El lento renacer de la Zona Cero
Estado actual de la Zona Cero, casi diez años después del atentado - AFP

El lento renacer de la Zona Cero

La crisis y divisiones políticas y religiosas retrasanla recuperación del espacio devastado por el 11-S

CORRESPONSAL EN NUEVA YORK Actualizado:

Cuando Estados Unidos celebra la eliminación de Osama Bin Laden y están a punto de cumplirse diez años del 11-S, la Zona Cero de Nueva York no levanta cabeza. O la levanta tan lentamente que ya nadie sabe qué ha sido peor, si el ataque de Al Qaida o el de la brutal crisis económica que una y otra vez ha paralizado grandes proyectos e incluso ha obligado abandonar algunos. Por ejemplo, el de erigir una mezquita a muy pocas manzanas de donde tuvieron lugar los atentados. Aunque en este caso no es sólo un problema de dinero. Después de una sonada polémica durante la cual el mismísimo Barack Obama tuvo que decir digo donde antes había dicho Diego, enfriando su apoyo inicial a la mezquita, el proyecto que en principio se iba a llamar Cordoba House adoptó el nombre mucho más neutro de Park51. Y de presentarse como una mezquita pasó a ser «vendido» como un centro cultural islámico. Sus promotores siguen insistiendo en que lo único que pretenden es estimular el diálogo entre personas de creencias distintas.

Quién sabe si para poner a prueba esta declaración de intenciones, o para compensar, recientemente se anunció que la sucursal americana del Museo Anna Frank, hasta ahora ubicado en el Soho, va a trasladarse al número 100 de la calle Church, es decir, puerta con puerta con Park51. Son solo dos polos del intenso magnetismo espiritual que ejerce la Zona Cero, en cuyas inmediaciones se da ahora mismo una de las mayores concentraciones de templos grandes y pequeños de Nueva York. Todo ello sin contar con que es imposible dar un paso sin pisar tierra sagrada incluso para los más laicos: nadie sabe cuántos restos humanos pueden quedar todavía allí, más allá de toda esperanza y de toda búsqueda. Tristes hallazgos constantes demoraron una y otra vez las obras de reconstrucción —por ejemplo, para echar abajo lo que quedaba del edificio del Deutsche Bank— y echaron para atrás a muchas firmas comerciales de la zona de toda la vida, que tras los atentados se reubicaron lejos y que no han vuelto jamás. Tampoco prosperó una audaz iniciativa extraoficial del alcalde Michael Bloomberg para que la ONU, cuya sede junto al East River se cae a pedazos y es ahora mismo objeto de reforma, se mudara a la Zona Cero.

El tema de los restos de las víctimas sigue causando controversia incluso cuando ya está todo acordado y zanjado respecto al conmovedor monumento en su honor, obra de los arquitectos Peter Walker y Michael Arad. Destacan dos quietos y oscuros estanques en la base de lo que en su día fueron las Torres Gemelas, rodeados de árboles, ante los cuales depositó Barack Obama su ofrenda floral esta semana. Bajo los estanques hay un espacio donde se inscribirán los nombres de los casi 3.000 muertos (incluyendo las víctimas del anterior ataque terrorista contra el World Trade Center, en 1993), pero no por frío orden alfabético, sino agrupados de una manera «significativa» teniendo en cuenta que eran amigos y conocidos, colegas de trabajo. Las familias se han ocupado de este delicado trabajo. En cambio, algunas de ellas han protestado enérgicamente ante la decisión de depositar en el monumento los restos humanos sin identificar que se conservan, bien es verdad que en un sitio al que el público no tiene acceso. Hay allegados que se oponen a esta exhibición, así sea tácita.

Pero todas estas importantes cuestiones no son, o no son las únicas, que explican por qué en el décimo aniversario de los atentados el monumento a las víctimas sólo podrá abrirse al público parcialmente (con suerte), y por qué otras partes del futuro World Trade Center presentan un grado de inmadurez asombroso. Hasta hace bien poco la Zona Cero era un solar casi vacío y, aunque con la proximidad del décimo aniversario se aprecia mucha más urgencia y mucho más movimiento, sigue siendo una herida de 65.000 metros cuadrados que está muy lejos de cicatrizar. Los costes de reconstrucción se han disparado con los retrasos y con la crisis y a día de hoy ya se encaraman por encima de los 15.000 millones de dólares, una cifra apabullante incluso para Estados Unidos. Más cuando nadie sabe aún a ciencia cierta de dónde va a salir el dinero.

Evitar el escándalo

Sólo el monumento a las víctimas costaba más de 1.000 millones, que a la hora de la verdad no aparecían por ningún lado en los presupuestos de Port Authority, lo cual obligó al Ayuntamiento a hacerse cargo para evitar un escándalo. Tres cuartos de lo mismo, con el ambicioso intercambiador de transportes diseñado por Santiago Calatrava, un proyecto de belleza sobrecogedora, una especie de paloma de paz que abre su techo y sus alas al sol. En este caso no era tanto que la Administración no hubiera apartado los 2.500 millones presupuestados como que la ambición del arquitecto no atiende a mezquinos números, y entonces la realización práctica ya cuesta más de 3.440 millones. Difícilmente estará acabado hasta 2015 o incluso más allá. Tampoco está claro cuándo podrán acabar de levantarse por fin los cinco rascacielos previstos, encabezados por una Torre de la Libertad —aunque últimamente se ha preferido adjudicarle el nombre más discreto de World Trade Center Uno— diseñada para medir 415 metros que si se le suma la antena se convierten en 541, eso es, en 1.776 pies (la medida americana de longitud), para que coincida con la cifra mágica del año de la independencia de Estados Unidos. Es mayormente obra del arquitecto David Childs y ya ha conseguido separarse unos 100 pisos del suelo. Las otras torres, que incluyen rúbricas tan famosas como la de Norman Foster, se elevan a distintas y vacilantes alturas (de alguna apenas hay puestos los cimientos), como un juego de lego infantil a escala gigante. O como un monumento a la incertidumbre.