MANUEL LUCENA MUCHO MÁS QUE ORO DE LAS INDIAS

MANUEL LUCENA MUCHO MÁS QUE ORO DE LAS INDIAS

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La última sentencia favorable en Estados Unidos al reino de España en el contencioso vinculado al expolio de la fragata de la Real Armada «Nuestra Señora de las Mercedes», hundida en 1804 en alevoso acto de guerra en tiempo de paz por la marina británica, ha sido recibida con explicable alegría. Pero de la misma manera que un asesinato no termina con la prisión del criminal, ya que este debe resarcir a las víctimas y tiene responsabilidades civiles y pecuniarias que satisfacer, el retorno de las monedas no puede oscurecer que «Odyssey Marine Exploration» ha producido un daño irremediable. No se puede ir por ahí profanando cementerios y robando lo que de valor contienen las tumbas. Menos aún si estas son los restos de un buque de Estado y hay 249 tripulantes fallecidos. Vidas truncadas, pero con derechos.

También, seguro, se han perdido evidencias materiales de todo tipo cuyo conocimiento y examen hubiera marcado la diferencia, como dicen los arqueólogos, entre una simple excavación y un proyecto científico. En el primero existe una recuperación de restos como las que tanto se daban antes para desgracia de nuestro patrimonio, a paletadas, sin contexto y por tanto sin historia, interpretación y relato. En el segundo, existe una reconstrucción científica del pasado y por tanto incorporamos una pieza que faltaba a nuestro presente.

Sin duda resulta intolerable que el objetivo pecuniario de la industria cazatesoros, basada en sociedades de capital-riesgo, se disimule tras ropajes pseudoculturales o de supuesta divulgación. El factor cultural en este campo se convierte en simple política de (mala) imagen, pues a España le asignan, según el dogma de la leyenda negra, el papel de perdedora permanente. Le toca poner el tesoro, la doncella y los soldados bobos. La recuperación de la perspectiva, un principio de realidad para gestionar lo que felizmente parece aproximarse con la devolución de las monedas, exige olvidar a Errol Flynn y recordar una serie de hechos históricos.

Fin a los cuentos de piratas del romanticismo. La monarquía española estaba formada en 1804 por un conglomerado de reinos y provincias que iba desde Barcelona hasta Santiago de Chile y de California a Filipinas o Guinea. Más de la mitad del territorio de los actuales Estados Unidos formaban entonces parte de ella —Florida, sede del primer fallo favorable, hasta 1819—. Aquella fragata de 36 cañones, mandada por el donostiarra José Manuel de Goicoa y Labart, nacido en 1757, había sido fabricada en 1786 en el astillero de La Habana, uno de los mejores del mundo en el siglo XVIII. Como había partido de El Callao con lanas de vicuña, quina y canela, además de metales preciosos, y se había detenido en Montevideo, su dotación y carga representaban al llegar a la península una verdadera comunidad, una España atlántica, que sólo empezó a disgregarse en 1810. Resulta una extraordinaria coincidencia que todo esto suceda en 2012, cuando nos disponemos a celebrar el bicentenario de la constitución de Cádiz, que abrió hace dos siglos senderos de libertad tanto en España como en América.

Por eso, una manera adecuada de celebrarlo sería ponernos todos a trabajar de verdad en una gestión iberoamericana del patrimonio cultural subacuático, protegido por una Convención de la Unesco de 2001, que muchos países americanos, Colombia, Brasil, Chile, Venezuela y Perú entre ellos, -ni siquiera han firmado.