Tres siglos de jondura: ayer y hoy de la mujer en el cante

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Desde los albores de la historia conocida del arte flamenco, la mujer ha estado presente en el cante con cierta significación. Los nombres de La Pilí, La Jacoba, La Lola, Ana y Antonia La Lora, gaditanas, han quedado en los anales del género como cantaoras legendarias punteras, según la tradición oral. Y sin salir de la comarca gaditana, se erige un nombre artístico destacadísimo, el de María Borrico (siglo XIX), siguiriyeragenial y hermana del cantaor El Viejo de La Isla.

De Sanlúcar de Barrameda aparecen en el panorama cantaor del siglo XIX: María La Mica, gran siguiriyeray creadora del denominado cante de Las Mirris, y su hermana, Pepa la Bochoca, de la familia de los Vargas. Y de Huelva, la célebre La Parrala, motivo de coplas por circunstancias vitales.

Al unísono, en Jerez de la Frontera lucían cantaoras del rango de Tía María La Jaca, Tía Salvaora, María La Regalá, La Lobata, Candelaria Fernández, La Geroma, La Loca Mateo, Curra la Sandita y La Junquera, todas de repertorio. Y les sigue con celebridad y maestría, La Serneta (1834-1912), creadora de una forma por soleá y figura reconocida como magistral aquende y allende Despeñaperros.

La Niña de los Peines

Y llegamos a Pastora Pavón Cruz (Sevilla, 1890-1969), hermana de los cantaores Tomás y Antonio Pavón. Esposa del cantaor Pepe Pinto y artísticamente llamada La Niña de los Peines, nombre cartelero debido a que en sus comienzos cantaba una copla por tangos que empieza diciendo: «Péinate tú con tus peines...», copla que se hizo popularísima, cuando siendo todavía una niña actuaba en la Taberna de Ceferino de su ciudad natal, desde donde pasó a los principales tablaos españoles. Considerada la cantaora más importante de la historia, fue amiga de Falla, García Lorca —de quien interpretó por bulerías las coplas llamadas lorqueñas—, y de Julio Romero de Torres, que la reflejó en uno de sus lienzos. Está valorada como la gran maestra de todos los tiempos. El poeta y flamencólogo Ricardo Molina escribió: «Pastora es la encarnación misma del cante flamenco, como Bach lo fue de la música».

Otra cantaora magistral fue Isabelita de Jerez (1895-1935), así como su paisana Tía Anica La Piriñaca (1899-1987), largas de estilos y muy personales.

Sevillana de La Puebla de Cazalla La Niña de la Puebla (1909-1999) destacó sobremanera en su versión de «Los campanilleros», así como en los aires fandangueriles. Y maestra de la soleá y sucesora en este estilo de La Serneta, Fernanda de Utrera (1923-2007), ha sido la más jonda de su generación, poseedora de una voz «afillá» conmovedora. Y gran festera, su hermana Bernarda (1927-2008).

Una gran acogida de público y crítica tuvo en su debut madrileño, concretamente en el tablao El Corral de la Morería, en 1957, Francisca Méndez Garrido, La Paquera de Jerez (1934-2004). Desde aquella fecha, su popularidad sería máxima, desarrollando una trayectoria triunfal por teatros y festivales, creando un estilo por bulerías verdaderamente brillante.

Igualmente muy popular, a la malagueña La Repompa (1937-1959) se la recuerda como una cantaora sumamente original, especialmente por tangos. En cuanto a la sanluqueña María Vargas (1947), puede decirse que es una de las intérpretes más completas del acervo cantaor. Lo que también puede aplicarse a Carmen Linares, cuyo dominio de los estilos es admirable. Sin olvidar a las recientemente desaparecidas María La Burra y Adela Chaqueta.

Tradición frente a fusión

A estas grandes cantaoras hay que añadir los nombres de Perlita de Huelva, Remedios Amaya, Ana Reverte, Aurora Vargas, La Susi, Mayte Martín, Esperanza Fernández, Ginesa Ortega, Mariana de Cádiz, La Macanita, Niña Pastori y Estrella Morente. Y nuevas cantaoras continúan surgiendo: Elu, Carmelilla Montoya, Montse Cortés, Argentina, Marina Heredia, María Toledo, Dolores Agujetas, Encarna Anillo, Montse Pérez, Elena Andújar, Nazaret Cala, Sonia Miranda, que demuestran que la presencia del cante de mujer prosigue vigente con mayor número de voces que nunca. Y lo que es más importante, apareciendo con fuerzas renovadas, porque, frente a las fusiones tan en boga, la mayoría de las nuevas cantaoras mantiene las características del cante tradicional.