Robert Adams retrata la trágica belleza del Oeste americano
Un joven admira cuatro fotografías de Robert Adams - EFE

Robert Adams retrata la trágica belleza del Oeste americano

El Museo Reina Sofía expone la primera retrospectiva en Europa de este fotógrafo, cuyo trabajo constituye una novela épica de los últimos 45 años de vida americana

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El Museo Reina Sofía arranca su apretada y potente temporada expositiva con el fotógrafo norteamericano Robert Adams (Orange, Nueva Jersey, 1937), quien, pese a ser un nombre destacado del panorama internacional y una figura clave para entender la fotografía, no es suficientemente conocido en nuestro país, según el director del museo, Manuel Borja-Villel. El Reina Sofía le dedica, hasta el 20 de mayo, la primera gran retrospectiva en Europa, organizada en colaboración con la Yale University Art Gallery, que en 2004 adquirió más de 2.000 obras de este fotógrafo. La muestra viajará después a Alemania, Francia y Suiza.

A través de 300 fotografías en blanco y negro y pequeño formato, que recorren todas sus etapas de medio siglo de carrera -22 series repartidas en diez salas-, y 40 libros (son fundamentales en la carrera de Adams), nos sumergimos en el Oeste americano. Un Oeste americano que poco tiene que ver con las míticas imágenes que nos ha legado el cine, es muy «sui generis» y especial. Como explica Borja-Villel, estas instantáneas son aparentemente silenciosas. En ellas casi desaparece la figura humana. No hay concesiones románticas. Su visión, dice, es fría, semejante a la de un cartógrafo. En realidad, lo que nos desvela es una realidad compleja, llena de contradicciones: belleza y tragedia, esperanza y desesperanza...

Ética y acción cívica

Joao Fernandes, que se estrenaba públicamente como nuevo subdirector del Reina Sofía en la presentación de esta exposición, destaca la mirada silenciosa pero no pasiva de Adams, quien siempre ha defendido un principio ético entre arte y vida: «Vivir es defender una forma». Y en todas sus fotografías se advierten no pocas acciones cívicas. Una de las más evidentes, la defensa de la naturaleza. Denuncia la contaminación de los ríos (como el Columbia), la devastación de los bosques, las talas indiscriminadas, pero también guerras como la de Irak. En una de sus series toma imágenes de un homenaje que se les rindió a las víctimas de aquella guerra en Chicago: se expusieron un par de botas por cada soldado americano caído y un par de zapatos por cada civil iraquí muerto.

En las fotografías de Robert Adams no solo aparece el mundo como es, sino también nos muestra cómo cambia. Es una forma de interrogarse e interrogarnos sobre lo que está ocurriendo en el mundo. Como Adams no solo domina la imagen, sino también la palabra, es un acierto elegir sus propios escritos para los textos de sala de la exposición. Joao Fernandes los ve como una especie de haikus.

Lo bueno y lo malo de la cultura americana

Joshua Chuang, uno de los comisarios de la exposición, junto con Jock Reynoldos, advierte en el trabajo de Robert Adams «una metáfora de lo que es bueno y malo en la cultura americana». A los 15 años, Adams se trasladó de su Nueva Jersey natal hasta Colorado. Su clima le venía muy bien para sus problemas respiratorios. Pronto se enamoró de su paisaje. Tras un paréntesis en California para doctorarse en Literatura Inglesa, regresó a Colorado. Profesor de inglés, comenzó haciendo fotografías por diversión, pero con el tiempo se convirtió en su gran pasión y su profesión.

Chuang tilda su trabajo de «literatura visual. Es como una novela épica de los últimos 45 años de vida americana». En ella nos muestra no solo lo que hay que celebrar, sino también lo que hay que cambiar. Nos invita a preguntarnos sobre los lugares que vivimos. De ahí el título de la exposición: «Robert Adams: el lugar donde vivimos».

La otra cara del Edén

Otra de sus series presentes en la muestra refleja perfectamente su trabajo, con todas sus contradicciones. Se trata de un lugar llamado Edén, en Colorado. Pese a lo que pudiera pensarse, no se trata de un paraíso bíblico. Fue bautizado así por un oficial de ferrocarril. El lugar tiene poco de Edén: paradójicamente, hay en él un sórdido motel de carretera cerrado, un desguace, una parada de camiones, un depósito de gasolina, vallas publicitarias...