<a href="">Juan Marsé, en una imagen de archivo</a> - YOLANDA CARDO
ENTREVISTA A JUAN MARSÉ

«En España, tras lo visto y oído, doy más crédito a la ficción que a la realidad»

Retoma la Barcelona de posguerra en «Caligrafía de los sueños», la primera novela que publica el autor tras recibir el Cervantes

BARCELONA Actualizado:

Es la primera novela de Juan Marsé desde que recibió el premio Cervantes y un retorno a un paisaje con figuras familiares. «Caligrafía de los sueños» (Lumen) traza sobre las calles sin asfaltar de posguerra las facciones de todos los personajes que siguen transitando, entre la realidad y la ficción, las laderas del Carmelo, las empinadas calles del barrio de Gracia y el parque Güell. Un tiempo de un país aislado del mundo: una Barcelona «menos verosímil que ahora, pero más real» con cines de sesión continua que deparan exóticos embrujos de Shanghai. Episodios narrados por un autor que aspira, todavía, a contar sus historias como las podría soñar un niño. El protagonista «cultiva secretamente una nostalgia de futuro y una creciente hostilidad hacia el entorno, suma tiempo y libertad para vivir intensamente cada palabra de los libros…».

Ringo se llama ese adolescente quinceañero que, más que nunca, puede ser el propio Marsé. El escritor, como su personaje, también quiso aprender música y no lo consiguió por falta de medios. Una adopción que fue relatándose con el paso del tiempo. Una madre que perdió a su niño y un taxista que vio morir de parto a su mujer… Música del azar, partituras del origen.

—Esa evocación de sus padres adoptivos, del anticlericalismo paterno y la madre enfermera, el taller de joyería y el tostadero de café donde trabaja el joven Ringo… ¿Estamos ante su novela más autobiográfica?

—Me gustaría decir que todo es inventado. Me gustaría jurarlo. Porque tendría más mérito, y a menudo, más solvencia. Porque en este país, después de lo visto y oído —y lo que nos queda por ver y oír, me temo—, yo doy más crédito a la ficción que a eso que llamamos realidad. Pero sí, algo de eso que todos hemos convenido en llamar realidad testimonial está en algunos episodios de la novela. Algunas situaciones retocadas, reinventadas, otras tan verídicas y asombrosamente vividas que a mí mismo me cuesta creer que ocurrieran.

—El padre de Ringo es anticlerical y está obsesionado por combatir a las «ratas azules» que infestan la posguerra; pertenece al bando de los vencidos pero su hijo se niega a compartir esa conciencia de la derrota y busca su propio futuro… ¿Rompe esa actitud con anteriores novelas?

—No lo sé. Si mis anteriores novelas fueran claramente autobiografías enmascaradas —lo son sólo hasta cierto punto—, quizá podría distinguir esa diferencia. Pero creo que no es el caso. Mi padre constituye en varias de mis novelas un cierto subtema: el de una ausencia, una no presencia que de algún modo se nota. El padre ausente está siempre ahí, es una constante, pero nunca el tema central. En «Caligrafía de los sueños» está más presente y activo, pero sigue siendo un personaje del que no hay que fiarse mucho, aunque es un hombre de palabra. En realidad, sigue siendo un fantasma, pero se deja ver más, y sus actos son menos de fiar que sus palabras. Fue un «comecuras» inofensivo, y sobre todo un hombre que estimuló mi imaginación.

—Han pasado diez años desde «Rabos de lagartija», su última incursión en el territorio de la memoria. ¿“Caligrafía de los sueños” es una forma de recapitular su imaginario?

—No me planteé ninguna recapitulación. Volver, por el gusto de hacerlo, a escenarios transitados alguna vez y recrear atmósferas y personajes y algún que otro suceso que ya fueron visitados, no me apetecía en absoluto. La verdad es que yo quería hacer algo distinto, en cada novela me propongo algo distinto... aunque trabajando siempre con lo que alguien llamó «materiales de derribo», de modo que el resultado siempre se parece. Es como aquello de la cerveza de barril embotellada que contaba mi amigo Bryce Echenique: es la misma, pero distinta.

—Aquel país, según el padre, era «el culo del mundo» ¿Qué echa a faltar, o no le gusta, de la Barcelona actual y cómo ve la cultura catalana?

—Cuando hablo de cultura no me refiero sólo a libros y escritores. Me gusta hablar primero de Educación, así, en mayúscula. Me va usted a disculpar, pero la respuesta que tengo para esta pregunta está tan sobada que me resisto a exponerla. Todo lo que tenga que ver con la cultura y la educación de nuestro país, tanto aquí en Cataluña como en el resto de España, y en este momento sobre todo, en que la crisis ha aconsejado a nuestros preclaros y sesudos dirigentes recortar aún más el gasto en educación (y eso que ya estamos en la cola de Europa) merece, creo yo, un severo rapapolvo de nuestra parte. ¿Qué importancia tiene lo que yo piense de la Barcelona actual frente a los 1.800 millones de euros menos que el Gobierno va a destinar para la educación y para los funcionarios encargados de la misma?

—Ya se han cumplido cincuenta años de su primera novela, «Encerrados con un solo juguete». ¿Qué le queda o sobre qué le gustaría escribir a Juan Marsé?

—No sé lo que pondré en marcha.Siempre que termino una novela me pregunto si seré capaz de escribir otra. Mucho tiempo ya no queda, y no me gusta nada hablar de la faena. A ver si esta vez me sale algo diferente... aunque sea lo mismo.