetas de un mundo post-apocalíptico, bibliotecas, vagones de Metro y lavanderías devastados, en las que no existe ya presencia humana. El resultado es poderoso, cinematográfico. Richard Bangsen es capaz de transmitir una desolación atroz sólo con fotografiar en blanco y negro, con una textura espectral, una cancha de tenis abandonada o un cementerio de neumáticos. También a él le sobran los humanos, que parecen haber dejado de estar definitivamente.

Como algo en unos bancos comunales, como de una Oktoberfest «cool» y con fondo musical ibicenco, alrededor de los cuales hay barras sofisticadas, pertenecientes a restaurantes de moda. Al marcharme, cierro el círculo que abrió el carro de combate: Attila Kovacs expone munición de Artillería -¿artes marciales?-: obuses, granadas con espoleta que fueron lanzadas y no explotaron. Al final, algo había de la Asociación Nacional del Rifle, por más que los cortes de pelo y las monturas de las gafas sugirieran los bistrots del Marais.