«Tenía pensado entregar el libro el día del Apóstol, el año que viene»
Manuel Fernández Castiñeiras, junto a su hijo, a su llegada a los Juzgados - miguel muñiz
Códice calixtino: la investigación

«Tenía pensado entregar el libro el día del Apóstol, el año que viene»

Los tres diarios del electricista detallan que empezó a robar de las cajas de seguridad y las colectas de la Catedral en 2004 y lo hizo hasta 2006

CRUZ MORCILLO
madrid Actualizado:

El juez, el fiscal, el secretario judicial, los policías... Todos observaban el baúl y miraban a Manuel Fernández en busca de una respuesta que él, encastillado en el silencio, se negaba a proporcionar. «¿De dónde viene todo este dinero, hombre?», le preguntaron una y otra vez. Y Manuel por toda respuesta dirigía los ojos al suelo. Ese era su santuario: salvo el Códice Calixtino, todo lo importante que había conseguido en su vida se encerraba entre esas cuatro paredes. Ni a su mujer ni a su hijo les permitía entrar y cual Barba Azul furibundo colocaba marcas para saber si alguno contravenía sus órdenes y se adentraba en la estancia.

Las sorpresas fueron surgiendo una tras otra como si se tratara de un número de magia en esos registros. El millón cien mil largo de euros encontrado provocó una convulsión ante el miedo justificado de que el antiguo electricista de la Catedral de Santiago hubiera vendido el manuscrito. Pero no menos los tres cuadernos, que destaparon una personalidad minuciosa y desconfiada. En ellos, a modo de diario, Castiñeiras anotó día a día junto a sus obligaciones cotidianas aquellas fechas en que robaba dinero u objetos del templo, sin escatimar detalles.

«Hoy es el primer día que he robado dinero de la Catedral». Así comienza el diario de 2004 de Manolo

Según esos tres libros, comenzó con cantidades de dinero importantes en el año 2004 y siguió hasta 2006. Un libro por año, con una cifra al final de cada diario o cuaderno de contabilidad del botín logrado, marcada con bolígrafo rojo. La suma de las tres -X- una X superior en varios miles de euros, según ha podido saber ABC, a la cantidad encontrada. Lo más probable es que la haya gastado y también que su carrera de ladrón del clero comenzara mucho antes y le permitiera pagar sus tres pisos y tres garajes al contado en billetes, nada de cheques ni talones. Pudo empezar por las limosnas hasta que averiguó la clave de la caja de seguridad de la catedral.

«Faltaba dinero de la caja»

«A lo largo del tiempo algunos administradores se dieron cuenta de que faltaba dinero de la caja, pero no teníamos ni idea de quién podía ser. Luego algo sospechamos pero, ¿cómo íbamos a imaginar que Manolo tenía todas las llaves y la combinación de la caja fuerte? Si nos hablaba a todos, asistía a las misas y no salía de aquí... Esa cartera que llevaba, las bolsas, pero no sabíamos». José Fernández Lago, canónigo electoral y portavoz de la Catedral de Santiago, hombre de la Iglesia y estudioso del Códice Calixtino, proporciona con naturalidad la explicación al botín hallado en las propiedades de Manuel Fernández Castiñeiras (casi 1,2 millones de euros), más allá del perseguido Liber Santis.

«Quizá también se enteró de que la recaudación tarda tres días en llevarse al Banco y, claro, como tenía acceso a todo, según hemos sabido ahora», dice Fernández Lago.

Quería fastidiar a los canónigos porque sabe que tenemos una especial veneración por el Códice

Hoy cuando las majestuosas campanas de la Catedral anuncien la vuelta a casa de esta joya bibliógrafica del Medievo, muchos entre los muros de Santiago rememorarán las horas amargas que deparó el latrocinio, las sospechas, los chismorreos, la desconfianza. «Ya no volverá a pasar. Se han tomado medidas», sentencia el canónigo, quien confirma la venganza ciega, las amenazas que el electricista encarcelado hizo al administrador y al deán José María Díaz.

«Lo del dinero es una cosa y otra lo del Códice. Manolo quería fastidiar o provocar nostalgia en los canónigos porque sabe que tenemos una especial veneración por el ejemplar».

Tanto lo sabía que nunca entró en sus planes venderlo ni destruirlo, como ha reconocido e, incluso, pensaba devolverlo, pero no todavía. «Yo tenía pensado entregarlo el año que viene para el día del Apóstol (25 de julio)», ha confesado el inusual ladrón de arte y cleptómano habitual, jamás fichado por ningún delito.

Se sintió traicionado

Manuel Fernández Castiñeiras llevaba media vida trabajando como autónomo para la catedral. El canónigo cuenta que, hace ya casi treinta años, ayudaba a llevar papeles, a mover cajas al entonces administrador, ya fallecido, que veía muy mal y proporcionaba a Manolo consejos espirituales. «A saber si no empezó a robarnos entonces». Pero la ambición del electricista se desató y comenzó a presentar facturas y más facturas por trabajos que no cuadradaban; se inventó un contrato como contratado. En 2006 el Cabildo acuerda despedirlo y el electricista decide pleitear.

