Dos hombres admiran «Felipe IV a caballo», de Gaspar de Crayer
Dos hombres admiran «Felipe IV a caballo», de Gaspar de Crayer - JOSÉ RAMÓN LADRA

El Prado, en la distancia corta

El museo libera la belleza encerrada en 280 obras de su colección, todas de pequeño formato, en su nueva exposición

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El tamaño no importa. Tampoco en el arte. Cuelgan en el Museo del Prado grandes obras, en todos los sentidos. Grandes en calidad y también en tamaño: «Las Meninas», «Los fusilamientos del 3 de mayo», «Las Lanzas»... Son sus huéspedes más célebres y populares. Pero hay otro Prado menos famoso, más secreto, íntimo y oculto, inédito para varias generaciones. Un Prado «de bolsillo» en el que habitan obras de pequeño formato: cuadros de gabinete, pinturas de devoción que formaban parte de oratorios portátiles, bocetos preparatorios...

Tienen difícil competir con las prima donnas del museo, muchas veces porque ni siquiera se hallan en él (son depósitos) o sencillamente están en los almacenes. Son obras sacadas de los arrabales de las colecciones del museo: el Prado disperso y el Prado oculto. La nueva exposición del museo reivindica y homenajea a este otro Prado con 280 obras (unas 90 no cuelgan habitualmente en sus paredes), que recorren del siglo XIV, cuando surgen estas obras de pequeño formato, al XIX.

La muestra, en 17 gabinetes

Durante seis meses, dos de las salas de exposiciones temporales del Prado acogen «La belleza encerrada. De Fra Angelico a Fortuny». Los espacios diseñados por Rafael Moneo han cambiado por completo de fisonomía. Se han tornado en 17 pequeños gabinetes. Se invita al visitante a ver las obras sin prisa, con detenimiento, muy de cerca, en la distancia corta, como requieren estos tesoros para descubrir toda su belleza encerrada, que es mucha, y, si es posible, llevarnos un trozo de ella al concluir la visita. Ese es el deseo de Manuela Mena, comisaria de esta pequeña gran exposición, patrocinada por la Fundación BBVA.

El montaje está plagado de guiños y juegos. Pequeños ventanales en las paredes invitan a que nos asomemos y miremos, cual voyeurs, lo que hay al otro lado. Nos sentimos como esa Alicia agigantada, pasando a través del espejo y explorando este diminuto país de las maravillas; como Gulliver paseando por este liliputiense y exquisito jardín de las delicias... En él nos tropezamos con un pozo. Nos asomamos y contemplamos «La mesa de los pecados capitales», de El Bosco.

Sin interferencias

No hay cordones de seguridad lejos de las obras; tampoco cartelas junto a los cuadros. La comisaria quiere que no haya interferencias, que nada distraiga la relación entre el espectador y la obra de arte. Sí dispondrán los visitantes de un programa de mano con información de todas las obras: retratos, bodegones, paisajes, pinturas mitológicas y religiosas... Las hay en madera, lienzo, cobre, pizarra, hojalata, mármol, alabastro, arcilla, bronce, cristal... La lista de grandes maestros presentes es interminable: Rafael, Andrea del Sarto, Fra Angelico, Sebastiano del Piombo, Tiziano, Tintoretto, Veronés, Bassano, Van der Weyden, El Bosco, Carracci, Luca Giordano, Durero, El Greco, Rubens, Brueghel, Velázquez, Goya, Mengs, Fortuny...

Mies van der Rohe promulgaba su célebre «menos es más». Ya se sabe: lo breve, si bueno... Bellísimos haikus, hermosos microrrelatos, breves composiciones musicales... La cultura no se mide por el tamaño. Goya es capaz de pintar con la misma maestría su gigantesca «Familia de Carlos IV» y los retratos en miniatura de su familia política: dos diminutos cobres (81 milímetros de diámetro) de la madre y la hija mayor de los Goicoechea. Advierte Manuela Mena que esta exposición «no es un paseo esteticista sobre la belleza en el arte, ni siquiera un compendio de obras maestras del museo en pequeño formato, sino un paseo por el tiempo en el que nada ha cambiado y todo ha cambiado; un reactor nuclear que nos permite entrar en las emociones del arte».

La sabiduría y belleza del Prado

La comisaria nos invita a descubrir los hermosos y diminutos unicornios blancos que Patinir pintó en «El paso de la laguna Estigia»; el caracol que sube por una hoja en «El paraíso terrenal» de Jan Brueghel el Joven; las miradas de los novios en las «Capitulaciones de boda», de Watteau... El director del Prado, Miguel Zugaza, nos propone el disfrute del pormenor admirando, por ejemplo, la sucesión de celdillas, engarzadas en oro labrado, que forman la maravillosa predela de «La Anunciación» de Fra Angelico, obra maestra que cuelga a la altura de los ojos del espectador para admirarla en toda su belleza. Advierte Zugaza que «en estos tiempos de austeridad e incertidumbre que corren, cuanto más débiles nos sentimos más ahondamos en la sabiduría y belleza del museo. Este pequeño museo dentro del museo es un acto de generosidad del Prado consigo mismo y con el público».

De 20.30 a 1.00 se puede visitar hoy, en primicia y gratis, la exposiciónSe han limpiado y, en muchos casos, restaurado las obras expuestas. porque, como apunta Manuela Mena, «la belleza también está encerrada bajo los barnices». Gracias a dichas restauraciones hay hallazgos y nuevas atribuciones. Es el caso de un «Cristo atado a la columna». Ha aparecido su firma: ahora sabemos que es de Cornelio Schut. Antes de su inauguración el lunes, el público podrá visitar hoy la exposición, en primicia y de forma gratuita, de 20.30 a 1.00 horas con motivo de La Noche de los Museos.

El recorrido de la muestra arranca con la diosa de la sabiduría: una copia reducida del siglo II d.C. de la «Palas Atenea» de Fidias, de 12 metros, que lucía en el Partenón. Concluye con una vieja postal de la «Gioconda», uno de los ídolos paganos de nuestro tiempo, en la versión de la copia del Prado (mucho antes de que salieran a la luz todos sus secretos). La adquirió en el museo en 1911 un niño de 14 años, Casimiro García Morana. Su nieto, Juan Alberto García de Cubas (responsable del diseño del montaje de la muestra) donó esa y otras postales al Prado. Aquel niño, que la adquirió al día siguiente de que el original fuera robado en el Louvre, se llevó a casa, encerrada en esa postal color sepia, un trozo de labelleza inmortal que encierra la Mona Lisa.