Sebastiano Grasso, ayer en ABC - JAIME GARCÍA

Sebastiano Grasso: «Además de música, la poesía también debe ser color»

MADRID Actualizado: Guardar
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Es una de las voces más personales de la poesía italiana. Labor reconocida con los más prestigiosos galardones, y con la traducción de sus versos a un buen puñado de lenguas europeas. Pero el italiano Sebastiano Grasso es él mismo traductor e hispanista de larga trayectoria desde que en su juventud pasase por la Universidad de Navarra. Gran amigo de Alberti (hasta fue su padrino de boda, allí en Italia), ha vertido al italiano a Lorca, Aleixandre (incluso conoció la mítica casa del poeta «de la mala salud de hierro», en Velintonia, 3),el propio Alberti, Machado, Neruda... Y es también periodista encargado de las páginas de Arte del «Corriere Della Sera».

Grasso presentó ayer en Madrid su libro «El talco bajo las bailarinas» (Huerga y Fierro), en compañía de César Antonio Molina y Luis Antonio de Villena, en la sede del Instituto Italiano de Cultura.

«El talco bajo las bailarinas» es un libro de original planteamiento y sutil realización, tamizado de erotismo y aliento sensual. Un título fruto de la relación amorosa del poeta con una colega de versos y de lecho. Ella, Giuliana, le escribió un largo poema («Te quiero cuando miro tu vientre con los ojos entornados, y soy un lago, caliente, a punto de enloquecer») y Grasso le contestó: «Cierra los ojos, amor mis labios / viven de tus arrugas a los bordes del rostro / y de los demonios de nuestro infierno cotidiano».

Concisión y claridad

Grasso es de los que cree que periodismo y poesía pueden y deben hacer buenas migas: «Ser periodista es útil para el poeta, porque el periodismo enseña a ser concisos y claro». Experto en arte, Grasso también explica que «hay una relación muy intensa entre la poesía, la música y la pintura. La poesía también es color, porque registra sensaciones y las sensaciones nacen de la mirada, y la mirada, por supuesto, incluye color».

El poeta italiano no es de lo que sienten pánico ante el terror y la miseria que las nuevas tecnología pueden significar para la cultura impresa porque él lo lleva con naturalidad: «Yo soy de la vieja escuela, reconozco que el correo electrónico, por ejemplo es muy útil, y evidentemente, para el Corriere escribo en el ordenador, pero me gusta el papel, no me veo leyendo un libro en ordenador, me gusta el tacto de los viejos libros, como aquella colección de Adonais, que necesitabas un cortaplumas o un abrecartas para ir abriendo las páginas...me gusta su olor, de hecho, un lector consumado podía percibir el distinto olor de cada editorial...».