El deán, que entonces no lo era, le apoya al menos de palabra por la buena relación entre ambos, pero cuando es elegido para su nuevo cargo tiene las manos atadas. Manolo pide 40.000 euros y los canónigos no están dispuestos a darle tal cantidad inmerecida. Cuenta la opinión de todos; la decisión no es del deán. «Te voy a arruinar, te vas a acordar de mí», dicen que llegó a amenazar a José María Díaz en presencia de otras personas.

Manolo pide 40.000 euros y los canónigos no están dispuestos a darle tal cantidad inmerecida

«Había un móvil, una persona que conocía las dependencias del templo a la perfección... Tenía una vida rutinaria, monótona, no movía pieza, pero se convirtió en el principal sospechoso», explicó en rueda de prensa el comisario jefe de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta (Udev), donde se encuadra la Brigada de Patrimonio Histórico.

Los hombres y mujeres de esta Brigada, con apoyo de otros compañeros, se movieron con su habitual discreción. Penetrar en la vida de la catedral no fue fácil. Los primeros investigados fueron los propios canónigos. No todo era una balsa de aceite entre los muros: menudeaban enfrentamientos larvados y cuotas de poder, ansias de escalafón. «Ni mi peor enemigo se llevaría el Códice para perjudicarme», les dijo el deán y entonces también archivero a los investigadores en referencia a algunas dudas iniciales sobre ciertos eclesiásticos.

Los trabajadores que atendían los servicios del templo fueron descartados uno a uno y en el tercer grupo de investigados -antiguos empleados o gente relacionada con la catedral- emergió el electricista, que llegó a desesperar a los agentes con su vida insulsa y sin un solo movimiento en falso respecto al ansiado Liber.

La cámara, a posteriori

Una cámara de vigilancia había grabado a Castiñeiras el 4 de julio saliendo por la mañana de la Catedral. Llevaba una chaqueta más larga de lo habitual y se advertía un mínimo abultamiento en el que al inicio no se reparó, pero sí cuando se centraron las sospechas en él. Los investigadores se aprendieron sus rutinas de memoria, sabían a qué hora se levantaba, cuándo llegaba a la Catedral, con quién tomaba los vinos en el bar, en qué lugar solía rezar, los trabajos de costura que esporádicamente hacía su mujer Remedios Nieto en el barrio en Milladoiro...

Averiguaron que cobraban 380 euros cada uno de pensión, que tenían tres pisos en propiedad y tres plazas de garaje (dos abiertas y una cerrada), que de jueves a domingo el matrimonio descansaba en el apartamento que se habían comprado en la playa de La Lanzada en O Grove por 174.000 euros, que quería adquirir otro valorado en 300.000 y pagarlo billete sobre billete... en el propio Santiago de Compostela. Todo eso y mucho más y, sin embargo, todo insuficiente para dar con la joya más buscada, el códice miniado completo, con solo otro ejemplar idéntico que se guarda en El Vaticano bajo siete llaves.

«No, no está quemado». Fue la confesión de su subconsciente que actuó por él

Hubo varias entrevistas con él, cara a cara, la primera de cuatro horas en la que se limitó a agachara la cabeza y negar hasta que le sugirieron que si no hablaba el autor podía quemarlo. «No, no está quemado». Fue la confesión de su subconsciente que actuó por él y le condenó a una futura detención cuando fue el momento.

A ese momento contribuyó el hallazgo de un cuartucho semiescondido en la Torre de la Carraca de la Catedral. Un clérigo alertó a la Policía de que allí había una estancia en desuso que solía utilizar el antiguo electricista. Entre cables, enchufes y trastos, los agentes encontraron un juego de llaves con una etiqueta manuscrita de Manolo que rezaba: «llaves del Archivo».

Con un poco de suerte...

El juez José Antonio Vázquez Taín, que se ha desvivido en busca del Códice, igual que los investigadores decidió que se le detuviera el día 3. «Con un poco de suerte, quizá encontramos el libro». No siempre ocurre, pero esta vez sucedió, y la suerte se puso del lado de los que la buscaron doce meses con ahínco. No esperaban encontrar la ingente cantidad de dinero, las bandejitas de plata y oro, la decena larga de facsímiles, los documentos antiguos cuya procedencia aún se estudia, las cartas de canónigos, de vecinos... El baúl de un cleptómano que ya había convertido el robo en su modo de vida y prosperidad.

El juez cree que su familia desconocía que sustrajo el Códice pero estaba al tanto de parte de sus incursiones en la caja de los canónigos, de la que salieron fajos de billetes nuevos, sin usar, esos que nadie deja en un cepillo o en una donación. A día de hoy, aún no se sabe si siguió robando después de 2006, que es hasta donde atestiguan sus especiales diarios.

Aún no se sabe si siguió robando después de 2006

Mientras, se le acusa del hurto del manuscrito, de robos con fuerza de manera continuada, de un delito contra la intimidad por robar correspondencia privada, y de blanqueo de capitales . A su mujer de blanqueo y delito contra la intimidad y al hijo solo de lavar dinero.

«Yo creo que tiene un problema psíquico o una doble personalidad», destripa el canónigo electoral. «Estábamos preocupados hasta el punto de que un día el administrador iba a celebrar misa y alguien vio como Manolo subía al altar como si lo persiguiera. Subí detrás y me acerqué con cuidado a él. "No se preocupe, don José, que no le hago nada", me dijo». El electricista ya había completado su venganza perfecta.