Urbizu rasca en la mugre del 11-M

Magnífico exprimidor de lo sórdido, presentó en el Festival de San Sebastián «No habrá paz para los malvados»

SAN SEBASTIÁN Actualizado:

No ha tardado ni siquiera un día esta edición del Festival en mejorarse a sí misma. Ha entrado Enrique Urbizu de una patada a la puerta, y su película, «No habrá paz para los malvados», es una expedición por el más puro género policíaco, un «thriller» ronco y negro cuyos personajes (mayormente gentuza) apestan a oscura realidad, y con un protagonista, el inspector Santos Trinidad, con un decálogo ético que escandalizaría hasta al peor Torrente. De hecho, la película arranca muy en serio como aquel legendario primer Torrente lo hacía muy en broma…, algo así como «rápido, ponme más copas que tengo que entrar de servicio»… Una secuencia de presentación animal del personaje, y deja de haber paz hasta el punto y final, tan extremadamente bueno y doloroso que te induce a pensar que no has visto una película policíaca, sino el envoltorio arrugado con el que la fatalidad puede envolver un día cualquiera, como por ejemplo un 11 de marzo.

José Coronado (al que realmente debieran coronar aquí en el Festival) pinta en dos brochazos a ese Santos Trinidad, alguien que vive en las zonas tenebrosas de la ley, y en la impunidad de su amparo, y que, siguiendo el rastro de un testigo que se le escapó vivo, mete la mano, sin querer, pero sin sacarla tampoco, en un avispero. Urbizu sigue a Trinidad, y Trinidad sigue el rastro que ha dejado el «moro»… Hay mucha cautela y resaca en la cámara y más aún en la actuación de Trinidad, que nos deja muy pocas palabras pero muchas observaciones, o indicaciones, o advertencias: de fiscales, cuerpos de policía, confidentes, infiltrados y fanáticos…

La frialdad, la obsesión, la implacable mirada hacia delante, el caiga quien caiga despiadado es el paisaje moral de la historia, su criterio subrayado, tanto en el propio Santos Trinidad como en los que vigila y lo vigilan, y se convierte también en el lema, en el protocolo de «No habrá paz para los malvados», una película fría, seca, obsesiva y que no te conecta emocionalmente con nadie hasta sus momentos finales en los que aparecen, por fin, personas.

Y en medio de la historia que cuenta, se planta, tapándola, incluso, la que no cuenta: hay un retrato negrísimo y hábilmente sugerido, disimulado, entrevisto, de cómo se cruzan las investigaciones, los informes e informantes, los distintos departamentos y sus líneas rojas (Juanjo Artero, Helena Miquel, Pedro María Sánchez… ), y deja la sensación de que está el campo lleno de charcos y de que seguimos pisándolos diez años o diez siglos después. Enrique Urbizu, magnífico exprimidor de lo sórdido, alcanza aquí su retrato perfecto, sus trescientos sesenta grados, cuando se reconvierte en sublime, como el santísimo Trinidad. Todo lo que trajo el cine de Urbizu se lo llevó de un escobazo Kim Ki Duk, el cineasta coreano que no acaba de levantar cabeza tras el accidente en el rodaje de «Dreams». Se presentó aquí con una cosita titulada «Amen», apenas setenta minutos de cámara aficionada que sigue a un personaje, a una joven, por París, por Venecia, por Avignon…, para contar una diminuta historia de chica que busca a chico que no quiere ser encontrado por ella. No es fácil resultar tedioso y repetitivo en tan poco tiempo, pero Kim Ki Duk lo consigue…

En fin, que no ha perdido del todo su «swing» cinematográfico y si insiste acabará volviendo a ser tan cargante, tan poético o tan agresivo como lo era antes su mejor cine.