Muere Gonzalo Rojas, «el poeta del asombro»
Gonzalo Rojas, en una visita a Madrid en 2004 - GONZALO CRUZ

Muere Gonzalo Rojas, «el poeta del asombro»

El premio Cervantes chileno falleció ayer a los 93 años, tras estar dos meses internado en un hospital por un accidente cerebrovascular

JOSÉ MÉNDEZ
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«Fuera con lo fúnebre; liturgia / parca para este rey que fuimos, tan / oceánicos y libérrimos; quemen hojas / de violetas silvestres; vístanme con un saco / de harina o de cebada, los pies desnudos / para la desnudez/ última; nada de cartas / a la parentela atroz, nada de informes / a la justicia; por favor tierra, / únicamente tierra, a ver si volamos».

Así dice la última estrofa de Papiro mortuorio, una elegía que Gonzalo Rojas escribió desde (y a su) yo poético; un raro ejercicio en su obra que, si bien tiene la muerte como uno de sus polos, sólo en raras ocasiones accede a la autoreferencia en términos tan claros. En ella encontramos, sin embargo, además de la despedida que nos sitúa ante la realidad de su muerte, algo que el lector encontrará habitualmente en sus versos, el genio paradójico: «Por favor tierra, / únicamente tierra, a ver si volamos». Ésta sí, una de las claves, no la más importante, de quien con La miseria del hombre(1948) fundó una de las vastas obras que desde América construyen la poesía en español del siglo XX.

Rojas nació en 1917, sólo un año después de la muerte de Darío. Es decir, pertenece al conjunto de autores que dieron a conocer sus primeras obras en la década del 40 o primeros años cincuenta, aquellos que no hicieron la «revolución» con Vallejo, Girondo, López Velarde, Mistral, Huidobro o Borges, pero ensancharon las provincias del «imperio» hasta límites entonces desconocidos. La simple cita de sus nombres agotaría el espacio de esta nota pero, entre los que están en la mente de todos: Emilio Adolfo Westphalen, Octavio Paz, Jorge Eielson, Blanca Varela, Nicanor Parra, Olga Orozco, Álvaro Mutis, Eduardo Anguita…

El poeta mexicano José Emilio Pacheco afirmó que Rojas se veía, al iniciar su obra, ante el dilema de no ser Huidobro ni ser Neruda. Algo así, como si de un poeta español coetáneo, afirmaran que estaba obligado a elegir como modelo entre Machado y Lorca, pero Rojas a través de lecturas furtivas en un internado jesuítico, había sido inoculado en la adolescencia, es decir, a tiempo, por el virus de la libertad y la celebración de los clásicos: Catulo y Ovidio. Quizá una de las razones que le permitían a Pacheco concluir que Rojas «sólo se parece a sí mismo», lo que escribió en su recepción crítica de Oscuro (1977), el tercer poemario al que, en 1964, había precedido Contra la muerte, libro mayor que coincidió con la etapa de máximo apogeo de la «litterature engagnée» y la glorificación de la revolución castrista de Cuba. De este libro, que en su primera versión —bajo el título de Fragmentos— obtuvo sólo una mención en el premio Casa de las Américas, Julio Cortázar afirmaría en el mismo escenario de a Habana, que «Rojas le devuelve a la poesía tantas cosas que le han quitado», sólo cuatro años más tarde.

Oscuro, después de algunas reticencias habidas hacia sus dos primeros poemarios (excepción hecha de Gabriela Mistral, entre otros), significó su entrada en el grupo de los grandes. Octavio Paz escribió que se trataba de «poesía en el límite de los límites» y que su autor era «un ciego vidente» y Pacheco concluiría que «el oído de Rojas es infalible».

La extensa producción posterior que surgió en la vida nómada, expuesta y apasionada de Rojas (con títulos como Materia de testamento, Zumbido, Las hermosas, Río turbio o Esquizo) sostuvo un diálogo amplio con la poesía del mundo. Adjetivada de numinosa, erótica, festiva y trágica, nacida en el lenguaje y sobre el lenguaje, iconoclasta en su época, su poesía mantiene una sólida fidelidad a la vida. Si atendemos a las palabras del autor, «no está fundada en un proyecto de invención, sino de rescate», y es capaz de reflejar la vida porque «el ángel de la memoria me acompaña, además lo cultivo con aceite».

Memoria, crítica y ebriedad del lenguaje que han tenido recepción entusiasta en España a partir de los años 80, especialmente entre las jóvenes generaciones de poetas y lectores, que mantuvieron con Rojas encuentros memorables en escenarios tan diversos como la Residencia de Estudiantes, universidades o festivales de rock. Los premios, algo que el poeta desdeñaba con más convicción que altanería, llegaron también: el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1992 y el Cervantes en 2003. Sus libros pueden encontrarse editados por Hiperión, Visor, Fondo de Cultura Económica, Galaxia Gutenberg y Residencia de Estudiantes, entre otras editoriales comerciales e institucionales. La antología Concierto (1935-2003), aparecida en 2004, nos ofrece, además de una selección de textos en prosa, la oportunidad de asomarnos a alguno de los poemas que componían El cuaderno secreto, aquel donde se reunieron los poemas anteriores a La miseria del hombre. Los clásicos latinos, san Juan de la Cruz, Rimbaud, Lautreamont, Valery, el influjo iluminador de aquel relámpago en la infancia y un caballo que permanecía impertérrito bajo la lluvia, entre los miles de influjos que recibe una mente abierta al prodigio de existir (sedefinió a sí mismo como «poeta del asombro»), conformaron al autor para quien el lenguaje era la vida y nombrar vivir. A ver si volamos.